Ante un panorama de esta índole, Costa Rica debe mantener su apuesta histórica al multilateralismo, la neutralidad, los derechos humanos y el desarrollo sostenible; también, cuidar sus sólidos vínculos con aliados tradicionales en Norteamérica y Europa. A la vez, debe diversificar sus relaciones bilaterales, profundizar sus lazos con potencias medias clave y extender la huella de sus alianzas hacia otras regiones.
Para avanzar por este camino, debemos reconocer la emergencia de un mundo multipolar y construir una red de intereses mutuos y también múltiples, capaces de resistir el impacto de las tormentas geopolíticas. Su impulso requiere una acción diplomática ágil, pragmática y guiada por valores.
Este es el resumen –esperamos que fiel– de un artículo escrito por el canciller, Arnoldo André Tinoco, que publicamos en nuestra edición del pasado martes 21. El texto se originó en su asistencia a la quinta edición del Foro de Diplomacia de Antalya, una actividad organizada por el Gobierno de Turquía en esa ciudad de su costa mediterránea. Lo cerró con una frase elocuente: “El momento de una diversificación audaz es ahora”.
Coincidimos con sus apreciaciones y apreciamos que las haya planteado, pero lamentamos que las prioridades y decisiones de nuestro gobierno en el ámbito internacional estén muy lejos de ellas. A menudo, más bien, las ha contradicho de forma evidente.
El ministro André destaca el compromiso con el multilateralismo, pero el presidente Rodrigo Chaves lo ha desdeñado. Durante estos cuatro años, ni siquiera asistió una vez a la Asamblea General de su máximo órgano: las Naciones Unidas. Además, se ha vanagloriado de su ausencia y ha restado importancia a la organización.
El artículo prioriza la neutralidad. Sin embargo, el canciller ha defendido que el ministro de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, nos incorporara recientemente al “mapa estratégico de la Gran América del Norte”, que va desde Groenlandia hasta Ecuador. Según ese alto funcionario, ninguno de los países de la zona demarcada pertenece al “Sur global”, sino al “vecindario” o ámbito de influencia delimitado. También André ha defendido que el gobierno aceptara incorporarse a la iniciativa Escudo de las Américas, una coalición de 17 países, encabezada por Estados Unidos, que tiene como objetivo manifiesto combatir el narcotráfico desde una lógica militar.
La prioridad que el canciller otorga en su texto a los derechos humanos y el desarrollo sostenible se mantiene como eje central de nuestra proyección global. En cambio, los estrechos nexos gubernamentales con el autócrata Nayib Bukele, los elogios a sus despiadadas políticas punitivas y el desdén por la suspensión de garantías individuales en El Salvador restan credibilidad al primero de esos valores. Y también lo hace la decisión de convertirnos en destino de migrantes deportados desde Estados Unidos, uno de los eslabones de su cruel política migratoria.
El gobierno, además, ha reculado en el compromiso interno con la integridad ambiental, ha debilitado las instituciones a cargo de impulsarlas, ha roto con organizaciones de la sociedad civil comprometidas con el desarrollo sostenible y ha perdido liderazgo internacional en la materia.
El apego a la paz, por su parte, ha mostrado fisuras. Por ejemplo, en febrero de 2025 nos abstuvimos de apoyar una moción en la Asamblea General de la ONU que pedía el “pronto cese de hostilidades” y una “solución pacífica a la guerra contra Ucrania”, a pesar de que habíamos estado entre sus proponentes.
A partir de estos hechos, más otros que hemos comentado en diversas oportunidades, el pasado 30 de diciembre editorializamos sobre las señales de pérdida de rumbo en nuestra política exterior. Por desgracia, nos hemos alejado de los pilares que el canciller André, con razón, menciona en su artículo.
A esto se añade que, lejos de asumir posiciones más prudentes y equidistantes en el conflicto entre potencias y avanzar en una verdadera diversificación de relaciones y alianzas, nos hemos alineado de manera creciente con Estados Unidos. En principio, no es malo, pero el costo y las implicaciones de hacerlo en las coyunturas actuales del mundo son altos.
Quizá, con su artículo, el canciller trata de impulsar una tardía enmienda de rumbo. Quizá decidió plantear un conjunto de reflexiones y sugerencias para la próxima administración. Lo primero ya es extemporáneo; lo segundo, posible. Si tal fuera el caso, el país saldría ganando.

