Vivimos obsesionados con la productividad. Pero, ¿podría ser el tiempo libre la clave para ser mejores en lo que hacemos?

Por: Danny Brenes 16 septiembre

Un ensayo titulado La gente los domingos , del periodista y novelista austriaco Joseph Roth, publicado en 1921 pero traducido este año al inglés, comienza con la oración “Los domingos, el mundo es tan brillante y vacío como un globo”.

Un siglo después, la descripción de Roth parece cada más distante. No porque los domingos no sean, por lo general, vacíos, sino porque el mundo entero parece haberse olvidado de la necesidad de descompresionar para obsesionarse con la productividad.

El año pasado, el New York Times publicó una historia sobre las condiciones de trabajo de los ejecutivos de Amazon. El reportaje revelaba las tensiones que se viven en un ambiente de trabajo en el que los despidos abruptos son comunes, hombres y mujeres adultos incapaces de manejar el estrés de las exigencias laborales lloran en sus escritorios, y los empleados son castigados por no responder correos electrónicos que se envían incluso después de medianoche.

El eco del artículo publicado por el Times reflejaba una crisis en la fuerza laboral de Estados Unidos; no una crisis de falta de empleo o bajos salarios, temas comunes en discursos políticos y portadas de periódicos en todo el planeta, sino una crisis de tiempo libre y estrés.

No me toque mi ocio
No me toque mi ocio

Si bien el caso revelado por el diario neoyorquino es extremo, no debería ser complicado encontrar similitudes en la vida socioeconómica costarricense.

Sacrificamos horas de juventud con tal de estudiar carreras que se concluyen en menos de tres años para, lo antes posible, insertarnos a un mercado laboral cada vez más exigente y saturado. Sincronizamos los teléfonos inteligentes con el correo electrónico del trabajo, y recibimos notificaciones de grupos de Whastapp laborales a todas horas. Tenemos menos vacaciones que antes, menos feriados que antes, menos ratos libres que antes.

Un futuro distinto

No se suponía que las cosas serían así.

En 1928, el economista británico John Maynar Keynes publicó un ensayo en el que proponía una interrogante sobre el futuro de la sociedad occidental: "¿Qué se puede esperar del nivel de vida económica en 100 años? ¿Cuáles son las posibilidades económicas de nuestros nietos?".

Para Keynes, la respuesta era tan clara y lógica como esperanzadora. La rápida acumulación de capital, combinada con los avances tecnológicos de la época, habían mejorado sobremanera la calidad de vida desde la revolución industrial, y no había razón para que esa tendencia se detuviera.

"Predigo que el estándar de calidad de vida en los países progresivos será, en 100 años, entre cuatro a ocho veces más alto de lo actual". La calidad de vida, decía Keynes, será tan alta que las preocupaciones por sobrevivir serían cosas del pasado; la gente no tendría que preocuparse por producir dinero, las jornadas laborales serían de tres horas diarias.

En 1964, la revista estadounidense Life publicó una serie de reportajes sobre la amenaza del exceso de tiempo libre: una epidemia de ocio a la que había que hacer frente.

No me toque mi ocio
No me toque mi ocio

Hoy, está claro que Keynes y Life se equivocaban, o que nos encargamos de evitar los peligros del tiempo libre yéndonos al otro extremo de la balanza.

Pregúntese a usted mismo cuándo fue la última vez que se desconectó por completo de sus obligaciones laborales; cuándo fue la última vez que, al cruzar la puerta de la oficina para dirigirse a su hogar, sabía que le esperaba una larga noche de estar pendiente del celular, del correo electrónico o de sus pendientes. ¿Cuándo fue la última vez que su chofer de Uber no le dijo que llevaba más de la mitad del día sentado frente al volante, conduciendo un vehículo, enfrentándose a la ansiedad propia de nuestras calles, con apenas unas horas de sueño a cuestas?

La tendencia se mantiene a la alta y tiene ramificaciones culturales: es pecado desperdiciar en cosas banales como descansar y relajarse el tiempo que podríamos aprovechar trabajando y siendo productivos.

