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Opinión: Ella me recuerda a la Luna

Actualizado el 01 de marzo de 2017 a las 11:19 pm

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Opinión: Ella me recuerda a la Luna

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Nunca la he visitado. A lo sumo, he pasado varias veces a su lado, pero confieso que la observo con suma atención cada vez que la presentan en la pantalla chica, lo cual ocurre por lo general los domingos en el día; ocasionalmente, la admiro de noche, también por televisión.

Lo curioso del caso es que no me gusta, no me siento atraído por ella, no posee ningún atributo que me seduzca, que me impulse a decir: “¡Qué ganas de conocerla! Acariciar su piel, aspirar su perfume, acostarme sobre ella”.

Para ello tendría que hacer un viaje que dura entre dos y tres horas, un recorrido que sí me gusta pues la carretera que conduce hasta ella es una larga cicatriz de asfalto entre bosques, potreros, nubes, neblina, aire fresco, ventas de verduras, fresas, granadillas y quesos, lecherías, casas con chimeneas olorosas a café o tortillas con queso, capillas sencillas, niños recién bañados caminando hacia la escuela.

Sin embargo, ni aun así invertiría ese tiempo solo para ir a verla. No quiero ser despectivo, pero no vale la pena; mejor invertir las horas en otras actividades como leer, ir al cine, una tertulia con café de por medio, escuchar a Sabina, hacer ejercicio, visitar a mis padres, salir a caminar con el perro.

Existe solo una razón por la cual analizaría la posibilidad de visitarla: ella siempre me hace recordar la Luna, mi inquilina favorita del Universo, que se hallará en fase de luna llena este 12 de marzo y la cual se encuentra a 368.549 km del planeta mientras escribo esta columna.

Así es, cuando la veo a ella evoco deformaciones lunares como alteraciones, distorsiones, desfiguraciones, anomalías, imperfecciones, malformaciones, accidentes, hundimientos, desigualdades, desmoronamientos y abolladuras que aprecio con binoculares; entre ellas, mares lunares de origen volcánico, montañas y astroblemas (depresiones que dejan sobre la sólida superficie lunar los impactos de meteoritos).

Me refiero, por supuesto, a la maltratada y descuidada cancha del Estadio de Pérez Zeledón. Ni ese equipo ni el fútbol se merecen una gramilla así.

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