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Gallos de pelea: una historia de tradición y violencia

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Lo primero es el ruido. Un ruido constante, enérgico y omnipresente, que atrapa como una red. No es ruido de golpes ni de cacareos. Son ruidos agresivos pero no necesariamente violentos. Son vítores, gritos de aliento, un tamborileo incesante que acompaña y marca el ritmo del ruido que es caótico pero, al mismo tiempo, tiene sentido en su entorno. No son ruidos de muerte; al contrario, están llenos de vida.

“Pelee, pollo, ¡pelee!”.

Un grito se alza por encima de los demás ruidos y se convierte en una especie de catalizador de los sentidos: es imposible no sentir la fuerza de esa voz, que nace en lo profundo de una joven garganta, explotar hacia afuera y contagiar de bríos a todos los presentes: espectadores y participantes por igual. Es un grito cargado de un sentimiento tan puro, tan honesto, que es complicado de poner en palabras. Es pasión.

Así, sin adornos de ningún tipo y sin tomar en cuenta el contexto –tanto histórico como social y cultural del momento que vivimos–, no habría forma de distinguir esa pasión de la que se siente un domingo en cualquier estadio de fútbol, por ejemplo, o en un redondel de toros a reventar cualquier sábado por la tarde en algún pueblo de Guanacaste. La diferencia radica, precisamente, en los pequeños –y grandes– detalles.

Los galleros estiman que hay unas 240 galleras en Costa Rica, algunas más grandes y mejor conformadas que otras.

La diferencia está en que, en lugar de estar en un estadio o un redondel, estamos en una propiedad privada. La diferencia está en que, en lugar de estar presenciado un espectáculo público, posiblemente con presencia de prensa y siendo emitido por televisión u otros medios al resto del mundo, estamos en una actividad clandestina, en una ubicación resguardada. La diferencia es que, en vez de estar viendo un partido de fútbol o una corrida de toros, estamos viendo una pelea de gallos.

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Es un miércoles por la noche y hemos sobrevivido a las presas que ahogan la Gran Área Metropolitana. Al oeste de la capital, en una gallera privada, se lleva a cabo una gran jornada de combates de gallos. La convocatoria ha tenido una respuesta multitudinaria: a lo largo de unas tres o cuatro horas en las que estuvimos presentes, por el lugar pasaron unas 100 o más personas; poco importó que fuera un día laboral o que hubiera, en esos momentos, jornada del fútbol de la primera división.

“Esto no es nada, los sábados se llena más”, me cuentan algunos de los presentes.

Les creo. El ambiente en la gallera, apenas de primera entrada, es de festividad, gozo y, sobre todo, adrenalina. Es un galerón grande y bien iluminado, en cuyo interior hay baños para hombres y mujeres –entre los asistentes, las mujeres son minoría–, una soda que ofrece comidas y bebidas, y una gran manta que dice “Defendemos nuestra tradición. Solo espuelas plásticas. Protegemos a las tortugas. Aquí no se fuma. Prohibida la entrada a menores de edad. Galleros de Costa Rica”.

El público presente en la pelea a la que asistimos era variado: dentistas, ingenieros, médicos, abogados y comerciantes; la idea de que los galleros son maleantes no parece ser real.

Además, a lo largo de dos de las paredes que dan forma al galerón, se extienden largas filas con jaulas de madera, similares a casilleros. También hay una larga mesa con candelas y, en el centro del lugar, un ring.

No es un ring de boxeo. No está sobre una tarima ni lo rodean cuerdas. Es un espacio circular rodeado por paredes de madera que a un adulto podrían llegarle a las rodillas. En torno a esas paredes, se alzan las graderías donde permanece el público asistente.

Desde allí, esperan pacientemente el comienzo de la atracción, la razón misma por la cual están allí, lejos de todo, un miércoles por la noche: pelee, pollo, pelee.

El combate

Una pelea de gallos involucra mucho más que el combate.

Previo al enfrentamiento, un dueño interesado en poner a pelear a su gallo hace públicas sus intenciones en busca de un adversario. Los animales se pesan uno a uno en una balanza; no puede haber diferencia de peso entre uno y otro: deben entrar al ring en igualdad de condiciones. Una vez determinados los gallos que van a pelear, se pasa a la mesa donde se colocan las espuelas.

La espuela natural se corta –lo que, de acuerdo con los galleros, no acarrea dolor para los animales y es similar a cuando una persona se corta las uñas– y se coloca una de plástico. La razón para usar este material es sanitaria: las espuelas naturales son infecciosas, mientras que las plásticas causan heridas que son más fáciles de sanar. Los galleros aseguran que están erradicando las espuelas de carey para proteger a las tortugas de cuyo caparazón se extraía el material para fabricarlas. En otros tiempos, también se hacía uso de espuelas de acero inoxidable y otros tipos mucho más peligrosos y dañinos.

