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Haydée De Lev encarnó a memorables personajes del teatro nacional

Actualizado el 15 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

Artista total. La recién fallecida actriz alcanzó el absoluto dominio de la escena

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Haydée De Lev encarnó a memorables personajes del teatro nacional

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Haydée De Lev junto a Daniel Gallegos Troyo. Su primera colaboración fue el montaje de "María Estuardo", drama del escritor alemán Friedrich Schiller. La puesta en escena se realizó en el Teatro Nacional.

El talento de Haydée De Lev nunca dejó de sorprenderme. Hoy, al repasar mis años de amistad y colaboración artística con ella, me pregunto qué significa esa palabra: “talento”. Los diccionarios la refieren a intelecto, capacidad, aptitud. Algunos lo llaman genio, duende. La famosa actriz británica Ellen Terry lo consideraba “esa pequeña e inefable cosa extra”. De cierta manera, todos tratan de darle una definición.

Yo no encuentro palabras para explicar el talento, pero sí puedo decir que lo observé y lo experimenté en grado superlativo a través de unos diez montajes que hice con Haydée De Lev. Es todo lo que puedo decir.

En mi experiencia, en el campo del teatro, he conocido muchas personas inteligentes, con aptitud y capacidad; sin embargo, como diría Emily Dickinson, son pocos los que tienen esa “fosforescencia”.

Dos éxitos. No recuerdo exactamente cuándo conocí a Haydée. Me parece que fue después de haberla visto trabajar en una de las obras más exitosas de Alberto Cañas, El luto robado , en la que ella sobresalía. Fue precisamente Alberto quien me la presentó.

Haydée me contó que había trabajado con un grupo semiprofesional en México bajo la dirección del famoso maestro japonés Seki Sano, quien introdujo en ese país las técnicas de actuación del método de Stanslavski.

Me interesó lo que Haydée decía porque yo tuve la oportunidad de conocer a Seki Sano en México, pero más que nada porque yo había regresado a Costa Rica después de una temporada en Nueva York.

Allá asistí al Actors Studio, que dirigía Lee Strasberg, y me pareció interesante la posibilidad de trabajar con alguien que tuviera conocimiento de esas técnicas de actuación..., y se cumplió mi deseo.

Haydée había fundado el Grupo Israelita de Teatro y una sala conocida como El Teatro de la Calle 4, y me encargó dirigir dos obras costarricenses: Gobierno de alcoba , de Samuel Rovinski, y Algo más que dos sueños , de Alberto Cañas.

Haydée De Lev protagonizaría ambas obras. La primera era una farsa en la cual la actriz daba una muestra perfecta del ritmo rápido y violento que se requiere del actor que trabaja en ese género teatral para hacer destacar el humor inteligente y satírico de la obra de Rovinski.

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En el segundo montaje, la obra de Cañas, la actriz interpretaba un personaje totalmente distinto, que se desenvuelve en un ambiente de sutileza extraordinaria y de gran calidad poética.

Ambas obras fueron un éxito, pero también fueron nuestro punto de partida ya que, de allí en adelante, comenzó a funcionar nuestro propio método de actuación, conscientes de que, cuando hay talento, deben buscarse los medios para hacerlo crecer.

La rosa y el método. Poco después me ausenté del país por un tiempo, pero antes pude ver un magnífico montaje de Lenin Garrido de La casa de Bernarda Alba , de Federico García Lorca, en la que Haydée interpretaba una formidable Adela.

A mi regreso de Europa se me presentó la oportunidad de hacer una ambiciosa puesta en escena en el Teatro Nacional de María Estuardo , la famosa obra de Friedrich Schiller, con Haydée De Lev en el papel protagónico.

Por aparte, yo ensayaba con ella algunas de las técnicas de nuestro “método”, con ejercidos de memoria emotiva, memoria sensorial, momentos privados, etcétera.

Haydée De Lev    en el papel de María Estuardo.
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Haydée De Lev en el papel de María Estuardo.

Haydée estaba nerviosa con la escena del encuentro de María con la reina Isabel, encarnada por la veterana actriz Bélgica Castro. Haydée había estudiado su papel a fondo, entendía el personaje y todo el proceso de la acción dramática con sus motivaciones

Haydée conocía de sobra la carga emocional de las palabras, pero en dicha escena temía dejarse arrastrar por la emoción y la cólera del personaje ante su enemiga, y pensaba que podía sobreactuar o disminuirse ante su contrincante como personaje y como actriz.

–Es que me siento como una pantera y no puedo controlarme– me dijo, y tenía razón.

Haydée era consciente de que la emoción no basta en una buena actuación, sino que se debe aprender a controlarla; y con este objetivo hicimos un ejercicio que ella siempre recordó.

Le sugerí que tomara un botón de rosa de mi jardín y que lo mantuviese, durante la escena, guardado en el hueco de su mano sin estrujarlo ni hacerle daño, de modo que el capullo estuviese al final intacto, como si lo acabara de cortar.

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Haydée asimiló plenamente la experiencia de esa “memoria sensorial” que le dio el porte real con que María fue capaz de despreciar a la bastarda de su prima. La escena fue un triunfo total para Haydée.

Con el tiempo, cada vez que trabajaba con ella en otros montajes, descubríamos nuevas cosas en el campo de la interpretación, que ella consideró siempre estimulantes retos.

Pleno reconocimiento. Cierta vez hizo un monólogo basado en la vida de la gran poeta Emily Dickinson. Recuerdo lo que me dijo después de que leyó el texto, un poco en broma, pero también en serio:

–Qué difícil será para mí, una judía temperamental y apasionada como soy, transformarme en una solterona de Massachusetts que escribe esa maravillosa poesía recluida en su casa, mirando, desde su ventana, el acontecer de su pequeño pueblo. ¡Qué lejos está de mi temperamento!

Pues bien, Haydée iba transformándose día a día, mientras leía apasionadamente los versos de la reclusa de Amherst. Luego, en un ensayo, mi asistente Leda Cavallini y yo vimos aparecer un personaje que no conocíamos: era Emily, delicada, tierna, con una luz interior que haría comprensible, de manera inequívoca, su personalidad y su poesía a todo público.

Esa obra se presentó en el festival de Guanajuato, donde recibió total aclamación de parte de la crítica. Citaré unos pocos párrafos:

“Emily, la bella de Amhrst, interpretada por la actriz Haydée de Lev, consiguió en el Teatro Principal lo que pocos: poner de pie unánimemente al público en un cálido y sincero aplauso por una interpretación a todas luces de primera”. Periódico El Día , octubre de 1988.

“El monólogo que interpreta la actriz costarricense es sublime, poético. Emily es una obra que no hay que dejar de ver por la sensibilidad y el excelente trabajo de la actriz”. Periódico Novedades .

“Los más aclamados del Festival de Guanajuato: el teatro de Costa Rica y el de la Unión Soviética”. Diario Excélsior .

El mismo fenómeno ocurrió con el montaje de Shirley Valentine , que fue recibido con críticas extraordinarias en Guatemala, El Salvador y Cuba. Finalmente, me place decir que también ocurrió con mi obra Punto de referencia en Costa Rica, Uruguay y Brasil.

Algún día, si me atrevo a escribir mis memorias, un capítulo se dedicará a cómo Haydée descubrió parte de mí en la interpretación de mis obras. Todo esto y mucho más podría ser definido como talento. De esto doy absoluto testimonio en la figura de esta asombrosa actriz que fue Haydée De Lev.

El autor es dramaturgo, director de teatro y novelista costarricense, y miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.

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