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El lingüista Fernando Díez, buen aristócrata

Actualizado el 20 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Don Fernando Díez no deseaba que lo notásemos, pero, cuando recordaba el Valladolid de su infancia, se ponía más sentimental que un trío de boleros. A cierta edad, la infancia es el paraíso perdido donde ansiamos perdernos si fuimos felices; y, si no, para intentarlo de nuevo. Ponerse sentimental de adulto es hacer planes para la propia infancia.

Fernando se acordaba entonces del Campo Grande, del monumento a José Zorrilla y de la fuente amplia y hermosa, y circular como un reloj de sol para que el propio Sol se lance al mediodía.

La infancia de Fernando vino de una España gris, cuando las películas bostezaban en blanco y negro, el pensamiento vestía uniforme, y los poetas disimulaban su cabreo dejando el realismo para mejores días, que nunca llegaban porque ya habían pasado.

Fernando Díez fue corrector de estilo en el diario "La Nación" de Costa Rica.
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Fernando Díez fue corrector de estilo en el diario "La Nación" de Costa Rica.

Es posible que las travesuras del afable Fernando se hayan reducido a romper vidrios con pelotas voladoras y a repetir “¡el tísico!” cuando los chavales del barrio se referían al rubio, escuálido y postrado Paco Pérez Martínez, hijo “natural” que llamaba “tía” a su madre por imperio de una ética inmoral, y quien, caminado ya el tiempo, sería Paco Umbral , un miope enceguecido de literatura y el más arrollador prosista de España desde 1960 y hasta hoy.

Fernando Díez Losada fue el gurú gramatical de La Nación durante muchos años (no “largos años” pues solamente lo son los bisiestos), llegado que hubo de Nicaragua, donde había recalado el barco de su sabiduría cual un galeón habitado por bibliotecas.

Don Fernando lo sabía todo sobre el idioma castellano, y lo sabía varias veces, pero tenía la inteligencia y el buen humor de aceptar objeciones pues, en tratándose de la lengua, hablando se entiende la gente.

El trajín (no es un traje pequeño) de los diarios por las noches es una carrera contra el tiempo en la que el tiempo llegará tarde si no se apresura, y se cerrará la edición sin él: ya le ha pasado.

Ese desorden tan organizado enseña a los lingüistas que el idioma es más vivo que ministro dando excusas: es la calle metida entre cuatro paredes. Fernando lo entendió así, pero supo también que él era el oráculo hispanodélfico al que acudíamos, y que debía ayudarnos a diferenciar entre la norma y el uso; es decir, como en los viejos discos, entre el lado A (el habla culta, general) y el lado B (el habla coloquial, popular).

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Todo es cuestión de la “situación idiomática”; o sea, de las circunstancias (público y lugar) que nos orientan a escoger unas palabras u otras. No se habla igual de la patria en un mitin que en una escuela. Ya conocemos el habla coloquial, la nuestra; lo que importa ahora es aprender bien el habla culta y la norma pues no se excluyen: se suman. Incluso, conocer la norma nos hace más diestros en el habla coloquial. Al fin y al cabo, uno desafina mejor si sabe leer los pentagramas.

Fernando nos enseñó todo eso y también que los aristócratas de la cultura –como él– comparten lo que saben. El lunes 14, al morir, nos dejó más tristes y más sabios. Seguir aprendiendo es la mejor manera de honrar su memoria.

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