Sur de Manhattan refugia los recuerdos en arquitectura y moderno urbanismo

 11 septiembre, 2014

“No habrá día capaz de borrarte de la memoria del tiempo”. Las letras de la sentencia del poeta romano Virgilio dan destellos dorados entre sombras sobre la pared de concreto. Tras esa pared se encuentran los restos no identificados de víctimas de los atentados del 11 de setiembre del 2001.

En 7 pisos subterráneos de lo que fueran los cimientos de las Torres Gemelas, en el World Trade Center de Nueva York, funciona desde mayo un museo dedicado a las víctimas y a la memoria de aquella mañana aciaga en que dos aviones se estrellaron contra un símbolo del poderío económico estadounidense.

La obra fue diseñada por el estudio noruego Snøhetta, y en ella se ubican fragmentos de los edificios, camiones de bomberos aplastados, fotografías y recuerdos personales de las víctimas y –con acceso solo disponible para familiares y forenses– los restos humanos que esperan por la tecnología que logre identificarlos.

En los predios donde estaban las torres, en la superficie, hoy se ubica su huella en reverso: dos cascadas y espejos de agua con enchape negro, 20 metros de caída libre, en cuyo perímetro están grabados los nombres de las casi 3.000 personas que murieron al colapsar los rascacielos. Es el Memorial, un homenaje que los arquitectos paisajistas Michael Arad y Peter Walker titularon Reflejo de ausencia , y que simboliza el sentimiento de vacío que cubrió la ciudad, como un fantasma, tras los atentados.

Hoy, 13 años después de la caída de las torres, el lugar es centro de reconocimiento a quienes perdieron la vida, así como eje de la recuperación urbana del sur de Manhattan: en torno al Memorial y el Museo Nacional 11 de Setiembre se reconstruyen media docena de edificios dañados.

Todo el conjunto corresponde a un plan maestro desarrollado por el arquitecto Daniel Libeskind, quien segregó la plaza de los rascacielos mediante la continuación de la calle Greenwich.

Respeto y discreción. “Hay integración en el conjunto, pero todo en servicio del plan máster. Primó el concepto del Memorial ante el de volver a unir la trama de la ciudad”, explica Benjamín García, arquitecto costarricense del despacho de su colega inglés Richard Rogers, quien trabajó en el desarrollo de la Torre 3. García incluso diseñó buena parte de la primera planta del edificio, incluidos el lobby y la fachada, que guardan una relación estrecha con la plaza. “Debíamos ser muy respetuosos, muy discretos, que ni el edificio ni los comercios fueran a interferir con la seriedad del monumento”, explicó.

El diseño estructural de la Torre 3 –que se encuentra en construcción–, así como el de las demás, fue reforzado en forma tal que las estructuras puedan soportar impactos similares a los que se trajeron abajo las Torres Gemelas.

A pesar de la importancia del sitio para los neoyorquinos y familiares de las víctimas, el Memorial y las áreas peatonales cubiertas de árboles no eran rigurosamente públicas hasta mayo de este año pues estaban separadas de la ciudad por una malla perimetral, con el impedimento de ingreso sin un pase especial.

Ahora el ingreso es libre, aunque con estrictos controles de seguridad. Además, en los alrededores se inauguró, en febrero, el primer andén de la terminal de transportes, proyectada por Santiago Calatrava, y la Torre 4, obra de Fumiko Maki. Aún están en proceso rascacielos de Norman Foster, el estudio SOM y Rogers.

El conjunto, sin embargo, está planeado para abrazar, escalonado, el Memorial. Un abrazo que es, a su vez, entre la memoria y la puja económica.