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Página Negra: Cecil B. DeMille, Rey de reyes del cine

Actualizado el 31 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Sus filmes excedían el tamaño de la pantalla; convocaba a los más grandes actores, a miles de extras y a animales en escenarios exóticos. Fue un hombre de extrañas pasiones sexuales.

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Manipulador mojigato; voyeur bíblico; megalómano del cine; poseía una estrambótica colección de libros pornográficos, y tenía una fijación enfermiza por los tobillos y los pies de las mujeres.

En el apogeo de la censura norteamericana, utilizó los relatos sagrados para mostrar mujeres de pechos desbordados, hombres bien dotados, diálogos lascivos, escenas lujuriosas, orgías, crímenes y lenguajes descarnados, a pesar del severo “Código Hays”.

Cecil B. DeMille mezcló la religiosidad con el mercantilismo de sus mastodónticas películas, con miles de extras, efectos especiales nunca vistos, escenarios monumentales y una voracidad pantagruélica por las ganancias ante todo.

Según él, los norteamericanos solo sentían atracción por el sexo y el dinero; temas que explotó en las 70 películas que dirigió desde que en 1913 produjera The Squaw Man o El prófugo , considerado el primer largometraje del cine. El término squaw –derivado de la lengua indígena algonquina– se usa de manera peyorativa, racista y sexista para referirse a las mujeres nativas en Estados Unidos.

Sus biógrafos lo consideran el inventor de la narrativa cinematográfica y creador del primer estilo fílmico, que por primera vez logró transformar al espectador en cómplice de lo que sucedía en la pantalla.

El público identifica a DeMille con las cintas que suelen proyectarse en Semana Santa: Los diez mandamientos ; Sansón y Dalila ; Cleopatra ; El signo de la cruz ; Rey de reyes ; o su obra magna: El espectáculo más grande del mundo , que le mereció el Óscar a mejor filme en 1953.

Los dueños de los Estudios Paramount consideraban que los filmes bíblicos eran un pésimo negocio y, por eso, no querían financiar Sansón y Dalila ; pero Cecil los convenció al enseñarles las provocativas fotos de Víctor Mature y Hedy Lamarr, actriz de origen checo que había realizado –en 1932– un desnudo y un orgasmo en la película Éxtasis , según un artículo del diario español El País .

DeMille pidió a la actriz que, en la primera escena de Sansón y Dalila , apareciera sentada en un muro, pero con las piernas abiertas, lo cual encendió a los espectadores y engatusó a los censores de la Liga de la Decencia con el cuento de que era una escena del Antiguo Testamento.

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Algo similar ocurrió con Los diez mandamientos . Los productores querían a la ingenua de Audrey Hepburn para el papel de Nefertari, esposa el faraón Ramsés. DeMille se opuso porque consideró a Hepburn muy enclenque y prefirió a la exuberante y carnal Anne Baxter, que, a su vez, heredó el rol de Sephora –esposa de Moisés– a la extraordinaria Yvonne De Carlo.

Su versión del Signo de la cruz , de 1932, está plagada de orgías, sadismo y otras acrobacias sexuales; Claudette Colbert –como la malvada Popea– destila erotismo y se baña en leche mientras el emperador Nerón –interpretado por Charles Laughton– la devora con los ojos.

Ese interés por las imágenes sensuales también está presente en Rey de reyes , de 1927, que arranca con una sensual y cortesana María Magdalena, asediada por los hombres.

Aún así, DeMille siempre se mantuvo a la vanguardia cinematográfica y, en 1922, con su película Manslaughter , filmó el primer beso del cine entre dos lesbianas. El Código Hays permitía ósculos entre parejas heterosexuales, pero únicamente en posición vertical. Vale recordar que el filme Don Juan , de 1926, contiene 191 besos: ¡uno cada 53 segundos!

Vida épica

El interés de Cecil por los temas religiosos y la actuación los heredó de su padre Henry, quien fue pastor de una iglesia episcopal y probó suerte como actor y escritor de varias obras representadas en el Madison Square Theater, en la ciudad de Nueva York.

DeMille nació el 12 de agosto de 1881, en Massachusetts y cuando Henry murió, su madre Matilda fundó una escuela para niñas y más tarde una agencia teatral, con la cual mantuvo al pequeño Cecil y a su hermano William.

La formación del futuro cineasta comenzó en un Colegio Militar; más tarde estudió en una Academia de Arte Dramático, que lo llevó a interpretar su primera obra en 1900: Hearts are Trumps .

Durante un tiempo integró una compañía itinerante y así conoció a su esposa Constance Adams, con la cual estuvo casado hasta su muerte el 21 de enero de 1959. La pareja tuvo una hija biológica, Cecilia, pero adoptó tres niños más: Katherine, Richard y John.

