Deportes

‘Revista Dominical’

El camino a la redención de Jonathan McDonald

Actualizado el 29 de mayo de 2016 a las 12:00 am

Durante los más de 11.000 minutos que ha jugado fútbol en la primera división, fue inútil esperar algo específico de él. En un partido llevaba al equipo al cielo y en el siguiente lo llenaba de vergüenza: McDonald es una ruleta.

Cuando el delantero aceptó que lo acompañáramos durante todo un día, no sabíamos qué esperar. Los tontos fuimos nosotros, que temimos algo más –o menos– que la presencia de un ser humano tan frágil y cálido como los demás.

Deportes

El camino a la redención de Jonathan McDonald

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

This picture loads on non-supporting browsers.
Esta máquina para atletas de alto rendimiento ejerce presión sobre las extremidades de Jonathan McDonald, en su entrenamiento personal en el gimnasio Holística. (Melissa Rojas.)

Los monosílabos iban y a veces venían. Pocas expresiones –como, digamos, “todo bien”– eran de más de una palabra. Con chispazos de química no se puede describir exactamente la primera interacción entre Jonathan McDonald y el psicólogo al que empezó a asistir luego de ser expulsado de la final del Torneo de Verano 2014. Al profesional de la salud mental, el futbolista de 28 años no le decía mucho más de lo que le decía a los amigos que le preguntaban: "Me siento agüevado".

—"En la segunda sesión me dijo que me iba a contar un poco de su historia. Me empezó a decir cosas de la vida de él: su familia, sus hijos, cómo llegó al país. Me dijo que no sabía nada de fútbol y que no le interesaba aprender mucho al respecto. Me dijo que tenía la agenda llena pero que me hizo campo por referencia. Me dijo que me iba a atender como atendía a cualquier otra persona, así fueran dueños de bancos o futbolistas. Me supo entrar."

Sentado en la silla sin nada más que hacer que rebobinar su existencia, McDonald volvió a algunos trechos perdidos de su memoria. "Empecé a contarle cosas de mi vida; vivencias de los seis años que uno tiene que lo marcan por siempre. Por ejemplo, yo no nací callado; es por cosas que uno arrastra durante años y que en el peor momento afloran". El atleta reservado que explotó en unas cuantas ocasiones en el terreno de juego estaba descubriendo demonios que no sabía que cargaba.

—"Ir al psicólogo me ayudó a canalizar muchas cosas. A veces por tener la personalidad que tengo me reservo mucho mis problemas o lo que siento, entonces él me aconsejó; me liberó. Ahí entendí que la felicidad no me la puede dar alguien; que no puede no depender de mí. Hay muchas cosas que hablo ahora con más tranquilidad, abierto, con libertad, gracias a esa experiencia. Ahora hablo más; ahora sí puedo decir lo que siento y lo que pienso. Ya no me siento contenido."

Estamos en la cocina de su casa tomando café –rodeados por el caos juguetón de tres niños que llevan su sangre– cuando McDonald me cuenta de esa etapa fundamental en su proceso de galvanización. No suele ver directamente a los ojos cuando conversa de estas cosas, pero durante dos segundos vuelve la mirada, se ríe un poco y dice: "Si no hubiera sido por el tratamiento psicológico yo creo que esta entrevista hubiera terminado hace rato".

* * *

En realidad, esta entrevista debió haber sucedido hace seis meses, cuando busqué a McDonald luego de presenciar –desde la gradería sur del Estadio Ricardo Saprissa– la abominación que representa para miles de hinchas morados (y de otras denominaciones) la sola existencia del delantero de la Liga Deportiva Alajuelense, equipo con el que anotó 53 goles en cinco años (que realmente son tres años y medio, descontando las tres temporadas que jugó con el conjunto del Kalmar FF en Suecia).

Jonathan McDonald asegura estar más feliz y comunicativo en la actualidad que hace un par de años.

Jonathan McDonald asegura estar más feliz y comunicativo en la actualidad que hace un par de años. / Fotografía: Melissa Rojas.

