Por: Víctor Hugo Murillo S. 3 mayo, 2013

Don Fernando Díez no está más en nuestra redacción... Bueno, lo más preciso es decir que ya no ocupará un escritorio aquí, pero continuará desde su casa, y gracias a la tecnología, desempeñándose como asesor filológico.

Este vallisoletano, que primero anduvo por los caminos del sacerdocio y después trocó la sotana por los textos de la filología española, ha sido nuestro guía y corrector, sobre todo para quienes creemos que es una obligación de los periodistas conocer y usar bien el idioma que nos sirve como instrumento para la comunicación.

A lo largo de una veintena de años en La Nación , se ha esmerado por cumplir con su tarea didáctica, no para demostrarnos que sabe (no necesita hacerlo), sino para compartir cuanto sabe (esta es una importante diferencia entre el maestro y el petulante que necesita impresionar a los demás).

Entre las características que han distinguido el trabajo de don Fernando se encuentra la profunda vocación con la cual lleva a cabo su labor. En realidad, lo más correcto es decir que ha hecho de esta un apostolado: siempre dispuesto a enseñar, a fundamentar sus puntos de vista, a investigar hasta en lo más recóndito para encontrar la respuesta a la duda planteada. Para lograrlo, ha sabido sacarle provecho a la tecnología, aunque sin dejar de lado sus libros-compañeros.

Mas no se crea que, por puntilloso e interesado en el correcto uso del idioma, estamos en presencia de un ortodoxo que se santigua ante el “mataburros” de la Real Academia Española de la Lengua y otros textos de los más doctos. He sido testigo de sus discrepancias y de su capacidad de ser flexible, de saberse adaptar a la naturaleza cambiante del lenguaje. No se espanta con los neologismos que se abren paso, a menudo a codazos, en la lengua de Cervantes, sea por la influencia de las tecnologías o traídos por los ecos de otros idiomas.

De los conocimientos de don Fernando, de su paciencia y de su entrega por lo que hace, seguiremos beneficiándonos quienes en este oficio tenemos que escribir bien, porque es nuestra obligación y porque estamos sometidos al escrutinio diario de ustedes.

Las consultas al maestro continuarán.

Por dicha tenemos a un gran escudero de Castilla y León.