Economía

La tragedia del estímulo

Actualizado el 24 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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El presidente Obama ha tenido que realizar fuertes ajustes a su política económica para procurar recuperar la confianza en la producción norteamericana.   |  GABRIELLA DEMCZUK/THE NEW YORK TIMES
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El presidente Obama ha tenido que realizar fuertes ajustes a su política económica para procurar recuperar la confianza en la producción norteamericana. | GABRIELLA DEMCZUK/THE NEW YORK TIMES

Han pasado cinco años desde que el presidente Obama firmó la Ley de recuperación y reinversión –el “estímulo”—. Con el tiempo, se ha vuelto evidente que la ley fue origen de una gran cantidad de bien. Entre otras cosas, ayudó a acabar con la caída de la economía, creó o salvó millones de empleos y dejó un importante legado de inversión pública y privada.

También fue un desastre político. Y las consecuencias de ese desastre político –la percepción de que el estímulo falló—han rondado la política económica.

Empecemos con lo bueno que el estímulo logró. El argumento en favor del estímulo fue que sufríamos de un gigantesco faltante en el gasto general y que el golpe a la economía producto de la crisis financiera y del estallido de la burbuja de la vivienda era tan severo que la Reserva Federal no se pudo sobreponer a esta baja. La idea era dar un empuje temporal, haciendo que el gobierno gastara más de manera directa.

Los que se oponían al estímulo argumentaban que el gasto deficitario pondría en órbita las tasas de interés, “desplazando” al gasto privado. Los proponentes respondieron que ese desplazamiento no ocurriría en una economía profundamente deprimida. Y los que apoyaban el estímulo tenían razón: lejos de elevarse, las tasas de interés descendieron a puntos bajos sin precedentes.

Más importante aún, argumentaría, es el gigantesco experimento natural que Europa ha suministrado sobre los efectos de cambios bruscos en el gasto gubernamental. Algunos de los miembros del área del euro –el grupo de países que comparten la moneda común de Europa—se vieron forzados a imponer austeridad fiscal draconiana; en otras palabras, un estímulo negativo. Si los oponentes al estímulo hubieran estado en lo correcto respecto a la forma en que el mundo funciona, estos programas de austeridad no hubieran tenido severos efectos económicos adversos, porque los recortes en el gasto del gobierno hubieran sido compensados por creciente gasto privado. De hecho, la austeridad condujo a molestas –en algunos casos catastróficas—disminuciones en la producción y el empleo. Y el gasto privado en países que imponen austeridad severa terminó por caer en vez de aumentar.

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Entonces, toda la evidencia apunta a que el estímulo de Obama tuvo efectos sustancialmente positivos a corto plazo.

Así las cosas, ¿por qué todo el mundo con excepción de aquellos que han estudiado el asunto seriamente, cree que el estímulo fue un fracaso? Porque la economía de los Estados Unidos siguió rindiendo mal –no de manera desastrosa, pero sí deficientemente—después de que el estímulo se hizo efectivo.

No hay nada misterioso en el motivo: Estados Unidos estaba haciendo frente al legado de una gigantesca burbuja de la vivienda. Incluso ahora, el sector de la vivienda solo se ha recuperado parcialmente. Y el estímulo fue demasiado pequeño y duró demasiado poco como para vencer tan nefasto legado.

Aquí no tratamosde salir con excusas después de un hecho. Los que me han leído con frecuencia saben que más o menos me estaba arrancando los pelos a principios del 2009, cuando advertía que la Ley de recuperación era inadecuada y que, al quedarse corta, terminaría por desacreditar la mismísima idea de estímulo. Y así resultó.

La administración agravó el daño con pronósticos excesivamente optimistas, fundamentados en la falsa premisa de que la economía pronto se recuperaría una vez que se restaurara la confianza.

Pero esa es agua pasada. Lo importante es que la política fiscal de los Estados Unidos se orientó en una dirección totalmente equivocada después del 2010. Con el estímulo percibido como un fracaso, la creación de empleos casi desapareció del discurso interno en Washington y fue reemplazada por una obsesiva preocupación respecto a los déficits del presupuesto. El gasto del gobierno, que había sido estimulado temporalmente tanto por la Ley de recuperación como por programas de la red de seguridad social, empezó a caer y la inversión pública fue la peor golpeada. Y este antiestímulo ha destruido millones de empleos.

Es decir, la narrativa general del estímulo es trágica. Una iniciativa política que fue buena, pero no lo suficientemente buena, se terminó viendo como un fracaso y montó el escenario para un giro equivocado e inmensamente destructivo.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía ( 2008).

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