24 diciembre, 2012

Correspondencias llamaba el poeta francés Charles Baudelaire al afortunado cruce de sonidos, colores, perfumes, sensaciones; y de esta cepa es el poema de las vocales de Arthur Rimbaud, admirador de Baudelaire, quien le asignó color negro a la A, blanco a la E, rojo a la I, Azul a la O, Verde a la U. A su vez, algunos científicos modernos se vieron tentados a traducir las ondas que emite el cerebro en notas musicales. En las últimas décadas, con mucho ruido metálico y ninguna nuez, no hallaban el camino. Hasta que se les ocurrió pedir el apoyo de artistas para convertir los signos de un electroencefalograma en una partitura. El equipo así formado, de la Universidad de Ciencia Electrónica y Tecnología de China, halló una clave; y los cerebros de una mujer de 31 y un adolescente de 14 descargaron sus impulsos eléctricos, pensando al ritmo de sus flujos sanguíneos, mientras el EEG y las imágenes de resonancia magnética vigilaban tonos, duración e intensidad de cada señal mediante un software único. Y aquello sonaba como un piano a todo jazz . ¡Puro lenguaje musical! Entonces recordé a Néstor Sánchez, un argentino de los 60, injustamente criticado. Los editores le reclamaban novelas y no la prosa jazzística que él derrochaba. Desde donde estés, perdonalos Néstor: no sabían lo que hacían.

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