Se disputaba el partido de ida de la final Saprissa–Alajuela y cada vez que McDonald se acercaba a la malla que separa a la sur de gramilla, la reacción de los fanáticos saprissistas era parecida a la que tenían ante otros liguistas, solo que con el ímpetu de quien consumió un coctel de cocaína, bebidas energéticas y dos manzanas; es decir, se enfrentaban al deportista con una resistencia estrepitosamente exagerada.

Era tan desproporcionada la furia que incitaba el deportista rojinegro que era difícil –casi imposible– encontrar mayores diferencias de volumen entre los gritos de odio dirigidos al número 19 de la Liga y los gritos de júbilo tras los dos goles que Saprissa cocinó esa noche.

"Mi estilo de juego siempre es al límite, luchando siempre, cada segundo, cada centímetro, y es algo que no va a cambiar porque me ha dado todo."

"En el partido uno no escucha; se escucha un tumulto nada más. Es increíble que aún con el estadio lleno, el entrenador grita el nombre de uno y uno lo logra escuchar."

Tres días después, en el partido de vuelta, celebrado en el Estadio Alejandro Morera Soto, Jonathan agregó otra 'razón de peso' a la lista de 'razones de peso por las que un montón de personas lo aborrecen'. En el minuto 88, Andrés Imperiale le quitó el balón en una jugada confusa, y McDonald –al mismo tiempo que caía al suelo– se desamarró su zapatilla y la lanzó, sin éxito, al defensor morado.

Además de perder el campeonato en vísperas de Navidad, la Liga sumó la vergüenza desmesurada del “zapatazo” en manos de quien también registró el único gol liguista de aquella final.

En las semanas siguientes, tras buscar mi camino hacia una entrevista con este repudiado personaje del fútbol costarricense, se me informó que McDonald no hablaría con la prensa hasta nuevo aviso.

Seis meses después de aquella lamentable ocurrencia –ya espetadas las disculpas por el lanzamiento del taco, reconciliado con la prensa y en medio de una confusa salida de la Liga– el futbolista accedió a que una delegación de la Revista Dominical de La Nación lo persiguiera durante una jornada.

Hay lugar a duda para pensar que esta entrevista de nueve horas puede ser más conveniente ahora que hace seis meses para un jugador quien –al cierre de esta edición– no solo no tenía equipo para el torneo de invierno, sino que fue declarado “transferible” en medio de una difusa jugada del Alajuelense, que pidió por él una aparente alta suma de dinero, lo que podría afectar su futuro profesional inmediato.

Es una duda razonable. "Tengo el reto personal de cambiar mi imagen", acepta el delantero cuatro veces goleador de la Liga. "Espero cambiar la percepción (que tienen de mí) en la esfera en la que me metieron, que no es una caja de cristal, sino que es una caja de acero".

Andrea Duarte y Jonathan McDonald con sus hijos Jayden (2 años) y Emelyn (10 años), en su casa de habitación en Desamparados de Alajuela.

Andrea Duarte y Jonathan McDonald con sus hijos Jayden (2 años) y Emelyn (10 años), en su casa de habitación en Desamparados de Alajuela. / Fotografía: Melissa Rojas.

Antes de la roja

Jonathan casi no mencionó figuras religiosas durante todo el día, lo cual es sorprendente para un jugador de fútbol en Costa Rica. No obstante, la religión es parte de su vida, a su manera. Como hijo de un futbolista que luego se convirtió en pastor, Mac creció rodeado de pelotas y valores cristianos.

—"Papá dejó de jugar fútbol para ser pastor. Yo nací en la religión. Ser hijo de pastor llevaba mucho a la perfección. Los hijos del pastor tienen que ser ejemplares, perfectos, bien vestidos, bien sentados; no era un niño normal. Caminar, tener ganas de jugar en medio de un culto y no poder, eso lo cohíbe mucho a uno. Por eso la gente dice 'usted no disfruta', pero yo disfruto a mi modo."

