Por: Armando González R. 30 septiembre, 2012

Leonardo Garnier es un estupendo ministro de Educación, pero su burla del padrenuestro es un yerro incomprensible. La escribió hace ocho años, como obra de ficción y, según dijo, sin propósito de ofender. El escrito permaneció en su blog y salió a la luz recientemente. El funcionario ofreció disculpas y lamentó la ofensa a la religiosidad.

El ministro tiene todo el derecho a expresarse como lo hizo. La libertad de expresión, para ser plena, debe proteger, en primera instancia, la manifestación de opiniones impopulares. Si el criterio mayoritario se impone como parámetro de la expresión aceptable, la libertad de expresión sufre mengua, el debate público se empobrece y desaparece la posibilidad de hallar en él una síntesis útil para el progreso humano.

Tiene don Leonardo derecho a burlarse del padrenuestro, pero no a eximirse de la crítica consiguiente. En eso consiste el debate público. Importantes corrientes de pensamiento cuestionan el sentimiento religioso. Para hacerlo, no necesitan la burla. Si la emplean, deben hacer frente a las consecuencias.

El ministro debió haberlo pensado mejor. Dice carecer del propósito de ofender, pero es un hombre demasiado inteligente para no advertir el carácter insultante del texto. Es una provocación cuya intencionalidad no admite duda. Como recurso literario, pretende incitar al lector a cuestionar el credo. Refleja un punto de vista digno de figurar en la discusión abierta, pero el autor tiene a su disposición otros medios, más respetuosos, para hacer el mismo planteamiento.

El padrenuestro es una oración hermosa. Millones la recitan con devoción en todos los rincones de la Tierra. Esos son buenos motivos para tratarla con respeto, aunque no se comparta la fe de los orantes. Un cristiano debe consideración a la estrella de David, y la cruz amerita el mismo trato de los agnósticos y ateos. Ninguno tiene por qué renunciar a su punto de vista ni a exaltar sus méritos, pero el respeto al prójimo obliga a respetar el profundo valor del rito, la fe y sus símbolos.

No es respeto a las cosas en sí mismas, sino a lo que representan para los demás. Es, a fin de cuentas, respeto para los semejantes. El ministro defiende, con acierto, importantes causas humanistas que le obligan a abogar por la tolerancia, la inclusión y el aprecio a la diversidad. Hay una grosera contradicción entre ese discurso y su disposición a hacer mofa de la oración más solemne de quienes comparten la fe cristiana.

Pregúnteles, don Leonardo, si al leer su opúsculo pueden dejar de sentirse ofendidos en su dignidad, un valor compartido por todos, menos los perversos, de los cuales el ministro, pese al error, no forma parte.

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