
El huracán Otto dejó una marca de destrucción y muerte a su paso por Costa Rica. Sin embargo, también hizo evidente algo positivo y fue la aparición de miles de héroes anónimos.
No se trata de esos que usan una capa o un traje especial, tampoco tienen superpoderes; se trata de padres de familia, hijos, hermanos. Unos con varios títulos bajo el brazo; otros que no terminaron la primaria, pero todos con una única motivación: salvar vidas.
Ellos convirtieron esta tragedia en una cruzada por la solidaridad que no tenía horario, en la que estos protagonistas invisibles se mezclaron, además, con cientos de policías, bomberos y cruzrojistas.
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Orlando González, conocido como Chiri, un hombre que se gana la vida transportando turistas en su lancha entre La Pavona de Pococí y Tortuguero de Limón, tomó su embarcación y, sin que nadie se lo exigiera, sacó a 120 personas el 22 de noviembre, día en que el Gobierno ordenó la evacuación obligatoria de la zona.
“Lo hacemos de forma voluntaria; lo único que recibimos es el combustible”, explicó el botero.
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Al igual que él, otros compañeros ayudaron a sacar en sus botes y pangas a los evacuados.
En la zona norte, las historias se multiplican. En medio de la emergencia, uno de esos héroes fue Martín Cordero, un excruzrojista que ayudó a salvar a una maestra que viajaba en un vehículo con cinco menores.
En el poblado de Moreno Cañas, el policía Dionisio Elizondo se olvidó de sus días libres y ayudó a sus vecinos a organizar un albergue, mientras en el centro de Upala, un grupo de porteños llegó un día después de la emergencia para ayudar en lo que fuera.

Destrozo
Diez días después de que el huracán Otto azotó con violencia el cantón de Upala, sus moradores luchan por levantarse y olvidar una noche trágica, que los marcó de por vida.
Desde que amanece se dedican a eliminar el barro. Las palas, escobas y mangueras son ahora implementos necesarios para las decenas de damnificados, que se enfrentan al drama de cómo reconstruir sus casas destrozadas.
La mayoría adquirió sus viviendas con el trabajo de años, préstamos o gracias a la ayuda estatal, por lo que carecen de los recursos para esas reparaciones.
Además de la casas, los upaleños sufrieron pérdidas en ganado, infraestructura vial e inundaciones en fincas y plantaciones, las cuales emplean tanto a costarricenses como a foráneos.
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La mañana del viernes, después del huracán, un equipo de La Nación captó en el centro de Upala los destrozos en hogares y comercios producto del barro desbordado del río Zapote, causado por el paso de dos “llenas”.
Carros volcados, cortinas de hierro dobladas y rótulos caídos formaban parte del panorama.
Tampoco se contaba con los servicios básicos de agua ni de electricidad.
Debido a que Otto impactó el cantón de Upala en horas de la noche, esto generó una angustia mayor entre los vecinos, ya que el nivel del agua subía y subía mientras ellos estaban a oscuras, sin poder ver qué sucedía.
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El pueblo alegre y próspero que una vez fue, según sus pobladores, ahora parece fantasma. Todo se redujo a barro y tristeza.
El huracán dejó como saldo 10 personas fallecidas en Upala, Bijagua y Bagaces. Sin embargo, aunque se habló de desaparecidos, el Organismo de Investigación Judicial confirmó días atrás que no hay casos pendientes.