Jasper McDonald es el pastor de la iglesia Dios es Soberano, institución a la que dedica su vida desde que abandonó el fútbol, a mediados de los años 80. Cuando se decidió por predicar la palabra en lugar de perseguir la pecosa en las canchas, declinó una oferta de trabajo del Club Sport Cartaginés.

Don Jasper dice que eso le ayudó a despojarse del "ultra-amor" que tenía por el fútbol, pero su decisión no lo vedó de heredarle la pasión por el balón a los tres hijos que tiene con su esposa Ana Delia Porras: el hijo mayor, Yherland, jugó para equipos como Carmelita y Heredia antes de retirarse por una enfermedad y eventualmente seguir los pasos de su padre en la pastoral; Jonathan está metido en equipos desde los cinco años; y Maikell, el hijo menor, de 6 años, ya juega en las ligas menores del Alajuelense.

Fue en la iglesia de su padre donde Jonathan empezó a labrar su relación con Andrea Duarte, quien hoy es su esposa. "Era un chiquillo completamente diferente de lo que es ahora", recuerda Andrea, madre de los dos hijos de Jonathan: Emelyn, de 10 años, y Jayden, de 2.

"Su forma de vestir era completamente diferente, porque vestía con pantalones anchos, tennis anchas, medio ragga. No andaba dreads; andaba trenzas. Era un chiquillo medio extraño, callado y tímido, pero yo siempre fui la más tímida", rememora Andrea.

Tuvieron a Emelyn a los 18 años, pero la relación comenzó oficialmente desde que tenían 16, cuando Jonathan empezaba a crecer en las lides del deporte. Debutó como portero en las ligas menores de Heredia a los cinco años, pero eso no duró mucho. Con el tiempo fueron probándolo atrás, en el medio campo, de volante y –finalmente– de delantero, que en su caso fue sinónimo de 'máquina de goles' desde que le confiaron la posición.

Como cualquier defensa razonable, el morado Adolfo Machado refuta con toda la furia a Jonathan McDonald, en un partido celebrado en 2014.

Como cualquier defensa razonable, el morado Adolfo Machado refuta con toda la furia a Jonathan McDonald, en un partido celebrado en 2014. / Fotografía: Rafael Pacheco/Archivo.

A los 16 años debutó en primera división con Santa Bárbara (luego de ayudar al equipo en un torneo en Colombia y de ser contratado para el conjunto de alto rendimiento). No metió goles en sus tres partidos con el equipo, el cual estaba peleando el no descenso (por eso dice estar acostumbrado a jugar con presión desde siempre).

Antes de cumplir la mayoría de edad, lo contrataron para la mayor de su natal Heredia, pero lo pusieron a jugar primero con el alto rendimiento. Con el Team jugó un lustro, la mayoría en primera división, en la época en la que el cuadro fue incapaz de conseguir cetros adicionales.

Un infame desastre financiero en Heredia lo obligó a salir del club en 2010 y aprovechar una oferta en la liga norteamericana con el equipo canadiense Vancouver Whitecaps, con el cual no pasó mayor cosa. De regreso a Costa Rica, en 2011, debutó con la camiseta que amó desde que era niño: la rojinegra.

En uno de sus primeros encuentros como parte de la ofensiva manuda, el jugador del Herediano, Jorge La Flecha Barboza, le soltó un derechazo en su recién operado pómulo, lo que desató uno de los primeros episodios de furia de McDonald en la cancha. El zafarrancho terminó siendo polémica nacional, y a Jonathan todavía se lo achacan.

"Admiro a Cristiano Ronaldo. El profesionalismo, su estilo de vida, cómo se cuida, cómo se prepara; lo regañan por sobreentrenarse. Siempre da algo más y por eso marca la diferencia."

Ocho goles en verano, siete en invierno: así fue su conteo de anotaciones durante el primer año en la Liga, antes de viajar a Suecia para jugar con Kalmar FF. Su padre todavía sonríe cuando lo recuerda: "Lo vimos meter gol en Europa. Eso es inconmesurable; es algo de amplia cuantía".

