Paciente sufría problemas y dolores al tragar: arteria le comprimía esófago

Por: Irene Rodríguez 22 febrero, 2016

Desde que Adriana Salas tiene memoria, el tragar no era un proceso automático para ella: siempre experimentaba una molestia al comer.

En octubre pasado, a sus 32 años, esa incomodidad se tradujo en un dolor que le dificultaba incluso el tragar saliva. Así comenzó un calvario que culminó con una cirugía única en el país, realizada el 20 de enero por médicos del Hospital México.

“Era muy difícil explicarle a un doctor lo que me pasaba, yo pensaba que iban a creer que estaba loca. Me decían que todo estaba bien, o me daban pastillas para el reflujo que de nada me servían, porque el problema no iba por ahí”, expresó esta enfermera vecina de Grecia.

Su caso era atípico. Desde que nació, la arteria subclavia derecha (que lleva la sangre hacia la parte derecha del tórax, hombro y brazo) salía del lado izquierdo del corazón. Entonces, para poder irrigar el lado derecho, debía pasar en medio de la tráquea y el esófago.

Esto se conoce como arteria aberrante, y solo el 0,5% de la población mundial lo presenta.

La razón por la cual Salas sentía esa molestia al tragar es que en su viaje entre la tráquea y el esófago, la arteria se encontraba con un espacio muy estrecho y, entonces, comprimía el esófago, causando la incomodidad. Con el tiempo, la presión era cada vez mayor y, por eso, empezaron los dolores.

En su desesperación, la mujer se hizo examinar la garganta. En el Hospital México, donde ella trabaja, se encontró con Jorge Chavarría, cirujano vascular y endovascular, y le pidió revisar los análisis. Luego de otros exámenes, Chavarría observó la mala colocación de la arteria.

“Es algo que sabía que existía porque uno lo estudia, porque ve casos en libros, pero nunca había estado frente a uno. Era todo un reto”, comentó Chavarría.

Tras la solución. Ante lo raro de la situación, el especialista buscó asesoramiento con colegas en Alemania, Estados Unidos y Colombia. Uno de ellos le dijo que no había tenido casos así. Los otros dos habían visto, al menos, uno o dos pacientes. Ambos le enviaron soluciones distintas. Ninguna lo satisfizo. Revisó literatura médica y en todos los informes expuestos los riesgos eran altos.

“No podíamos dejar eso simplemente ahí, la situación podía complicarse”, aseveró el médico.

Uno de los riesgos era que se formara un aneurisma (ensanchamiento o abombamiento en la arteria) y que esta con el tiempo se reventara y se diera una hemorragia. También podía crear una fístula entre tráquea y arteria. Es decir, que se formara un conducto anormal que uniera ambas partes.

Chavarría contactó a Édgar Méndez, cirujano especialista en tórax, en busca de respuestas.

“Decidimos hacerlo a nuestra manera: entrar por el lado derecho, quitar la arteria de donde estaba y colocarla donde siempre debió estar”, afirmó Méndez.

Procedimiento pionero. Durante cuatro horas, los médicos se enfrentaron con otro desafío: trabajar en un área crucial y en la que esófago, arterias y tráquea estaban muy juntas. “Tocar algo que no debían tocar, aunque fuera por milímetros, podía ser mortal”, comentaron.

Para ingresar, los cirujanos removieron una costilla, la tercera de la derecha, removieron temporalmente parte del esófago y de la tráquea para tener espacio para trabajar y de allí viajaron al lado izquierdo en busca de la arteria.

“No fue fácil encontrarla, estaba muy escondida en un área crucial. Son estructuras muy importantes, todas muy juntas. Luego buscamos dónde cortar lo más cercano a la base, sin afectar las otras arterias”, recordó Méndez.

Una vez hallada la arteria, se cortó y se suturó. Debía entonces trasladarse donde siempre debió estar. Se abrió el pericardio (saco que rodea al corazón), luego se abrió la aorta ascendente y, con la ayuda de una prótesis, se unió la arteria a la aorta y se permitió el flujo de sangre.

En todo este proceso, el corazón nunca dejó de latir.

Hoy, un mes después, Salas come sin dolor y se recupera en su casa. “Fue un desafío, pero la paciente ya corrigió su problema y tiene calidad de vida; esa es la recompensa”, concluyó Méndez.