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Juan Gabriel 1950-2016, autor del amor

Actualizado el 28 de agosto de 2016 a las 05:36 pm

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Juan Gabriel 1950-2016, autor del amor

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Su amiga Silvia Urquidi dijo que “Juanga” siempre le comentó que desearía ser enterrado en la Ciudad de México.

Juan Gabriel, el más prolífico de los cantautores latinoamericanos desde los años 70, es un ícono de la marginalidad, una afrenta al gusto, un ser divino: un ídolo

De las múltiples manifestaciones divinas que Juan Gabriel, autor del amor, ha tenido, quizás la más significativa fue en 1990, cuando se presentó en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México.

Quizás en otras ocasiones haya ofrecido mejores conciertos, pero es cuestionable. Esa noche, y muchas que le siguieron, permanecen felizmente registradas en la memoria de América Latina. Esa noche, el más popular de los cantautores desmantelaba aún otro mito.

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Desde 1970, Alberto Aguilera Valadez había venido cultivando una discografía que, en su vasta capacidad de absorber la delicada cultura musical mexicana y adaptarla a las formas de la canción popular latinoamericana, se habían convertido en la espina dorsal de la música romántica del continente.

Antes de él, los grandes boleristas habían traducido lo indecible de esperar en vano; nos habían regalado las palabras para que, muchas décadas después, personas pequeñitas que nacimos cuando ya eran tradición, usáramos las canciones para entendernos mejor. En Escenas de pudor y liviandad, Carlos Monsiváis había dicho que Juan Gabriel era una institución mexicana; se le olvidó decir que también era latinoamericana.

Siempre fue uno y el mismo: Juan Gabriel, él mismo y nada más. A mí nadie me toca. A mí nadie me niega mi derecho a sufrir por amor. A mí nadie me calla cuando quiero cantarlo.

Así, Juan Gabriel, heredero de Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Roberto Cantoral y tantos otros, llegó a componer más de 1.800 canciones. Casi un niño, había irrumpido en las radios latinoamericanas en 1971 con No tengo dinero. Desde entonces, y a lo largo de los años 80, composiciones suyas se hicieron, en su voz y en la de cantantes como Rocío Dúrcal e Isabel Pantoja, los pilares de esa música desesperada e incandescente que se llamó la "balada latinoamericana".

No obstante, algo le faltaba al Divo de Juárez. En 1990, se anunció su presentación en el Palacio de Bellas Artes. Previendo el alboroto, se anunció que las ganancias del concierto se donarían a la Orquesta Sinfónica Nacional. La simbología es clarísima: al templo de la cultura, no podrá entrar y salir indemne el populacho, el pueblo simplón que es capaz de disfrutar los alaridos vulgares de un cantante de palenques y cantinas.

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Como recoge La Jornada, voces como la del periodista Víctor Roura se alzaron contra la supuesta infamia: "Bellas Artes fue momentáneamente un palenque, un estudio de Televisa, un recinto de Ocesa. La magnífica coyuntura, pues, del naciente empresariado nacional popero para introducirse en campos fértiles, inexplorados, velada, raquítica, reducidamente seducidos". Palabras más, palabras menos, el marginal venía al centro, el insultado pretendía la gloria del vencedor.

Muchos años después, tal controversia parecería banal o vestigio de una rancia forma de ver la cultura. Sin embargo, por un lado, tal actitud sigue muy viva; por el otro, sería obviar un hecho muy obvio que ha perseguido la carrera de Juan Gabriel por siempre: el debate en torno a su sexualidad. Una sola vez, parece, respondió el Divo a la pregunta más obvia: "Dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo". Nada más. No obstante, para cuando me tocó crecer a mí, lo único que escuchaba de Juan Gabriel es que era una gran loca, la Diva de Juárez, el Ave Nacional de México. En ese desprecio que se proyectó contra él, como supo leer Monsiváis, se lee el resentimiento de quienes, en otra época, hubieran preferido que fuera una paria.

Todo ello, aunque externo a sus canciones, forma parte del mito de Juan Gabriel. En sus composiciones, leídas de cierto modo, hay una aguerrida defensa de esa dignidad del invisible, del excluido. Muchísimas de sus canciones están atravesadas por la profunda frustración de un amor inalcanzable; mejor, prohibido.

En piezas como Yo no nací para amar, Yo te perdono y Ya lo sé que tú te vas existe una resignación devastadora, una rendición ante el hecho inevitable de la separación. Escribe Víctor Altamirano: "El yo lírico pareciera condenado a la ausencia de amor por condiciones ajenas a él, condiciones que son casi inmanentes a su ser, pero cuya naturaleza no se explica nunca". Así se siente uno despechado.

En términos prácticos, ese acercamiento al amor ha significado dos cosas: su poesía ha sido aceptada, digamos, universalmente, porque cada letra se acomoda a las experiencias personales a placer; y, a la vez, es una voz siempre rechazada, siempre excluida, pero que jamás renuncia a su orgullo. En la resignación, confronta y desarma la masculinidad típica de la canción mexicana: el macho que toma, posee y domina, que se ofende ante el rechazo.

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En Juan Gabriel, es natural sufrir así. Hay muchas formas de leer a Juan Ga, pero la primera es el orgullo. Toda esa pedrería, aquella actitud en escena, aquel rimbombante personaje público, todo eso es una declaración de orgullo. Aquel día, en Bellas Artes, conquistó un honor más.

El día antes de su muerte, cantó ante 17.500 personas en su último concierto. Siempre fue uno y el mismo: Juan Gabriel, él mismo y nada más. A mí nadie me toca. A mí nadie me niega mi derecho a sufrir por amor. A mí nadie me calla cuando quiero cantarlo.

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Fernando Chaves Espinach

fernando.chaves@nacion.com

Periodista de Entretenimiento y cultura

Coeditor del suplemento Viva de La Nación. Productor audiovisual y periodista graduado por la Universidad de Costa Rica. Escribe sobre literatura, artes visuales, cine y música.

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