El siguiente paso involucra dinero. Entre los dueños se establece la cifra por la cual se va a jugar; también se llevan a cabo apuestas entre el público asistente. Hay dos jueces en el ring, cada uno de los cuales recibe 1.000 colones por combate. En una noche normal, hay decenas de peleas.

Arriba: Uno de los preparativos previo a una pelea consiste en “peluquear” al gallo. El animal solo lleva plumas en las alas. Centro: Antes de pelear, al gallo se le corta la espuela natural y se le coloca una de plástico, con cinta adhesiva y cera. Abajo: Lo que se observa no es sangre, sino cera de candela. La espuela natural seccionada vuelve a crecer con el tiempo. (Melissa Fernández )

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“Combate alado / carmín en la arena / una ronda más…”, cantó la banda costarricense Florian Droids en la pieza Bípedo implume , banda sonora de la película Por las plumas , de Neto Villalobos. El verso no se aleja de la verdad.

Combate alado: los dueños de los gallos se dan la mano y, encomendados a la fortaleza del animal que sostienen en las manos, se abandonan a la voluntad del gallo, a la intensidad del combate y, sí, a un poco de suerte.

Tan pronto comienza la pelea, los dueños no pueden volver a tocar a los animales. A partir de ahora, solo los jueces tienen esa posibilidad. La pelea se extiende por un máximo de diez minutos. Sin embargo, en cualquier momento los jueces pueden intervenir, revisar a los animales y determinar si pueden continuar luchando.

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La mayoría de los combates no terminan en muerte –durante toda la noche, solo vimos una pelea con resultado mortal–; los dueños pueden detenerlo en cualquier momento, para proteger a su animal y en busca de que se pueda recuperar y volver a pelear en otra oportunidad. Es innegable, eso sí, la violencia de los enfrentamientos. Carmín en la arena: los gallos se golpean con las espuelas y se picotean.

Cuando un combate se termina, los gallos se lavan y se les inyecta un desinflamatorio. En uno de los combates que presenciamos, el gallo perdedor fue devuelto a su jaula hecho un ovillo, con varias heridas. Unos 20 minutos después, regresamos a la jaula: el gallo estaba de pie, mostrando un estado mucho mejor. Le esperaría un proceso de recuperación de unos dos meses antes que pueda regresar al ring. Otro día. Otra pelea. Una ronda más.

En defensa

El lunes 9 de enero de este año, en la página 17A de La Nación se publicó un campo pagado en el que aparecía un extenso artículo titulado El gallo fino, Sala IV, diputados y gobierno .

En él, se pretendía, según rezaba el texto, “orientar objetivamente a la opinión pública de una parte de los fundamentos esenciales que apadrinan al gallero”.

A lo largo del artículo, se hace una defensa de las peleas de gallos como una tradición centenaria que ha formado parte de la sociedad costarricense desde su formación (e incluso ha colaborado en el desarrollo de esta) y, además, se solicita a la Asamblea Legislativa que se excluya a las peleas de gallos de la Ley 18298, también conocida como la ley contra el maltrato animal.

“Estas tradiciones y costumbres de nuestros pueblos, que nos vienen de generación tras generación, son razón suficiente para no claudicar y salvar este legado que nos dejaron nuestros antepasados”, aseguraba el artículo.

Al final del texto firmó, como responsable, Alexánder Pinto Rodríguez, periodista y publicista.

Alexánder Pinto defiende públicamente las peleas de gallos y afirma que son una tradición fundamental. (Melissa Fernández)

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“El paso mío por la situación de los gallos es producto de mi formación, soy un defensor de las cosas tradicionales de este país”, cuenta Pinto sentado en el comedor de su casa, en Heredia. El hombre, de 72 años –nació en 1945– se crió en ingenios azucareros y creció entre Tacares de Grecia y Turrialba. “Tengo un recuerdo muy leve, pero pareciera que mi padre, don Glauco Pinto Pinto, tenía gallos de pelea. Yo no lo tengo muy fresco. Me lo contaron años después, que mi papá tenía muy buenas aves”.

Explica don Alexánder que los gallos de pelea se mantienen en espacios cerrados, en rejones individuales, porque si no, “se matan entre ellos. Un día cogí las llaves de mi papá y abrí los encierros y se salieron los gallos. Fue una matazón”. Pese a haber pasado una vida entera cerca de “estas aves tan extraordinarias”, Pinto afirma que nunca ha sido jugador de gallos ni apostador, pero sí un defensor de las tradiciones.

