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Santa Teresa: el pantanoso punto desde donde se vigila Calero

Actualizado el 28 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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Santa Teresa: el pantanoso punto desde donde se vigila Calero

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Isla CaleroPococí Para llegar al puesto de vigilancia de Santa Teresa, en isla Calero, no hay cómo perderse. Usted solo debe tomar la calle que va de la pequeña ciudad de Sarapiquí, en la provincia de Heredia, y dirigirse hacia el pueblo de Fátima, colindante con el río San Juan: justo allí, sobre la línea de la frontera, usted apenas empezará el viaje.

Después de dos horas y media de batirse el desayuno en la cabina de un carro todoterreno, verá con asombro que la calle de Fátima se termina de pronto.

Si usted no lleva los ojos bien abiertos, es probable que termine en el fondo del río haciéndole compañía a los cocodrilos. Si se percata de que la calle se acaba, caerá en razón de que se habrá pasado por escasos diez metros del cruce de la trocha.

La trocha, también conocida en corredores gubernamentales con el pomposo nombre de Ruta 1856, está poco más que abandonada. Los pastizales crecidos le ganan campo a la vía que por tramos parece trillo. Pero eso no importa: lo importante aquí es llegar adonde empieza el país, al denominado Mojón 1, frente a la laguna Los Portillos, en el límite de Calero, justo allí donde Edén Pastora y sus hombres del Ejército de Nicaragua violaron la soberanía costarricense.

Entonces, lo que resta es fácil. Ya en ese cruce de Fátima, donde la calle acaba en el río y al mismo tiempo se divide a este y oeste; usted tomará la calle hacia el este.

En ese momento, estará montado debidamente en la trocha. A brincos y saltos, estará pronto en el helipuerto anunciado, inaugurado y utilizado en el 2011 por el entonces ministro José María Tijerino en la base de vigilancia del puesto Delta Costa Rica.

Allí, con el perdón de García Márquez y haciendo honor a la verdad, se pudren dos contenedores que albergan a una veintena de oficiales en medio de las nubes de mariposas amarillas que reposan en los charcos.

Justo detrás del puesto policial verá el caudaloso río Colorado, recién nacido en el delta que da forma a la isla Calero; para los efectos del visitante poco ducho en topografía, es la masa de charrales y árboles en medio del río.

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Ahí, el río San Juan se divide en dos. Robustecido por los afluentes de los ríos San Carlos y Sarapiquí, además de una serie de quebradas de ambos lados de la frontera, el San Juan da a luz al Colorado. Del otro lado de la isla, bastante disminuido, seguirá el San Juan buscando el mar.

Llegado allí podrá darse por satisfecho del nivel de seguridad de la frontera pues, al frente, el Gobierno de Nicaragua plantó una estación de vigilancia y operación donde reposan las míticas dragas administradas por el Comandante Cero , Edén Pastora, y que tanta tinta y minutos en televisión han dado a las autoridades de ambos países, pero que no ha alcanzado para que los policías tengan una bandera del país que representan. Así es: en Delta Costa Rica no hay bandera (ni agua).

Esta tierra de pantanos y zancudos se defiende a pura convicción.

Aquí, los policías hablan poco. Parece que tienen prohibido hablarle a la prensa y le piden al visitante amablemente que, ante cualquier duda, se dirija al ministro Celso Gamboa, o bien al director de la policía en funciones, Juan José Andrade. El problema es que no contestan, pero eso no importa: la meta sigue siendo llegar a la laguna Los Portillos, donde sí hay banderas, y la de Costa Rica riñe con la de Nicaragua sobre cuál de las dos está más deteriorada, y donde la tierra es pantanosa.

En ese lugar, donde los oficiales del puesto Santa Teresa vigilan la soberanía nacional desde los pantanos llenos de una especie de animal o bacteria (nadie lo sabe decir) llamada “ñanga-ñanga” (es en serio). Los testimonios de las víctimas relatan que el “ñanga-ñanga” habita en las aguas cenagosas y que se prende de la víctima cuando pasa, produciendo una rasquiña desesperante, que obliga al paciente a ser tratado antes de que se arranque la piel con las uñas.

A fin de llegar allí, usted debe abordar un bote en Delta para que lo lleve primero a la laguna Agua Dulce, donde está otro puesto policial, con un número similar de oficiales hinchados de piquetes y con más ánimo que permiso para hablar. El recorrido en bote durará unas dos horas (si no llueve) y lo reconfortará la belleza escénica que en este sitio cae en el exceso. Solo se les pide a los viajeros tener cuidado con los cocodrilos, las serpientes terciopelo y la eventual toxicidad del agua contaminada por piñeras y bananales.

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Una vez en Agua Dulce, la Fuerza Pública tratará de evitar que usted siga avanzando. Dirán que por órdenes superiores se le pide continuar y no ejercer su libertad de tránsito y alegarán que fueron las autoridades del Ministerio las que le ordenaron parar; pero el ministro no le contestará ni dará razones. Por eso, no pare: usted está en su derecho. Eso sí, la policía lo hará firmar una bitácora en la que usted dice que entra a la zona por su cuenta y riesgo, y además no le darán ningún tipo de asistencia durante la caminata de tres horas sobre la playa de isla Calero.

Durante el trayecto verá, a la derecha, el mar picado (luego de la salida de la Barra del Colorado lo amenazará todo el trayecto), y, a la izquierda, la vegetación estará achaparrada y quemada por relámpagos. Las aguas estancadas apocarán el sonido de sus zapatos que se hunden en la arena y hacen que el esfuerzo se duplique.

El ardor del sol lo hará sudar como alma en pena. Cuando usted termine de alucinar con paisajes surrealistas de árboles quemados y sin hojas en una playa muerta y silenciosa, verá por fin la torre de vigilancia, donde hay una cámara quemada e inservible para monitorear un lago desierto, un refugio del Minae de ¢ 132 millones que se usa unas cuantas veces al año, y, por fin, a la orilla de la espectacular laguna Los Portillos, el Mojón 1: el lugar donde empieza Costa Rica.

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Con un lente especial que ha estado en su espalda todo el viaje (debe tener uno, de lo contrario no podrá ver lo que sigue), usted podrá divisar una covacha en la que se esconde –y desde donde vigila– un soldado del Ejército de Nicaragua.

Él lo verá a usted con sus binoculares y se acomodará la mochila en un movimiento inquietante, pues es evidente el filo del cañón de AK-47 con el que se cuida. Por eso, se recomienda que no repare mucho en el soldado: mejor busque el puesto de Santa Teresa; lo encontrará escondido en el fondo de la laguna, pegada siempre al lado tico.

Allí, tres amables oficiales, que se quedan fijos en la estación, lo recibirán casi con alegría, le darán agua y se negarán a dar detalles de su estancia allí. Tampoco le contarán que unos cocodrilos se comieron a tres de sus perros; pero no pasa nada: entonces lo habrá logrado; habrá llegado al corazón del conflicto, sin prohibición para estar.

El problema será cómo volver.

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