Tras su paso por el fútbol europeo, regresó a Alajuelense para meter siete goles en 2014 (el primero de ellos frente al Deportivo Saprissa). En 2015 metió 25 balones al marco. Este año ha anotado seis. En medio de eso, algunas polémicas mancharon su relación romántica con el gol.

Aunque Jonathan se formara una actitud, un caparazón, una forma de ser muy diferente a la de los demás niños –gracias a su rol social como hijo de pastor–, sus padres no le exigen perfección en la cancha. Es decir: saben balancear lo bueno y lo malo, y aunque ha habido ocasiones en las que desean agarrarlo de las mechas, están conscientes de que ha sido más lo positivo que lo negativo, pese a la percepción que se tiene de él en la calle.

"Yo tengo un programa de radio y quiero hacer una sección que se llame 'Antes de la roja', en la que pueda explicar lo que pasa antes de que le saquen tarjeta roja a Jonathan y a algunos otros jugadores", dice don Jasper, en referencia a la cantidad de faltas que le hacen a su hijo cada vez que juega.

Doña Ana Delia pasa buena parte de su día en casa, y por eso escucha los insultos y comentarios que hacen algunos aficionados que creen que Jonathan todavía vive con ella, en Heredia. "Me duele que la afición manuda lo maltrate. Muy fácil borran las alegrías y los logros que han obtenido por este jugador ellos como aficionados".

Con una máscara que simula alta presión atmosférica, Jonathan McDonald hace su rutina de ejercicios para crear resistencia.

Con una máscara que simula alta presión atmosférica, Jonathan McDonald hace su rutina de ejercicios para crear resistencia. / Fotografía: Melissa Rojas.

Entrega al límite

En reiteradas ocasiones, McDonald ha dicho que jugar fútbol es lo "único" que sabe hacer, a pesar de haber comprobado ser buen padre ("siempre entregado para darnos lo mejor", asegura su esposa), ser capaz de realizar labores prácticas (contó que un día, hace poco, le entraron ganas de construir una cerca para su mascota) y revelar su alma caritativa por medio de la construcción de refugios y albergues junto a su padre.

Su apuesta por el deporte profesional fue tal que, cuando estaba en noveno año del colegio, tuvo que escoger entre seguir estudiando o entrar a primera división. Todos sabemos lo que pasó después. "Nunca fui muy bueno para estudiar", admite. "Soy muy visual; si me explican el problema lo entiendo, pero me da pereza estudiar. Es difícil ser jugador de fútbol y estudiar; la gente que lo hace tiene todos mis respetos".

A grandes rasgos, la vida de McDonald orbita alrededor del fútbol desde que tiene uso de memoria. Es una de esas personas con suficiente perspectiva como para estar agradecido por ganarse la vida haciendo lo que más ama –un rasgo difícil de encontrar en su generación–. "Hasta he tenido la dicha de jugar con las personas a las que idolotraba de chamaco", dice. "Wanchope, Fonseca, Wright, Miso: pasé de admirarlos como jugadores a tenerlos como compañeros en un camerino".

Si bien los escándalos dentro y fuera del campo han dado la impresión de poner en jaque su carrera, su calidad futbolística es tan destacada (y los números lo comprueban) que desde que la Liga Deportiva Alajuelense lo nombró transferible el teléfono no ha dejado de sonar. Sin embargo, Jonathan no se confía en nada de eso, y siempre que tiene la oportunidad corre una milla adicional.

No todos los jugadores de primera división hacen lo que McDonald hace en su tiempo libre. Cuando nos encontramos para la entrevista, en el gimnasio Holística en Escazú, estaba a punto de dedicar 60 minutos de su día a un arduo entrenamiento para mejorar su resistencia muscular y potencia.

"McDonald es uno de los pocos atletas que he conocido", manifiesta Jonathan Uba, su entrenador personal en ese recinto, mientras el futbolista tiene las extremidades amarradas a una máquina y la boca y nariz tapadas por una máscara que le dificulta respirar bien.