En el 2008, Pinto era asistente personal de Fernando Berrocal, entonces precandidato presidencial del Partido Liberación Nacional. Unos amigos lo abordaron y conversaron sobre la actividad de los gallos y la cantidad de gente que se movía en torno a esta (en el 2009, Berrocal se vio envuelto en una polémica cuando supuestamente fue encontrado en una gallera donde se realizó un operativo policial; Pinto asegura que, hasta donde sabe, Berrocal nunca ha asistido a una gallera).

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Dos años antes había comenzado operaciones el Servicio Nacional de Salud Animal (Senasa) en nuestro país y los galleros se sentían perseguidos, su tradición amenazada. Pinto y sus amigos decidieron formar una agrupación formal, la Asociación Nacional de Criadores de Gallos (Asonacriga) que, de acuerdo con Pinto, no tiene que ver con peleas “sino con el mejoramiento de las aves. Se dan espacios para ayudar a los dueños de aves, se facilitan servicios de veterinaria, se colabora con la importación de alimentos, entre otras cosas”.

"Las tradiciones no tienen por qué ser bien vistas ni tienen que agradar a todos" - Onésimo Rodríguez, doctor en Antropología.

Sin embargo, existía un vacío en torno a la defensa de las peleas, lo que hizo que Pinto –quien ya no forma parte de Asonacriga– se involucrara de lleno en el tema.

“Me he dedicado a un estudio profundo de la llegada de estas aves al país y a la defensa de una tradición”, cuenta Pinto. “Llevar a cabo estas peleas es un derecho fundamental porque pertenece a la cultura y eso no lo puede negar nadie. Es una situación muy clara y luchamos para que se reconozca (por el gobierno). Queremos que esté bien reglamentada”.

Pinto argumenta que el gallo fino ha hecho un trillo en Costa Rica que ninguna otra actividad ha podido hacer. “Ha hecho que las personas que viven en Buenos Aires de Puntarenas sean amigos de personas que viven en Nambí de Nicoya. Que personas que viven en Quepos sean amigos de personas de Puerto Viejo de Sarapiquí. Todo el país está cruzado por galleros. Existen aproximadamente 243 galleras. Un sábado puede haber jugadas en 140 galleras distintas, con mucha gente”.

Un regalo para Alexánder Pinto: un gallo de bronce que descansa en la mesa del comedor de su casa. (Melissa Fernández)

Ganas de ganar

Es cierto: las noches de los sábados es cuando suelen llevarse a cabo las peleas de gallos a lo largo del territorio nacional; un horario tan tradicional como el fútbol los domingos a las 11 de la mañana. Las peleas que presenciamos, sin embargo, se llevaron a cabo un miércoles por la noche. La actividad, aseguró Pinto, fue organizada exclusivamente para nuestro equipo periodístico y no fue un evento que se originó de forma orgánica.

Sin embargo, sería absurdo pensar que las situaciones que allí se dieron no ocurrieron con la espontaneidad del momento. Cuando la pasión embriaga, se torna imposible de controlar.

Lo mismo sucede con la adrenalina, como la que sentía Efraín Fernández inmediatamente después de que Pinto, su gallo, ganara su segunda pelea. La emoción es comprensible, porque el desgaste de preparar a un gallo para una pelea es grande. Durante cuatro meses –de los 12 de vida de Pinto–, Fernández se dedicó a darle vitaminas, a alimentarlo con huevos y plátano, a asolearlo todas las mañanas, a corretearlo con la mano para fortalecer los músculos.

“Cuando el gallo está en el ring, se siente de todo. Se sienten ganas de ganar”.

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Existe evidencia histórica de que las peleas de gallos se dan en Costa Rica, por lo menos, desde 1850, según las investigaciones que ha realizado Onésimo Rodríguez, doctor en ciencias antropológicas, en torno al tema de las galleras y los gallos de pelea en nuestro país.

“Las personas que asisten a las galleras son comunes y corrientes. Por lo general, hay una condición de niñez que sirve de punta de lanza a ese tipo de prácticas. ‘Mi papá jugaba gallos, mi abuelo jugaba gallos’. El gusto es genuino”, opina Rodríguez. “No son personas que andan detrás de los animales para matarlos. Hay que quitarse la idea de que son criminales. No son sujetos perversos que andan buscando hacer mal a la sociedad o a los animales”.

