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Temprana ausencia

Muerte y nacimiento de una gran poeta

Actualizado el 04 de septiembre de 2011 a las 12:00 am

Temprana ausencia Narcisa Castro ha muerto sin el reconocimiento que merece su obra literaria

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Muerte y nacimiento de una gran poeta

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Las dicotomías son fatales: vida y muerte, luz y sombra, amor y odio, etc., son los procaces extremos de sí mismos. Entre los opuestos nos desgarramos todos... No hay salida. Quizá la anhelada iluminación sea la que supere vivencialmente los opuestos; pero, entonces, ¿qué quedaría de este mundo si la realidad vive en los claroscuros y en sus contradicciones? Quizá quedaría la poesía, reina sustancial del oxímoron y de la matización interminable.

Narcisa Castro personificó esas auténticas contradicciones, que son la vida misma: murió el viernes 19 de agosto a las 4 de la madrugada, sola, en un hospital, a los 31 años, después de una vida de dolor y vejaciones sufridas desde niña, con diabetes juvenil, con un devorador cáncer mortal, y madre de un niñito de casi 7 años, desde el doloroso laberinto del amor y del desamor.

Narcisa escribió numerosos y magníficos libros, como Los cantos de Lilith, gran obra testimonial del drama de la mujer como madre y amante, sin superficialismos de género, basado en la mítica figura de la paradójica Lilith. Este libro la convierte en una de las más grandes poetas –de cualquier país– que yo haya leído.

Espejos y sombras. Hay grandes poetas que se consubstancian dramáticamente con la dicotomía ontológica del vivir; generalmente fracasan en lo personal, pero triunfan en lo transpersonal: Vallejo, Kavafis, Lorca, Eunice, Jiménez Huete, Narcisa Castro...

Espejos de todas las sombras y de todas las luces, viven y acaban quebrándose, como es menester; pero no generalicemos. También hay grandes poetas “felices”: Neruda, Juan Ramón, Perse, Whitman. No es que no fueran supraconscientes de las dicotomías, ni menos hiperestésicos ante ellas, sino que fueron mejores administradores de sus propias contradicciones.

Por ejemplo, los ingenuos aseguran que Vallejo es un poeta más auténtico que Neruda. No es cierto; simplemente, Neruda se administraba mejor, y Vallejo fue la víctima quizá involuntaria de sí mismo.

Hay una anécdota, poco conocida, que relató Max Jiménez Huete: se encontró en París a César Vallejo hambriento y lo invitó a un café, y este le contestó: “Max, no me alborotes el hambre”. Probablemente Neruda hubiera aceptado la invitación del rico poeta cafetalero y, ya con el hambre “alborotada”, hubiera logrado un “bon vino” y quizá algo más...

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Lilith. Narcisa tenía muchos parecidos con Eunice Odio: marginada, frágil, bella y acosada por los buitres del machismo. Tenía sobre todo genio, mucho genio creativo; no se lo perdonaron, y fue “ninguneada”, como Eunice, por la mediocracia promedio de la coetaneidad literaria.

Sólo se puede resistir creando y creando y creando hacia la excelencia. Esto hizo Narcisa: avasallada por su durísima biografía personal, creó muchos y magníficos libros, casi todos aún inéditos y sólo unos pocos publicados en sufridas ediciones marginales y artesanales.

El mejor de ellos quizá sea Los cantos de Lilith, publicado en una edición personal casi clandestina, que yo tuve la complicidad de prologarle para el posterior silencio... Solamente hay breves destellos históricos o kármicos en los que la oscura complicidad de la mediocridad mayoritaria se rompe durante la vida de un gran creador.

¡Con qué maestría Narcisa combina la curva dramática, los valores creativos y la eufonía versal, con una conmovedora confesionalidad catártica, propia de una gran poesía. Escuchémosla en “Tu hijo te mira”:

“Yo lo imagino corriendo por la casa, / deambulando por los nudos / de todas mis heridas, / queriendo soltarlas una a una. / ['] con la misma mirada triste / con la que vos mirás a tu padre, / con la que yo miro al mío, / con la que yo te miro a vos, / sabiéndome menos que la última urgencia / en los puños del destino, / en las estrellas insolentes de tus manos, / de tus manos sucias / incorregiblemente por la ausencia”.

Renacimiento. Quizá un tanto, quizá sí, quizá acaso Narcisa comparta con Vallejo la “insurrección solitaria” de la poca magnífica poesía que logra fundir el drama personal con el drama cósmico. Difícilmente, alguna editorial cultural publicará la ingente y maravillosa obra inédita de Narcisa. Mientras tanto, como sentenció Rubén Darío: “Hacia Belén la caravana pasa...”.

Como afirma Beto Cañas, presidente imprescindible de la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia, y una de las últimas trincheras válidas –junto con la UCR– de la poesía en nuestro país: “La gradería de sol se ha metido a la cancha”. Por esto ya no publicamos “goles literarios”.

Como vemos, después de sufrir irremediablemente su destino de herida que canta, Narcisa Castro está naciendo con la lentitud de los grandes nacimientos.

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Quisiera que mi poema dedicado a ella, desde mi “dolorido sentir”, sea parte de esta nueva acta de nacimiento de una gran poeta aún en el exilio mediático –como sucedió con Eunice Odio– en su propio país.

El autor es poeta costarricense y Premio Nacional de Cultura Magón del 2006.

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