Otro sistema, otra vida

A mediados del 2014, durante una conferencia en Paraguay, el empresario mexicano Carlos Slim –actualmente el sexto hombre con más dinero del mundo– propuso un sistema laboral aplicable en todo el mundo en el que la jornada laboral se redujera a solo tres días semanales.

El sistema actual, dijo Slim, se desarrolló cuando la expectativa de vida era menor y el mundo, en general, era más pobre. Las cosas han cambiado. La gente vive mucho más y un cambio estructural de la sociedad, con fines de semana de cuatro días, promovería el desarrollo de otras ocupaciones y, a su vez, de empleados más saludables, más felices y, como resultado, más productivos.

El requisito sería, eso sí, trabajar más horas en esos tres días, y que la persona se mantenga ocupada hasta entrada en sus setenta años.

Slim no es, ni por asomo, el primer empresario en proponer algo similar. En 1926, cuando la norma común eran las semanas de seis días trabajados, Henry Ford propuso lo que en su momento se vio como algo revolucionario: una semana laboral de cinco días, con fines de semana libres y manteniendo el mismo salario que antes para sus empleados.

No fue un salto de fe, sino una estrategia delimitada por la investigación y la prueba.

"Ahora sabemos, por nuestra experiencia en cambiar la jornada de seis días laborales a cinco y de nuevo a seis, que en menos tiempo podemos producir tanto como en más", escribió Ford entonces.

Era solo un primer paso en su propuesta de transformación de las condiciones laborales que apuntaban a más tiempo de descanso, menos horas de trabajo y, como resultado lógico –o paradójico, según como se le mire–, mayor productividad: "La semana de cinco días no es la última meta, y tampoco lo es el día de ocho horas. Basta con manejar lo que estamos en capacidad de manejar y dejar que el futuro se encargue de sí mismo. Lo hará en cualquier caso. Es el hábito".

Ocio y felicidad = productividad

Un artículo de la revista New Yorker rescata que, en el 2010, Anna Coote, de New Economics –una fundación británica que impulsa cambios en los ambientes y las políticas de trabajo– propuso una idea aún más radical que la de Slim –y en línea con los planes de Ford sobre el futuro–: una semana de 21 horas laborales.

De acuerdo con Coote, un sistema laboral con el mínimo de trabajo ayudaría a solventar una lista de problemas importantes y complejos: la sobrecarga laboral, el desempleo, las altas emisiones de carbono, la baja calidad de vida y la falta de tiempo de esparcimiento y descanso; para cuidar de nosotros mismos, para sencillamente disfrutrar la vida.

No me toque mi ocio
No me toque mi ocio

Ninguna de estas ideas es fácil de asimilar, sobre todo porque llevamos una vida entera asociando el éxito con trabajar mucho. Pero esto no es necesariamente cierto; más aún, no se siente cierto y eso tiene un peso importante en la salud emocional y psicológica y, sí, en la productividad.

María Konnikova, experta en psicologíca y psiquiatría y autora de New Yorker , explica que cuando los empleados sienten que sus superiores están sacando provecho de ellos y que su empeño no está siendo recomprensado –tanto de forma monetaria como en otros sentidos–, la motivación cae en picada y los resultados en el trabajo son inferiores.

Un estudio citado por Konnikova, realizado por el psicólogo Daniel Skarlicki, reveló que la percepción de los empleados de que están siendo tratados de forma injusta no solo genera emociones negativas sino un deseo de retribución: pa' qué voy a dar la milla extra si siento que me explotan y no me aprecian.

Si un empleado siente que pasa en la oficina más horas de las necesarias, escribe Konnikova, probablemente pasará más tiempo en Facebook, trabajará más lento, se tomará más descansos y llamará más veces a reportarse enfermo.

Una clave para la productividad y la motivación parece estar en sentirnos dueños de nuestro propio tiempo; en sentir que lo que hacemos marca una diferencia. En que importamos.

¿Cómo se relaciona eso con trabajar menos horas? En un aspecto fundamental: cuando somos dueños de nuestro propio tiempo, en lugar de sentir que el trabajo es dueño de nosotros, somos más felices y, al tiempo, mejores en lo que hacemos.

Podría tratarse, en el fondo, de escuchar un adagio viejo pero no por ello menos válido: ¿trabajamos para vivir o vivimos para trabajar?