Durante los combates se venden comidas y bebidas. De acuerdo con Pinto y los demás galleros, no se permite el consumo de licor dentro de las galleras. (Melissa Fernández )

En efecto, durante la pelea a la que asistimos, pude conocer a dentistas, ingenieros, médicos, abogados y comerciantes como Carlos Jiménez, quien asegura que la intención de los galleros es que “nos regulen, que nos pongan controles. Imagínese lo que podríamos aportar en materia de impuestos, en ventas. Podemos ser mejores ciudadanos de lo que ya somos. Si mi bisabuelo, mi abuelo y mi papá jugaban gallos, ¿por qué yo no? ¿Porque a un grupo que le incomoda no quiere? Condenan por desconocimiento, juzgan sin saber nada”.

Geovanny Mora, uno de los defensores más empedernidos de las peleas de gallos en Costa Rica, posa con un animal.

En realidad, más que una incomodidad de un sector de la población se trata de mandatos expresos en la jurisdicción del país. El juego de gallos –es decir, las apuestas– fue prohibido por la ley 47, de 1889, cuyo artículo primero dice: “Prohíbese el juego de gallos, bajo las penas establecidas en leyes preexistentes”. Por otra parte, la ley 7451 de Bienestar animal, de 1994, reza en su artículo 15: “...se prohíbe que los responsables de animales de cualquier especie promuevan peleas entre ellos”. El proyecto para la nueva ley de bienestar animal (expediente número 18298) no ha sido aprobado por problemas de inconstitucionalidad.

El Colegio de Médicos Veterinarios de Costa Rica, por su parte, se manifiesta de forma vehemente en contra de las peleas.

A través de un correo electrónico, la doctora Laura Loaiza y el doctor Juan Carlos Murillo, quienes son miembros de la junta directiva del Colegio, expresaron lo siguiente cuando se les consultó si es cruel dejar que dos gallos peleen:

“Definitivamente es indebido, inmoral e ilegal, no podemos someterlos a ese sufrimiento alegando que es la expresión de una conducta natural que obedece a factores naturales básicamente de preservación de especie y no para el regocijo enfermizo de algunos”.

Onésimo Rodríguez –quien es enfático en afirmar que su posición personal está en contra del maltrato animal, pero la distingue de su trabajo de investigación científica– dice que la lógica en torno a las peleas y, sobre todo, los galleros es mucho más compleja de lo que la opinión pública quiere ver y que los medios quieren mostrar. “Hay violencia, pero la violencia es constitutiva de nuestra sociedad. Vivimos en constante tensión y violencia. Los gallos son metáforas de escape de las tensiones que puedan tener entre sí o dentro de sí”.

Contrapesos

Antonio van der Lucht, director jurídico del Senasa, asegura que la misión de este servicio es velar por la salud y por el bienestar animal.

Es por ello que, desde el 2006, se han encargado de velar por el cumplimiento de la ley de bienestar animal que existe desde los años noventa. “Somos una policía sanitaria, no hemos recibido ningún adiestramiento policial. Por eso requerimos que la fuerza pública nos acompañe cuando hacemos alguna intervención”.

Una de las quejas más recurrentes de parte de los galleros sobre el trabajo de Senasa es que, cuando este interviene en una gallera, se sacrifican todos los animales que están presentes en el lugar, no solamente aquellos que están peleando. Van der Lucht, sin embargo, refuta que esto tiene que ver con la protección de la salud pública y la clandestinidad de las peleas.

“No podemos legitimar un establecimiento ilegítimo ni las actividades ocultas que allí se realizan”, comenta el abogado. “No tenemos controles para saber de dónde provienen los animales ni en qué condiciones se encuentran. Esto genera un riesgo sanitario. Corresponde que actuemos bajo un principio precautorio en defensa de la salud pública”.

Durante una noche de combates, los gallos que no han peleado (o que ya lo hicieron) permanecen en estos encierros.

En efecto, el riesgo de que alguno de los gallos presentes en una pelea –incluso aquellos que no están peleando– pueda propiciar un brote de influenza aviar –una enfermedad infecciosa reconocida por la Organización Mundial de la Salud y la Organización Mundial de Sanidad Animal– obliga al Senasa a sacrificar a todos los animales, lo que ha generado una molestia generalizada entre los galleros.

Las apuestas son parte fundamental de las peleas de gallos, tanto entre quienes batalla como entre el público asistente.

"No existe justificación moral ni ética para aceptar que ningún ser sea sometido a ningún tipo de sufrimiento, fuera de su voluntad y solo para la diversión de otros" - Laura Loaiza y Juan Carlos Murillo, miembros de la Junta Directiva del Colegio de Médicos Veterinarios de Costa Rica.

