20 mayo, 2013

Tengo solo dos pares de zapatos. El mismo diseño. De un tiempo acá uso el primero a guisa de pantuflas. Mis talones se apoyan sobre los contrafuertes vencidos. Son deliciosos. Suavecitos. Mis pies: hedonistas. Mi boca: asceta. Mis ojos: ciegos. Mi piel: pordiosera. Poetas son solo mis manos' a ratos.

¿Y quién filosofa? Mi sangre ha de ser. Creo en ella mucho más que en el cerebro, fecundo en ardides. ¿Hay algo en el mundo algo más importante que los zapatos y la cama? Si no estamos en unos, estamos en la otra. Van Gogh transformó un par de rústicos zapatos en poesía pura. ¿Transformó? No: la descubrió. Ella siempre había estado ahí, esperando ser celebrada. “Las cosas me piden que las cante –decía Neruda–. Ni crespúsculos, ni arcoíris, ni cimas nevadas: la poesía elige a veces las cosas más humildes para anidar. Es que no está en el objeto, sino en el abordaje que de él se hace. Me siento bien en mis zapatos. Ellos no razonan, no me juzgan, no me inculpan, no elevan al cielo patéticos reproches. Están ahí, fieles y silenciosos. El amor, ¿no es eso? Estar, simplemente estar con quien uno ama. Los veo al lado de mi cama. Por poco diría que ríen. Averiados. Heridos de muerte, y sin embargo ríen.

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