Giancarlo González: El soñador que emergió de sus lágrimas

Roberth, don Roberto, doña Elsa, Andy (amigo) y Julie, son su familia.  | CRISTIAN ARAYA
Roberth, don Roberto, doña Elsa, Andy (amigo) y Julie, son su familia. | CRISTIAN ARAYA ampliar

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Ella lo miraba sufrir en el fondo de la habitación, atrapado por el dolor, viendo por la tele los partidos del Mundial Sub-17 Perú 2005.

Giancarlo González Castro había quedado al margen de ese certamen por causa de la rotura del tendón de Aquiles de su pie izquierdo.

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La lesión había sido accidental, fuera de la cancha. Ocurrió días antes de que el muchacho saltara al césped internacional con el gafete de capitán de nuestra Selección.

Como una daga, un pedazo de vidrio había trozado su pie izquierdo, justo en el tendón de Aquiles, lesión que se agravó y que lo sacó finalmente de la nómina tricolor que dirigía Geovanny Alfaro.

En su fuero interno, el chico estaba convencido de que jamás volvería a jugar. Por eso su madre, Elsa Castro, a hurtadillas, lo veía llorar en la oscuridad de la habitación. Y aquella escena le partía el alma.

“Dios mío, ilumíname. ¿Qué le puedo decir a Gianca para que retome su fe?”, recuerda doña Elsa.

Mientras, en el comedor de la vivienda de los González Castro, en Calle Fallas de Desamparados, se instala un largo silencio de evocación y nostalgia.

Entonces, continúa su relato doña Elsa, el Creador le otorgó el verbo...

“Gianca, ¿has visto cómo los artífices someten el oro al fuego, lo funden y lo convierten en una joya preciosa? Eso, mijito, es lo que hace Dios con usted”.

Los del barrio. El fútbol es un deporte universal por excelencia. Más que por su belleza escénica, es multitudinario porque une a ricos y pobres detrás de un balón, en pos de afanes y sueños por cumplir.

(Arriba) Contra la pared, Giancarlo llora desconsolado. (Centro) Giancarlo aparece con su hijo, Andrey. (Abajo) Giancarlo (derecha) viste la Tricolor en el certamen Tauichi Aguilera 2003, en Bolivia.  | CRISTIAN ARAYA
(Arriba) Contra la pared, Giancarlo llora desconsolado. (Centro) Giancarlo aparece con su hijo, Andrey. (Abajo) Giancarlo (derecha) viste la Tricolor en el certamen Tauichi Aguilera 2003, en Bolivia. | CRISTIAN ARAYA ampliar

Andy Cortés suele entrar directo, sin llamar a la puerta, en el hogar de don Roberto González , de su esposa doña Elsa y de Julie y Roberth, los dos hermanos de Giancarlo.

Lo hace porque Andy es el mejor amigo del hoy zaguero central de la Selección mayor, y uno más de los 15 o 20 “carajillos” de Calle Fallas que jugaban con él en el barrio.

Cuenta Andy que cada vez que Giancarlo tiene chance de volver a Calle Fallas, los del barrio se juntan en la casa de los González, compran refrescos y golosinas y se dan la gran fiesta entre risas, anécdotas y el recuento de viejas travesuras.

“De chiquillos nos subíamos a un árbol cercano a comer maní o cualquier cosa que comprábamos con los viáticos que ya le daban a Giancarlo en el infantil de la Liga”, comenta Andy.

“En una de esas ocasiones, por un descuido y un mal movimiento, caí al suelo desde el cucurucho.

“No llore”, me decía Gianca. “¡Aprenda a ser hombre!” Como pudo, me montó en la barra de su bicicleta, me dejó en mi casa y, tras el gran susto, se fue disparado para su casa. Al día siguiente, cuando pasó a buscarme, me encontró todo magullado y enyesado”.

Vuela, Supermán. La capa de Supermán fue uno de los regalos que más gracia le hicieron a Giancarlo en su niñez, cuando había cumplido, si acaso, cuatro años de edad.

Osado, corajudo y soñador desde siempre, se subió en la mesa y se lanzó a volar. “Con él fuimos a dar al Hospital de Niños”, cuenta don Roberto González, padre de Gianca y seguidor de sus andanzas, desde que peregrinó con su hijo mayor por distintas escuelas de fútbol y clubes de barrio, hasta que emigró del Saprissa a Liga Deportiva Alajuelense, el equipo que lo dio a conocer en el Alto Rendimiento y en la Primera División.

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En el nombre del padre. A don Roberto se le nota un legítimo orgullo al afirmar: “Si algo tiene mi hijo, es su gran cariño por su familia.

“Me siento conmovido cada vez que Giancarlo, ¡esté donde esté , o esté con quien esté!, se acerca y me saluda con un beso en la mejilla”.

“Es buen hijo, buen hermano y buen papá también”, tercia doña Elsa. “Es un padre soltero, pero adora a su hijo, Andrey.

“Cuando jugaba en Noruega, por ejemplo, solía comprar dos libros infantiles de dibujo. Le enviaba uno a Andrey, mientras él se dejaba el otro libro, que era igual.

“Por la vía skype , Gianca se conectaba con Andrey en la computadora y le decía: ¿Cuál dibujo pintaremos hoy, mi amor?

“Y así, entre risas y guiños, padre e hijo se ponían de acuerdo para colorear la misma página, a miles de kilómetros, pero fuertemente unidos por el amor”, reflexiona doña Elsa, de profesión educadora.

Lazos de sangre. Hay valores que solo germinan al calor del hogar. Como la identidad de esta familia que compartió una vez lo poco que había, con la misma humildad con la que disfruta hoy la prosperidad que trae Giancarlo.

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