Geovanny Mora, uno de los representantes en defensa de las peleas de gallos, cuenta que, precisamente por el interés de él y los suyos de que los combates se normalicen, estarían de acuerdo en ser sometidos a controles. “Si Senasa quiere matar animales, que sea con justificaciones, con registros, con placas para controlar a los gallos”.

Otros galleros al mismo tiempo denuncian que el trato de parte de Senasa es muchas veces barbárico. Por ejemplo, que matan a los animales metiéndolos a un saco y pegando el saco a la mufla de un carro para ahogarlos con el humo del motor. Van der Lucht admite que, en el pasado, las prácticas eran más groseras “porque no teníamos experiencia. Son prácticas que hemos corregido. Ahora usamos gas para que los gallos se duerman y mueran de forma indolora. No bajo una luz de espectáculo, como en las peleas, sino con respeto”.

Cambiar o resistir

Alexánder Pinto, el gran defensor de la tradición de las peleas de gallos, alega que el trato y la lupa con que se le mira a los galleros es injusta, que no les mide con la misma vara que, por ejemplo, a las corridas de toros. “En nuestro caso, el ser humano no maltrata al animal, las aves van en igualdad de condiciones. Ninguna tiene ventaja sobre la otra. En las corridas es diferente. Un muchachito de 130 libras monta un animal de 850 libras. La diferencia es abismal”.

Asegura que su interés no es desprestigiar las corridas ni pretender que se prohíban, sino que “lo que es bueno para el ganso es bueno para la gansa. Si esto (las peleas) es maltrato animal, entonces todo lo demás (las corridas, las carreras de mulas, las industrias cárnicas) también lo es. La ley no puede decir ‘usted sí porque me cae bien y usted no porque me cae mal’”.

Un gallo solitario en medio del ring de una gallera. (Melissa Fernández)

Pinto señala la importancia de las galleras como tradición y cita la Declaración de los Derechos Humanos y la Declaración Universal de la Unesco sobre la Diversidad Cultural, que en efecto defienden el valor de las tradiciones. “Es una costumbre que viene de Estados Unidos de eliminar las tradiciones en la sociedad moderna”, dice Pinto. “Las grandes empresas quieren desaparecer las tradiciones de los pueblos en América Latina. Va dirigido a que los véganos (sic) dominen el mundo. No volveremos a comer carne”.

Tal como señala el doctor Onésimo Rodríguez, “las tradiciones no tienen por qué ser bien vistas ni tienen que agradar a todos (...). Cortar el clítoris de las mujeres también es una tradición en varios países de Asia y África. Con esto no quiero decir que las peleas deberían o no existir, pero el hecho de que sean tradiciones no las justifica. Las tradiciones y la cultura cambian, aunque no siempre hacia estados que la sociedad considera progresistas”.

Pinto está de acuerdo con que las tradiciones, la cultura y las sociedades cambian, pero también se cuestiona si ese cambio es para bien o para mal: “En épocas pasadas, una muchacha ya tenía que estar en su casa a las 8 de la noche; hoy a las 10 de la noche apenas van saliendo a la calle. Hoy se consumen toda clase de estupefacientes, el licor deambula por todos lados. Las muchachas apenas cumplen 18 años ya andan en carro, se manejan solas y hacen lo que les parece. Eso por hablar del campo femenino, pero igual pasa con el hombre”.

Agrega: “¿Qué es mejor, (la cultura actual o) aquella cultura que había en el pasado, con aquella disciplina, aquel fervor religioso, con aquel respeto? Usted se montaba al bus y apenas se subía una mujer, usted le cedía el campo, fuera chiquita o grande. Si usted venía caminando y se topaba a una mujer, usted se tiraba a la calle y le dejaba la acera a la mujer. Hoy no existe esa cultura, desapareció. Y yo pregunto: ¿qué era mejor? ¿Aquella cultura del pasado o la de hoy?”.

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La ilegalidad de las peleas de gallos no ha hecho desaparecer las galleras y los defensores de la tradición en todo el país.

Voces como la de Alexánder Pinto y sus colegas mantienen una defensa que no se amedrenta ante la labor de Senasa, la jurisdicción ni la opinión pública (una encuesta publicada por La Extra en mayo del 2016 señala que el 48% de los encuestados está en desacuerdo con las peleas de gallos; otra consulta, de la Universidad Nacional, revela que más del 88% de los encuestados está algo o muy en desacuerdo con esta actividad).

La ilegalidad no parece negar la actividad ni el debate. De parte de los galleros, la moneda sigue en el aire: ¿qué pesa más, la ley o la tradición?

Escena de acción durante un combate de gallos. (Melissa Fernández)

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