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Daniel Gallegos, Shakespeare y dos cafés

Actualizado el 27 de abril de 2014 a las 12:00 am

Daniel Gallegos Troyo. El celebrado dramaturgo nacional recuerda al Bardo de Avon

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El escritor Daniel Gallegos llega antes de la hora –la forma cortés de ser impuntual–. Hoy, miércoles 23 de abril, no es directamente su cumpleaños, pero es el de William Shakespeare, de modo que Gallegos está de fiesta como millones de fans del Cisne de Avon, quien, entre otros descuidos en su vida, murió ignorando que sería eterno como sus personajes mientras haya alguien que suba a un escenario para fingirnos el engaño de otra vida y vivamos quienes pagamos felices por creerlo.

El dramaturgo Daniel Gallegos aparece frente al departamento de Notting Hill (Londres) donde vivía, en 1970. Fotografía: Daniel Gallegos para LN.
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El dramaturgo Daniel Gallegos aparece frente al departamento de Notting Hill (Londres) donde vivía, en 1970. Fotografía: Daniel Gallegos para LN.

Daniel Gallegos Troyo recibió el Premio Magón en 1998 y es uno de los dramaturgos clásicos de Costa Rica junto con Alberto Cañas y Samuel Rovinski. Algunas de sus piezas teatrales son Los profanos (1960), Ese algo de Dávalos (1960), La colina (1968), En el séptimo círculo (1982), La casa (1984) y Una aureola para Cristóbal (1991).

En años recientes, Daniel Gallegos ha publicado novelas: El pasado es un extraño país (1993), Punto de referencia (2001) y Los días que fueron (2007). Pronto aparecerá su novela La marquesa y sus tiempos, con la Editorial Alfaguara.

La cafetería del Teatro Nacional es como un escenario donde los comensales vienen a aprender sus papeles leyendo un libro. Algunos turistas se asoman y muestran lo último en la moda –dicho sea en todos los sentidos–. Daniel Gallegos y el periodista solicitan, cada uno, un café que durará como las penas ambulantes del rey Lear.

Gallegos es uno de los costarricenses de mayor formación académica en las artes dramáticas. Recibió becas en la Universidad de Yale (Estados Unidos), en la Royal Shakespeare Company (Inglaterra) y en el célebre Actor’s Studio (Nueva York). Siguió cursos con Fernando Wagner (México), ha presenciado muchas puestas escénicas en países europeos y americanos, y ha sido docente de artes escénicas en la UCR.

Seres humanos. Hoy es el cuadringentésimo quincuagésimo cumpleaños de Shakespeare; es decir, el 450 desde que nació en el pueblito de Stratford-upon-Avon, no muy lejos de Londres, ciudades que se han convertido respectivamente en el Belén y la tierra prometida de los shakesperianos.

–¿Por qué no se cansa el mundo de Shakespeare?

–Porque en Shakespeare están presentes todas las emociones y algo en él siempre nos refleja. Se le adelantó a Sigmund Freud en el análisis del ser humano. En Shakespeare incluso existen atisbos del feminismo pues presenta mujeres de una inteligencia deslumbrante. Frente a su Cleopatra, Marco Antonio es cualquier cosa. Rosalinda, de Como gustéis, y Viola, de Noche de Epifanía, son un encantos de inteligencia.

Historiadores de sequedad subsahariana procuran descifrar la “verdadera” vida del bardo, y otros han negado su existencia. “Me aburren las investigaciones destinadas a averiguar quién fue Shakespeare: me basta con sus obras. Se olvida además que fue un gran poeta”, afirma Gallegos.

–En cierto modo, Shakespeare ha viajado a Costa Rica...

–El mejor traductor de los sonetos de Shakespeare es José Basileo Acuña. Sus versiones de los dramas me satisfacen más que las de Joaquín Gutiérrez porque Acuña dominaba el inglés: vivió en Inglaterra. Lo que Joaquín hizo muy bien fue la adaptación de los versos yámbicos del original al endecasílabo español.

–El paso del tiempo no ayuda.

–Sí. Desde la época de Shakespeare, muchas palabras han cambiado de significado. Por ejemplo, cuando Hamlet dice a Ofelia que se vaya a una nunnery , esta podía ser un convento o un prostíbulo.

–Se habla de que sus personajes son “arquetipos”.

