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¿Por qué asesinan blogueros y activistas a machetazos en Bangladés?

Actualizado el 10 de mayo de 2016 a las 11:40 am

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¿Por qué asesinan blogueros y activistas a machetazos en Bangladés?

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"Cualquier signo de coraje en Bangladés es una invitación a la muerte", Ananya Azad bloguero bangladesí 

Al menos diez activistas (seis de ellos blogueros que escribían a favor del secularismo) fueron asesinados durante los últimos 18 meses en Bangladés. Su "pecado" fue hablar, hablar de temas como los derechos de los homosexuales o la separación entre religión y gobierno.

Julhas Mannan, editor de la única revista sobre la comunidad gay en Bangladés, fue la última víctima. El joven fue asesinado a machetazos por la agrupación islamista radical Ansarullah Bangla Team (ABT).

LEA: Editor de revista gay asesinado a machetazos en Bangladés

Ansarullah es un grupo afiliado a al-Qaeda que busca instaurar la ley islámica en el país. La agrupación mantiene una lista de blogueros y activistas que pretende asesinar por sus "posiciones contrarias al islam".

infografiaMannan era el fundador y organizador de la "Reunión del Arco iris", un encuentro anual de la comunidad creado en 2014 y que se celebra cada 14 de abril en coincidencia con el año nuevo bangladesí.
Uno de los nombres que aparece en esa lista es el de Ananya Azad, bloguero bangladesí de 26 años exiliado en Alemania desde junio de 2015. Azad piensa que Bangladés vive momentos críticos, que la expansión del fundamentalismo y la inacción de las autoridades están acabando con la libertad de expresión.
"La situación es de miedo. El que decide hablar en contra del status quo o la religión recibe amenazas constantes. Los que alguna vez hablaron libremente están viviendo con miedo. En Bangladés, la libertad de expresión es un mito, no hay libertad. En 2013, el gobierno detuvo a cuatro blogueros por temor a la acción de los fundamentalistas. Por un lado, se puede ser detenido por criticar los actos del gobierno y por el otro los fundamentalistas te amenazan de muerte si criticas la religión", explica Azad.
Fortalecimiento del islamismo. Tras su independencia en 1971 (y antes de ella) la identidad cultural e intelectual de Bangladés pasó más por el bengalí como lengua común que por una concepción radical del islam, pese a que el 90% de la población es musulmán.
El islam en Bangladés —más bien— se caracterizaba por tener una visión abierta y tolerante, en que los principios de la religión de Mahoma se entremezclaban con el hinduísmo y el budismo. 

Esa concepción fue recogida en la constitución de 1972 mediante el principio del secularismo. Sin embargo, una serie de enmiendas constitucionales promulgadas por dos dictadores militares terminaron convirtiendo al islam en la religión del estado, en 1988.

Además, en esas dictaduras —especialmente en la del general Hussain Muhammad Ershad (1983-1990)— el proceso de islamización del país se empezó a acentuar. Con Ershad, se fortaleció —entre otras cosas— a las madrasas (escuelas coránicas) en las zonas rurales del país.

"A las madrasas suelen ir los peores estudiantes, que no pueden con la gran presión del sistema público o los más pobres. En cualquier caso, son carne de cañón. Y lo peor es que, aunque en parte están financiadas por el Estado, el gobierno no se atreve a tocar su sistema de enseñanza por temor a los extremistas y a perder votos", explica, Tahmina Rahman directora de la organización Article 19en un artículo de El País de España.

Según Rahman, algunos de los culpables de los asesinatos y las amenazas contra activistas serían estudiantes de madrasas a los que sus profesores piden que cometan los crímenes.

Actualmente, funcionan en Bangladés 19.000 madrasas en las que estudian unos cuatro millones de menores.

"La situación es tan compleja que ya no estoy viviendo una vida real, parece que estoy viviendo la vida de un agente encubierto que tiene un montón de enemigos", Sushanta Das Gupta, bloguero bangladesí.

Otro punto fundamental para comprender la expansión de los movimientos radicales en Bangladés es la reconfiguración que ha experimentado la escena política musulmana en Bangladés de la mano del partido Jamaat-e-Islami (JI, Asamblea del Islam).

La JI es la agrupación islamista que ha logrado más influencia en el sistema político y la sociedad de Bangladés. Su evolución, pese a que en un inicio se opuso a la independencia de Bangladés y apoyó al ejército de Pakistán en la guerra de independencia, le ha permitido avanzar en la islamización del Estado, no solo por su influencia directa en las políticas públicas, sino porque le ha demostrado a los dos partidos tradicionales de Bangladés (Partido Nacionalista de Bangladés y Liga Awami) que el islam es rentable en las urnas.

Esa rentabilidad electoral explicaría, en cierta medida, la inacción de las autoridades ante el asesinato de activistas, según el investigador de Amnistía Internacional en el Sudeste Asiático Olof Blomqvist.

"Las autoridades hacen muy poco. Los activistas en Bangladés son reprimidos y pueden ser castigados con prisión. Muchos activistas que intentan dar cuenta a la policía de amenazas que reciben no son protegidos, por el contrario son amenazados por las autoridades. La prueba de lo poco que hacen es que ni una sola persona ha sido considerada responsable por la policía por los asesinatos, esto envía la señal de que los autores pueden salirse con la suya", dice Blomqvist.

La JI vivió su mejor momento electoral en 2001, cuando llegó al poder gracias a una coalición islamo-nacionalista, dirigida por el Partido Nacionalista de Bangladés y apoyada por la JI y el también islamista Islami Oikkyo Jote (IOJ, Frente Islámico Unido).

