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Tenía 66 años y recién había publicado un disco

Juan Gabriel se despidió cantando

Actualizado el 28 de agosto de 2016 a las 07:15 pm

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Juan Gabriel se despidió cantando

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Su mejor accesorio en concierto era su sonrisa. En la imagen, Juan Gabriel cantando en Guadalajara. // Fotografía: Carlos Jasso/AP.

Juan Gabriel cantó el sábado. Tal cual lo hizo durante los últimos 45 años de su vida, Juan Gabriel salió a un escenario que sudaba su nombre, se acercó al micrófono, acomodó sus cuerdas vocales, y cantó.

Camisa azul brillante y un saco negro que rápido se quitó de encima, Juan Gabriel saludó a 17.500 amigos desconocidos, se puso al frente de su orquesta de 60 músicos y cantó durante dos horas y media.

Cantó Querida . Cantó No tengo dinero , Se me olvidó otra vez , Para qué me haces llorar y No vale la pena ; esos títulos de canciones que leemos cantando en la mente. Leemos esos nombres y reconocemos a las canciones como esas canciones se reconocen a sí mismas en nuestro alrededor. Al cabo de la noche, Juan Gabriel compartió un mensaje en la pantalla: “Felicidades a todas las personas que están orgullosas de ser lo que son”. Y se fue, jocoso. Se fue.

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Se dice que Juan Gabriel cantó casi 2.000 canciones distintas en su vida, y si el tiempo y el cuerpo lo hubieran permitido el sábado las hubiera cantado todas. Con una copa en una mano y un micrófono en la otra, le hubiera pedido minutos a la noche para seguir haciendo lo que nació para hacer. Las hubiera cantado todas solo para probar un punto: que ni por un segundo dejemos de estar orgullosos de ser quienes somos.

El Divo de Juárez. Juan Gabriel no nació en Juárez. Tampoco nació con su nombre. Vino a la Tierra un sábado 7 de enero, en 1950. Madre y padre vivían en Michoacán, y para cuando Alberto Aguilera Valadez (su identidad en la boleta de nacimiento) llegó a casa ya era el décimo hijo.

Una juventud tumultuosa vivió Juan Gabriel sin la cercanía de su madre y con mucha inmadurez. / Fotografía: Archivo.
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Una juventud tumultuosa vivió Juan Gabriel sin la cercanía de su madre y con mucha inmadurez. / Fotografía: Archivo.

Doña Victoria Valadez Rojas tuvo que mudarse a Ciudad Juárez cuando don Gabriel Aguilera Rodríguez murió luego de una enfermedad. El pequeño Alberto tenía tres meses, y todo fue cuesta arriba a partir de ese momento. Impedida por las fronteras de la economía, doña Victoria ingresó a su hijo menor (que entonces tenía cinco años) a un internado.

Durante años permaneció alejado de su madre, solo en la vida, obligado a madurar cuando ni siquiera había llegado la adolescencia. Pero en el internado tenía un profesor llamado Juan Contreras, quien entre muchas otras cosas le enseñó a tocar guitarra y lo antojó con su poesía musical.

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Antes de los 15 años ya había escrito sus primeras canciones y también había escapado del internado. A los 15 años cantó en el programa Noches rancheras . Se hizo llamar Adán Luna. Fue el comienzo de un éxito que no llegó fácil, el cual persiguió en muchas ciudades de México, incluso regresando a Juárez, donde se reencontró con su madre. En Ciudad de México, luego, encontraría la ruina antes de su vida soñada.

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Cuando tenía 20 años, alternaba al menos entre un centenar de canciones y deambulaba de bar en bar, intentando hacerse un nombre para cantarle al mundo su corazón sin cambiar una onza de su esencia. Lo acusaron de robo y vivió en la cárcel antes de que eso pasara, y cuando pasó se reveló frente a sí su identidad real.

En 1971, cuando publicó su primera grabación de canciones, la portada no leía ni Alberto ni Adán; decía Juan Gabriel, una combinación del nombre de su padre y el del profesor que le enseñó a tocar guitarra, a quien siempre observó como su otro padre.

Ese disco promocional incluía No tengo dinero , un éxito instantáneo que funcionó como augurio de una carrera en la que el acto de su voz abrazando a todo México (y eventualmente al resto de países de habla hispana) se convertiría en la norma, no la excepción. Su primer disco de larga duración, El alma joven , salió ese mismo año.

No encontraba mejor forma de cantar que con la copa en alto (Matt Sayles/AP.)

Discos en estudio los hubo muchos; 30 es el número oficial de grabaciones de esta índole que lanzó al mercado, sin contar sus espectaculares conciertos en disco y en video, sus sencillos y las muchas compilaciones que se hicieron desde la década de 1970 con su música, y que nunca cesaron.

También produjo y compuso para una numerosa lista de artistas que, en algunos casos, despegaron sus carreras cantándolo a él. Rocío Dúrcal, Angélica María, Pandora, Ana Gabriel, José José e Isabel Pantoja cantaron sus canciones. La pantalla grande también disfrutó con su presencia, en películas como la autobiográfica Es mi vida (1981) y Del otro lado del puente (1979). En el 2014 se lanzó la cinta musical ¿Qué le dijiste a Dios? , basada en su repertorio.

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Además de nunca dejar de cantar en vivo, su último regalo al mundo fue el disco doble Vestido de etiqueta , publicado el pasado 12 de agosto con 34 canciones.

Miles de discos de oro y platino, decenas de premios de los Grammy, Billboard y MTV, bastantes récords de audiencias y ventas de entradas, y 45 años de poner su alma frente al micrófono y de infiltrarse en la memoria musical de todo un continente (y más allá): Juan Gabriel fue un artista en todo el sentido de la palabra, porque se entregó y aferró a sus canciones más que a nada.

Sin embargo, recordarlo debe ser también un ejercicio de verdad, y su vida –por más placer y alegría que le trajera a millones de personas– fue el contraste de lo que sus canciones provocaron. El ídolo arrastró un pasado doloroso y evidente, y no siempre se le vio en la mejor forma.

Su reputación se vio manchada en el 2010 cuando fue acusado de abuso sexual, un caso que acabó en la nada pues el acusante fue eventualmente deportado. De su vida privada nunca habló mucho, y fue el objeto de rumores milenarios que nunca jamás comprobaremos.

Antes de partir. Juan Gabriel cantó el sábado, tal como lo hizo durante los últimos 45 años de sus 66 años en la Tierra. Cantó y bailó y sonrió y provocó amor. Dos horas y media sobre el escenario y, si hubiera podido, más.

Una copa en una mano y el micrófono en la otra, con una alarmante camisa azul brillante, cantó sus canciones de todos, las canciones que hizo pensando justa-mente en el día siguiente, para que quedaran cuando él se fuera.

Y se fue. El domingo en la mañana, en California, Estados Unidos, se marchó. Un paro cardíaco cobró su vida, y esta vez no era un rumor infundado ni un chiste de redes sociales. Esta vez, en serio, fue la última vez que Juan Gabriel cantó, la última vez que hizo lo que vino a hacer al mundo.

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Se marchó con secretos en el baúl, con enigmas que nos hereda a los demás, y con una verdad tan suya como su música: “Mis amores son muchos pero los más importantes son mi madre, mis hijos, hermana, hermanos, sobrinos y mis canciones”, dijo en algún momento a la Sociedad de Autores y Compositores de México. Esas canciones, sus amores, las cantó pocas horas antes de morir, como tenía que ser.

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