–No opino igual. Los personajes de Shakespeare son seres humanos, con virtudes y defectos, como las personas. Sus villanos son diferentes entre sí: no son iguales Enrique III y Edmond, de El rey Lear. Yago es fascinante y nos hace preguntarnos qué lo motiva: ¿celos, ambición...? Ricardo III es hasta simpático en su maldad, pero Macbeth nos angustia porque vive atormentado.

“Habla, memoria” . A comienzos de los años 60, Gallegos quería volver a Inglaterra, por lo que pidió y logró una beca de la UNESCO para estudiar artes escénicas. “Parte de la beca me permitía relacionarme con la Royal Shakespeare Company, subvencionada por el Estado junto con el National Theatre, que dirigía Laurence Olivier”, precisa Daniel.

La Royal Shakespeare Company (RSC) tiene un teatro en Londres y otro en Stratford-upon-Avon. En los años 60, la RSC estuvo dirigida por Peter Brook, Peter Hall y Clifford Williams. Al llegar a Londres, en la RSC preguntaron a Daniel con quién deseaba trabajar, y respondió: “Con Peter Brook”. Este, en 1964, preparaba la puesta del histórico drama histórico (valga la redundancia) Marat-Sade, de Peter Weiss.

Daniel Gallegos recuerda a Peter Brook como una persona cordial y sencilla. “Muy diferente era Lee Strasberg, con quien seguí cursos en el Actor’s Studio. Strasberg esperaba reverencias”, anota Daniel.

Uno de los actores shakespearianos que más impresionaron a Gallegos fue Paul Scofield. “Era un hombre muy tímido. Representando al rey Lear, él desaparecía y dejaba emerger al personaje. Laurence Olivier era distinto, muy divo. En 1964 lo vi actuar en Otelo, y la Desdémona era Maggie Smith”, menciona Daniel y agrega:

–El actor shakesperiano siente un gran respeto por su oficio, y su entrenamiento es impresionante. Los actores incluso hacían papeles de mujeres, como en la época de Shakespeare, cuando solo se permitía la actuación de hombres.

”En La tempestad, en vez de ser Próspero, Helen Mirren era Próspera. En una noche, Eric Porter hacía El judío de Malta , de Christopher Marlowe, y, en la siguiente, El mercader de Venecia, de Shakespeare. Anthony Hopkins y Patrick Stewart son otros ejemplos magníficos”.

“Entre las actrices recuerdo a Janet Suzman, Helen Mirren y Glenda Jackson, quien se ha dedicado a la política”, precisa el dramaturgo y anota:

–Sin embargo, he visto excelentes puestas de de Shakespeare en otras partes. En los años 60, el director del Théâtre de l’Est Parisien convirtió un cine viejo en un teatro dirigido a los trabajadores, y allí vi un excelente Macbeth. En Nueva York asistí a un Hamlet medio hippie, pero, en Inglaterra, un Hamlet sugería un golpe de Estado.

Humanidad, compasión. ¿Satisface a Daniel Gallegos la “modernización” de las obras de Shakespeare?

–Todo depende del director, quien debe ser responsable con el texto. Si quiere hacer algo que está fuera del texto, es mejor que escriba otra obra.

–¿Qué se necesita para montar una obra de Shakespeare?

–Tres cosas. La primera es ser una persona culta: no solo saber de teatro. La segunda es tener una sensibilidad de poeta. La tercera es ser inteligente pues, por ejemplo, cuando se enfrenta con un ser humano como Hamlet, el director debe ponerse a su altura.

–¿Cuáles obras de Shakespeare le gustaría dirigir?

–Una sería Como gustéis , por su poesía y su alegría; la orientaría especialmente a los jóvenes. En cuanto a las grandes tragedias, dependería de los actores. Quisiera hacer una versión moderna de Timón de Atenas, un hombre rico que se empobrece y que por esto pierde a sus amigos. Me inspiran los financistas del “casino de Wall Street”.

“La forma adecuada de poner bien aquí una obra de Shakespeare es trabajar con una Compañía Nacional de Teatro que tenga un elenco permanente, como lo es la Orquesta Sinfónica: no se llama a los músicos para tocar en un concierto, y a ver quién viene”, opina el dramaturgo y añade:

–Shakespeare también cambió: en sus últimas piezas, como Cuento de invierno y La tempestad, se percibe el valor de la comprensión y la compasión, más importantes que el poder, obsesiones en algunas de sus obras anteriores.

En el cielo, la tarde se depeja. El Sol es una estrella mediana, pero se cree el Astro Rey y sale para que lo saluden: se parece a Lee Strasberg; en cambio, Shakespeare no se parece a nadie.

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