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Imposible olvidar aquel beso

Actualizado el 04 de junio de 2015 a las 12:00 am

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Sí, no podría olvidarlo. ¡Y eso que han transcurrido 28 años desde que me lo dieron! Exactamente el 1.° de mayo de 1987.

Ese día se realizó un partido de fútbol entre los equipos de las iglesias bautistas de Alajuela y de San Pedro de Montes de Oca, escuadras entre las que existió siempre una “sana” rivalidad. Algo así como Liga-Saprissa, pero en versión “santidad”.

La contienda tuvo lugar en la cancha del Campamento Bautista en San Rafael de Alajuela, un terreno de juego que tenía un claro desnivel entre ambos marcos y que estaba ubicado —entiendo que todavía— contiguo a la línea del tren eléctrico al Pacífico.

Recuerdo los nombres de algunos de los jugadores manudos: José Soto (portero), Wilson Montoya, Adolfo García, Víctor Bermúdez, Guido Santamaría y Mario Acuña.

El bando de San Pedro estaba integrado, entre otros mejengueros, por Gerardo Herrera, Rolando Vargas, Guillermo Argüello, Frank, Alejandro y Ricardo Guevara, Gaynor López, Luis Arce, Mauricio Castro, Guillermo Salas y quien escribe estas líneas y saboreó aquel beso.

Lo admito: el equipo de la Iglesia Bautista de Alajuela era superior, no solo contaba con mejores jugadores —para mí era un gusto ver la técnica, dominio del balón y visión de campo de Santamaría— sino que además se desempeñaba como un equipo y no un simple rejuntado de 11 fiebres. Por lo general, este grupo ganaba aquellos clásicos que empezaban con una oración, pero tenían un final no tan espiritual que digamos.

Sin embargo, aquel día y en ese juego arbitrado por el pastor Óscar Gómez Chinchilla, la realidad se impuso a los pronósticos y las estadísticas. El marcado final: San Pedro 2-Alajuela 1.

Los de Montes de Oca empezamos ganando, pero a los pocos minutos empataron los erizos. El primer tiempo finalizó 1 a 1. El segundo tiempo estuvo bastante parejo, pero en los últimos minutos la defensa alajuelense concedió un tiro de esquina. Lo cobró Gerardo Herrera y la bola cayó justo donde me encontraba yo; bastó con empujarla con la punta del taco para anotar el 2 a 1 definitivo.

Los minutos finales se nos hicieron eternos, pero al fin sonó el pitazo y todo fue celebración. La mía por partida doble, pues la chica que me gustaba —pero con quien no había pasado de las palabras— me premió con un beso que aún evoco y saboreo.

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