El espíritu emprendedor de Cecile lo encaminó hacia otros negocios. Uno de ellos fue la Mercury Aviation, primera aerolínea comercial en transportar pasajeros con itinerario en 1919. También fue director del Banco de Italia, nombre original del Banco de América, y de ahí se vinculó con la financiación de la industria cinematográfica, reseñó Scott Eyman en La vida épica de Cecil B. DeMille .

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Con Jesee L. Lasky y Samuel Goldwyn, fundó la empresa The Lasky, que años después se convertiría en la Paramount Pictures, con la cual filmaría El signo de la cruz, su primer mazazo en la taquilla.

Fuera del cine fue director y anfitrión, de 1936 a 1944, del programa Lux Radio Theater , que adaptó a la radiodifusión películas populares, con la asistencia de reconocidas artistas y luminarias de Hollywood. Todo iba de maravilla hasta que se peleó con la Federación de Artistas de Radio y el programa se suspendió.

Sus problemas con el gremio artístico llegaron al punto más álgido cuando algunos colegas lo acusaron de soplón y de redactar una lista negra para el Comité de Actividades Antiamericanas, del senador Joseph McCarthy.

Cecil transformó la manera en que se producía el cine en Hollywood y murió con las botas puestas. Durante la filmación de Los diez mandamientos sufrió un ataque cardíaco en unas locaciones en Egipto, pero se recobró apenas para finalizar lo que sería su última película, recuerda el sitio web del director.

Estrenada en 1956 contó con un reparto de ensueño; 12.000 extras, 15.000 animales, rodada en Egipto y el Monte Sinaí, usó casi millón y medio de litros de agua para la escena del Mar Rojo; un guion tan ágil que los espectadores apenas notan las cuatro horas de duración del filme.

Marcado por el deseo

Más que un cineasta parecía un faraón, con poderes omnímodos y un despliegue de grandeza propio de un emperador del celuloide. En La vida secreta de los grandes directores se describe su fetichismo. Su oficina parecía el palacio de Odín; tenía el piso tapizado con pieles de oso polar, donde retozaba como un lobezno mientras un criado tocaba el violín. Adondequiera que iba lo acompañaba un sirviente filipino con un taburete a cuestas para que el director tuviera donde asentar sus augustas posaderas.

Quienes caían en su gracia podían ser invitados a una cabaña íntima, donde unas sugerentes mujeres bailaban la danza de los siete velos al ritmo del bolero de Ravel, para después saciar los apetitos de la mesa y de la cama.

No obstante, la obsesión que roía sus entrañas eran los pies y los tobillos de las mujeres, al punto que la actriz Bebe Daniels –una de sus amantes– reveló que DeMille se limitaba a lamerle el calcañar (o talón), mientras se autocomplacía. Esa pasión surgió, según algunos, después de que leyó que la artista Julia Faye presumía de tener “los pies y tobillos más hermosos de Estados Unidos”.

Una vez, Paulette Goddard, irrumpió en la oficina de Cecil y puso sus pies desnudos sobre el escritorio para que DeMille los catara y obtener así un papel en el filme Policía montada de Canadá .

Más allá de esos fetichismos era un marido maravilloso, y Claudette Colbert le echó los perros sin éxito cuando filmó El signo de la cruz . “Le amé profundamente. Debo confesar que por más que me insinué, por más situaciones que puse para comprometerle, nunca conseguí nada. ¡Estaba demasiado enamorado de su esposa! ¡Fue una lástima!”

Las mujeres lo adoraban por su nobleza, educación, ternura y elegancia. Filmar bajo sus órdenes era más importante que la paga o el trabajo mismo.

“Tenía el encanto del hombre maduro y del niño que todos los hombres llevan tras de sí. Hizo que me sintiera orgullosa de tener 29 años y ser como soy” recordó Gloria Grahame. Para Gloria Swanson, actuar en las obras de Cecil fue lo más gratificante de su carrera.

Actores como Charlton Heston o Yul Brynner lo consideraban un maestro, un confidente, un amigo y un padre que rescató lo mejor de sus personalidades, y les permitió interpretar sus papeles con absoluta libertad.

La actriz Hedy Lamarr dijo: “Nadie como él para extraer todo el erotismo que había en mí, y para hacer que Dalila fuera el mismo demonio. Estaba pendiente hasta de los más mínimos detalles sobre mi vestuario, si veía un pliegue que no le convencía de mi túnica, repetía la escena hasta estar convencido de que su caída era perfecta. Jamás conocí a alguien como Cecil, era único”.

El director Cecil B. DeMille creó el mito de las luminarias y las estrellas con sus desbordantes películas, hizo del cine el espectáculo más grande del mundo e inventó Hollywood.

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