Durante esa gestión, la JI manejó las carteras de Asuntos Sociales, Agricultura e Industria. Desde esas instancias aumentó el número de sus militantes en ciertas organizaciones, como las cooperativas campesinas o su potente sindicato de trabajadores. Además, gracias a su posición de socio privilegiado logró infiltrarse en los círculos burocráticos y colocar militantes en instancias como la policía, la agencia de inteligencia, las universidades públicas, el instituto de prensa de Bangladés, la Comisión Electoral y la cadena de televisión nacional.

En 2008, la JI volvió a ir junto al Partido Nacionalista de Bangladés a las urnas, pero sufrieron una estripitosa derrota, entre otras cosas, porque la imagen de la JI decayó por los atentados terroristas que golpearon al país en 2004-2005. Los medios de comunicación habían señalado, previamente, la existencia de vínculos entre la JI y fundamentalistas.

Fuertes disputas. Las disputas entre islamistas y seculares arreciaron en 2010 cuando el gobierno de la Liga Awami (que asumió el poder tras la derrota de 2008 de la JI y el Partido Nacionalista) estableció un tribunal para juzgar a ciudadanos bangladesíes que cometieron crímenes en colaboración con el ejército de Pakistán durante la guerra de independencia.

El establecimiento de ese tribunal despertó la molestia de los islamistas, ya que la mayoría de acusados (y luego condenados) pertenecían a la JI. Además, los islamistas (y algunas organizaciones internacionales) afirmaron que los juicios no ofrecían verdaderas oportunidades de defensa para los acusados y que buscaban debilitar a la oposición. 

En 2013, estos procesos judiciales terminaron en la disputa pública más grande que ha vivido Bangladés entre islamistas y seculares.

Ese año, el tribunal condenó a Abdul Quader Mollah (político islamista) a cadena perpetua por ser culpable de múltiples asesinatos y violaciones durante la guerra.

Los islamistas salieron a las calles para protestar por la condena, mientras que los militantes de la Liga Awami y activistas seculares organizaron protestas en la plaza Shabag, mediante blogs y redes sociales, para pedir la pena de muerte contra Mollah y demás acusados de crímenes contra la humanidad. En las protestas murieron unas 500 personas.

Finalmente, Mollah fue ahorcado en diciembre de 2013 tras la revisión de la condena por el Tribunal Supremo del país.

Los juicios y las protestas de los islamistas continúan hasta la actualidad. Tres dirigentes de la JI y una responsable del Partido Nacionalista, fueron ejecutados desde 2013. El último ejecutado fue el líder de la JI Motiur Rahman Nizami.

infografiaRahman habría tenido un papel importante en la creación de la milicia islamista propaquistaní al-Badr, que asesinó a intelectuales, médicos y periodistas durante la guerra de independencia.

Necesidad. El extremismo religioso en Bangladés también tiene su caldo de cultivo, al igual que en otras latitudes, en las necesidades que pasa la población.

Una de las estrategias más recurrentes de los islamistas, para incrementar sus bases sociales, es llenar los espacios que deja el estado en la atención de necesidades básicas.

En el caso de Bangladés, por ejemplo, la JI ha desarrollado, desde los 80, una red de organizaciones afiliadas que responden a la acción social. Entre esas organizaciones se encuentran instancias que trabajan con refugiados y una red de clínicas privadas que atiende a los segmentos más desfavorecidos de la población.

Ese tipo de acciones tienen un gran impacto en una sociedad en que el 76,4% de la población vive con menos de $2 diarios y que basa su crecimiento económico en un sector textil de salarios muy bajos y condiciones de salubridad y seguridad precarias.

Además, la asistencia de las organizaciones islamistas ha sido trascendental para que las poblaciones rurales enfrenten los desastres naturales que regularmente golpean al país, como inundaciones, ciclones y sunamis. 

Miedo y esperanza. Ese conjunto de condiciones ha convertido a Bangladés, según Sushanta Das Gupta, otro bloguero bangladesí incluido en la lista de ABT y residente en Inglaterra, en un refugio perfecto para extremistas.

"Bangladés se enfrenta al hecho de que se está convirtiendo en un refugio seguro para los extremistas. La esencia nacionalista del país se ha sustituido por movimientos que han servido de entrada para los extremistas. La aparición de grupos como ATP ilustra que una nueva generación de extremistas violentos está surgiendo en el país. Además, los movimientos globales permiten la difusión de doctrina y el establecimieno de redes encubiertas", explica Das Grupta.

Pese a ese panorama, tanto él como Azad consideran que hay oportunidades de mejora y —aunque viven con miedo— esperan que la lucha por los derechos humanos y la oposición a los fundamentalistas se fortalezca.

"El escenario en Bangladés me alarma. Bangladés es a la vez un caso curioso y una alerta sobre lo que podría venir en la región. Sin embargo, tengo una fe inmensa en los movimientos populares y  en que la sociedad se una para reducir al mínimo los extremismos y construir un Bangladés mejor", dice Azad.

"La situación es tan compleja que ya no estoy viviendo una vida real, parece que estoy viviendo la vida de un agente encubierto que tiene un montón de enemigos. Algunas personas cercanas me dicen que pienso demasiado en las amenazas, en la seguridad, pero ¿cómo puedo hacerles entender que no necesito morir a machetazos, que las amenazas de los fundamentalistas son muy serias? Temo por mi país, he visto a Siria, Libia e Irak en los medios de comunicación y no quiero que mi país sea así. No quiero que millones de mis compatriotas mueran en una guerra inútil e innecesaria", concluye Das Gupta. Por:Gustavo Arias 

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