Esta semana, la familia de Jonathan McDonald (segundo en orden usual) celebró el cumpleaños de la abuela Johanna Hamilton (última), en Heredia. Aparecen también Ana Delia Porras (madre del jugador), su hijo Jayden y su esposa Andrea.

Esta semana, la familia de Jonathan McDonald (segundo en orden usual) celebró el cumpleaños de la abuela Johanna Hamilton (última), en Heredia. Aparecen también Ana Delia Porras (madre del jugador), su hijo Jayden y su esposa Andrea. / Fotografía: Melissa Rojas.

"El atleta se diferencia del concepto de una persona con talento. En Costa Rica hay mucho talento, pero carecemos de atletas, que son personas completas que desde que amanecen tienen una rutina de alimentación y ejercicios más allá de la disciplina del club", dijo Uba.

McDonald sabe que su cuerpo es su trabajo y que su trabajo es su responsabilidad. "Para los que trabajaba antes (la Liga), yo creo que no tienen la menor idea de que yo vengo aquí. Me recupero por fuera también en una clínica privada, porque dependo de mi cuerpo y entre mejor esté más voy a rendir. Además, todos los golpes que yo recibo juego a juego me van mermando".

Para él, sus familiares y algunos colegas, ese también es el papel que juega Jonathan en el terreno de juego: sin límites, sin rendirse, con entrega total a la camiseta y al resultado. El mediocampista liguista Pablo Gabas lo dijo a la prensa semanas atrás: en su parecer, a Mac le recetan falta tras falta en todos los partidos, y en el momento en el que él hace una siempre le sacan tarjetas.

Si a eso se le suman otras dos características, de pronto hay forma de explicar algunos de los errores que todavía lo atormentan. Dice Jonathan que él es un luchador en la cancha y extremadamente crítico de sí mismo después de los juegos, lo que sin duda crea una percepción en la gente de que es un tipo amargado, constantemente enojado, agresivo e insatisfecho.

"Después de un partido veo el video varias veces y me cuestiono cosas", cuenta. "La gente puede decir 'buen partido', pero yo sé que jugadas cruciales que tenía que resolver bien no las resolví bien. Yo veo más la cuota de aporte al grupo, no tanto el plano individual. Hay veces que metí dos goles pero jugué pésimo. Voy a mi casa y no duermo. La gente me dice: 'Esté feliz de que metió dos; muchos compañeros hacen esa cantidad de goles en dos meses'. Me dicen: 'No se conforme pero no se aniquile'".

"Yo quiero que me recuerden como un buen jugador, con su carácter, sus cosas buenas, sus cosas malas; pero que la gente me recuerde."

Justamente en eso está: quiere aprender a equilibrar las expectativas que tiene de sí mismo como deportista (las cuales considera claves para su éxito futbolístico) y las emociones que sus logros (o fracasos) pueden generarle. Intenta no tratarse tan mal sin exigirse menos.

—"Si gano o no, si meto o fallo goles, si soy goleador o no; eso no me define como persona. A veces uno tiene que quitarse esa armadura. Fuera de la cancha soy alguien común y corriente; me burlo de mí mismo y de mis amigos. Vacilo. Siembro matas. Cuido a mis hijos. Quiero que me den una oportunidad de salir de esa percepción en la que me tienen metido, que me pesa a mí y mi familia, y que es insostenible. Uno no sabe cómo hablar ni jugar, y eso afecta el plano personal."

Si Jonathan McDonald hubiera sabido que los dos goles que anotó en el partido contra Pérez Zeledón en el torneo reciente iban a ser sus últimos con la Liga, los hubiera celebrado más. Pero no existe el 'hubiera'; existe el 'será'. Mac no mira atrás.

* * *

Las personas con las que interactuó esa mañana en el gimnasio le sonrieron y le dijeron que, aunque ese día no tenía trabajo, todo iba a salir bien. Luego lo acompañamos a hacer mandados y, salvo un enjache disimulado, no hubo aviso de mala vibra.

