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La Liga aprende a ser un buen perdedor

Actualizado el 29 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

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La Liga aprende a ser un buen perdedor

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El buen perdedor sale a recoger la medalla, no rebusca excusas, no llora en demasía algún fallo arbitral.

No hay perdedor perfecto, si lo hubiera, ya no sería tan bueno, sino un legítimo derrotado, ese que las nuevas generaciones llaman loser , con una L en la frente formada por el índice y el pulgar; la Liga solo se acercó a los buenos modales que no siempre tiene un subcampeón.

Algunos –incluidos los rojinegros en torneos anteriores– se esconden en el camerino, revolean zapatos, dan portazos y dejan plantados a los organizadores con el trofeo para el segundo lugar, mientras su afición invade la cancha o la llena de objetos lanzados desde las gradas.

Más allá del zapatazo de Jonathan McDonald, como sacado de un capítulo de ElChavo del 8 , Alajuelense fue un digno derrotado.

Más allá de las declaraciones del técnico colombiano Carlos Hernán Torres, después de perder en el Saprissa, no escuché tontas razones.

Al timonel le sobró prepotencia o quizás –solo quizás– lo malinterpreté: eso de que Saprissa no les quitó la bola, sino que la Liga la pasó mal, suena a descrédito del rival. Si nadie los hubiera presionado, la pasan a la perfección, se los garantizo.

El buen perdedor entiende que de poco vale secar lágrimas con la tabla de posiciones. La Liga, con un punto más que Saprissa incluso después de jugar la final, sabe bien que el torneo premia al mejor de los últimos cuatro partidos.

No es un sistema perfecto, tan solo, el mejor posible para nuestro campeonato nacional. ¿Injusto? Quizás. Conocido de antemano, al menos.

El buen perdedor admite que el arbitraje se equivocó por igual. En Tibás debió expulsar al morado Imperiale cuando quedaban 28 minutos de partido y el marcador apenas estaba 1 a 0. En Alajuela, debió expulsar a Pemberton, cuando aún quedaba tiempo para que el cuadro manudo con nueve hombres quedara aún más lastimado.

El buen perdedor tiene una afición ganadora, que por orgullo o esperanzas no abandonó el estadio ante una desventaja de tres goles. Ante esa afición, el club debe reconocer errores y enmendar de cara a los próximos campeonatos.

Ser buen perdedor es casi un requisito para ser buen ganador.

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