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Rótulos de verguenza

Actualizado el 01 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

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Rótulos de verguenza

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Cuando veo rótulos “Interlínea” se me revuelve la panza... y la cabeza. La primera idea que se me viene, en letras grandotototas, es “corrupción”. El siguiente letrero mental me grita “¡engaño!” y si sigo repasando, llego a lo más obvio: “irracional”.

Es irracional que a estas alturas del siglo XXI ningún gobernante, ningún partido, ninguna Asamblea Legislativa, ningún alcalde, haya sido capaz de aplicar una solución al problema del transporte público en San José. ¡Incapaces!

La Interlínea no era la mejor solución, pero era un paso para mejorar la calidad de vida de los josefinos: reducir tiempos de transporte de las personas, el gasto en combustibles, la contaminación y las enormes presas.

La idea es vieja; de hecho, se hablaba de ella desde finales de los 90, y estaba previsto que los primeros buses de siete líneas comenzaran a circular el 7 de julio del 2008, pero el Tribunal Administrativo de Transportes descubrió actos “irracionales” en el concurso para escoger a los operadores de las rutas.

Hoy, cuatro años después, los rótulos de la Interlínea siguen de pie en las calles, reflejando lo que fue: una burla al usuario que soñó viajar más directamente entre sectores de San José, sin pasar por el centro.

Pese a ello, nadie es responsable de ese fracaso. Después del escándalo por los “actos” que detectó el Tribunal (cuyo fallo generó esa idea de corrupción) el castigo recayó en el ciudadano que se ve obligado a tomar dos, tres o más buses para ir de un punto a otro de la ciudad.

Si algún día se pudiera contar el tiempo que pierden miles de personas al hacer trasbordos en el centro de San José, sentaríamos ante la Justicia a los desalmados que nos han quitado tantas horas, al condenarnos a un transporte deficiente, obsoleto y, de feria, caro.

Pero, acá, también hay culpa nuestra, de los usuarios, porque hemos tolerado que intereses de sectores políticos y empresariales se muevan en torno a proyectos tan vitales como el transporte público, y los paralicen.

Véalo: en un país con protestas semanales, ¿algún sector civil ha organizado una manifestación contra el Gobierno, contra los diputados, contra los alcaldes, contra los autobuseros, por no dar respuestas a este caos de buses? Ninguno.

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Esa, nuestra desidia, es la que consiente que intereses irracionales, particulares, tengan bloqueado cualquier cambio en favor del usuario.

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Armando Mayorga

amayorga@nacion.com

Jefe de Redacción

Ingresó a La Nación en 1986. En 1990 pasó a coordinar la sección Nacionales y en 1995 asumió una jefatura de información; desde 2010 es jefe de Redacción. Estudió en la UCR; en la U Latina obtuvo el bachillerato y en la Universidad de Barcelona, España, ...

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