En Alajuela, antes de hacer fila para tomarse una foto en Correos de Costa Rica, dos niños de menos de 10 años le saludaron eufóricos. No cabían en sus cuerpos. Cuando hacía fila, todavía estaban en la acerca comentando lo acontecido: "¡Qué bien McDonald, mae!".

Irrumpimos incluso en la privacidad familiar, pues nos invitó al almuerzo de celebración de cumpleaños de su abuela, Johanna Hamilton, en la Aurora de Heredia, donde estaban sus padres, su hijo, primos, tías y amigos de la familia McDonald. Su abuela no había quitado la bandera de la Liga de la ventana aún, pero su familia le dejó claro desde el día uno que ellos lo siguen y apoyan a él, no a los colores que use.

Jonathan McDonald y su hijo Jayden, disfrutando una partida de futbolín en casa.

Jonathan McDonald y su hijo Jayden, disfrutando una partida de futbolín en casa. / Fotografía: Melissa Rojas.

Mientras manejaba de un lugar a otro con asombrosa tranquilidad y cordialidad, escuchando tonadas de reggae ("esa es mi loquera, aunque también me gustan mucho las rancheras"), noté el tatuaje que tiene a lo interno de su brazo izquierdo, con la leyenda: "Muchos me conocen. Pocos saben quién soy".

De repente todo amarró: ¿Dónde estaban todos los ticos que sudan el teclado escribiendo en Internet algunos de los peores comentarios que he leído sobre un ser humano? ¿Dónde estaban los miles de hinchas morados que solo juntos se atreven a insultarle desde su pelaje hasta su color de piel? ¿Dónde está la aparente mayoría que parece haber presenciado solo sus errores y ninguno de sus aciertos?

Sabemos que sus críticos pululan, pero pocas veces se lo espetan en la cara a ese chamaco herediano que era tan callado cuando niño, con su madre en casa, como cuando está rodeado por miles de insultos en un estadio. Existen los críticos, pero solo se divierten en los comentarios de noticias que todos leen por el morbo que provocan el apellido McDonald y el nombre Jonathan.

"A veces me siento como un saco de boxeo: todo mundo me da pero no puedo hacer nada al respecto", lamenta el atleta. Le digo que a todas luces se nota que está buscando su camino a la redención. "Tampoco como un dios redentor, pero sí como un ser humano que quiere surgir, que quiere cambiar. Es la oportunidad que pido: que me dejen ser como soy".

McDonald no quiere retirarse sin pelear otro campeonato. Lo quería antes de que la Liga perdiera hace unas semanas y lo sigue queriendo ahora, en la incertidumbre. Ya peleó el no descenso de su primer equipo, luchó por conseguir campeonatos para sus otros empleadores, y de esa barra no planea bajarse pronto. "Uno se acostumbra a vivir así: bajo presión, peleando cosas importantes", dice.

—"¿Cómo lo digo para que no suene tan mal?"

—"Solo diciéndolo podemos saber cómo suena."

—"Bueno. Sé que soy un buen jugador, sé que siempre estoy atento, que soy un líder, que ayudo. Obviamente todos nos equivocamos y uno está más expuesto que otros, pero es parte de esta profesión. Nunca dudé de mí mismo: sé lo que puedo aportar. Se cerró esta puerta, pero otras se van a abrir. Salí de la reunión (con la Liga) agüevado, muy dolido, impactado; nunca pensé salir de esa manera. Fui a la cancha, recordé momentos, reviví historias, y listo. Hay cosas que por más que uno quiera no las puede cambiar. Lo que pasó, pasó; cometí errores y eso me ayudó a entender muchas cosas."

—"¿Cree que la percepción que el público tiene de McDonald es una de esas cosas que nunca van a cambiar?"

—"Ojalá que sí..."

  • Comparta este artículo
Deportes

El camino a la redención de Jonathan McDonald

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios

Noticias Relacionadas

Regresar a la nota