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Especial de ‘Revista Dominical’

Los daños colaterales del Psicópata

Actualizado el 03 de abril de 2016 a las 12:00 am

Cuatro meses después del crimen de Alajuelita, las autoridades señalaron a cuatro sospechosos: Dos de ellos habían fallecido, los otros dos fueron juzgados y condenados en 1989.

La sentencia fue anulada en 1992. Años después, el propio OIJ reconocería que ninguno de estos hombres tuvo participación en el hecho. Pero el daño ya estaba hecho.

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Las víctimas indirectas del Psicópata en las páginas de este diario, décadas atrás.
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Las víctimas indirectas del Psicópata en las páginas de este diario, décadas atrás. (Archivo de La Nación.)

Las otras víctimas: así se podrían definir las personas afectadas colateralmente por la masacre de Alajuelita. Se trata de los cuatro hombres que fueron acusados, vilipendiados y linchados por la opinión pública desde el momento en que fueron señalados como sospechosos. Si bien dos de ellos no vivieron para sufrir todo el proceso, el peso del estigma cayó con toda fuerza sobre los nombres de sus madres, padres, esposas, hijos y otros parientes más cercanos.

Los otros dos tuvieron que apechugar con el señalamiento de haber sido los artífices de la peor masacre criminal en la historia del país. La misma justicia los liberó después, pero ya el daño estaba hecho.

José Luis Monge Sandí y Arnoldo Mora Portilla fueron condenados en 1989 por el Tribunal Superior Tercero Penal. A Tres Pelos se le halló responsable de siete homicidios y dos violaciones, para un total de 195 años de prisión. Arnoldillo recibió una condena de 19 años como responsable de violación y robo agravado.

Pero el 10 de junio de 1992 un fallo del Tribunal de Casación anuló la sentencia y ordenó la excarcelación de ambos.

Los dos juicios realizados contra estos hombres fueron anulados por errores procesales. Se estaba a la espera de un tercer juzgamiento cuando Monge Sandí fue asesinado el 26 de febrero de 1995.

Las muertes de los tres hombres ocurrieron en hechos independientes al crimen de Alajuelita, según concluyó la policía.

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Arnoldo Mora Portilla, el único que sobrevive al día de hoy, quedó fuera del proceso cuando la Ley Tutelar de Menores estableció que no se podían juzgar los delitos cometidos por menores de edad, y en el momento de los hechos él tenía 17 años.

Tanto Monge Sandí como Mora Portilla siempre negaron su participación en los hechos, tal como lo reconfirmó la sentencia judicial que culminó con su liberación de la cárcel, y como lo han confirmado varios de los investigadores que estuvieron a cargo de las pesquisas.

Una vez que Arnoldo Mora Portilla salió de la cárcel, nunca más volvió. En octubre del 2006, en una de las poquísimas entrevistas que ha concedido a la prensa tras todo lo ocurrido, Arnoldo conversó con La Nación . En aquella ocasión le contó al periodista Otto Vargas la forma en que el crimen que no cometió lo había perseguido de por vida, pero también la manera en que había hecho para salir adelante.

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Narró la forma en que la policía le había roto la voluntad, siendo solo un chiquillo de 17 años, para que confesara la violación de una de las menores, y también detalló el infierno vivido durante esa época y cómo su alianza con Dios le permitió sobrellevar la carga cuando estaba en la cárcel y, más aún, cuando finalmente logró la libertad. Para entonces, Arnoldo Mora tenía apenas 22 años y toda una vida por delante.

Formó un hogar, tuvo tres hijos y se dedicó, primero que todo, a conseguir que alguien le diera un trabajo digno. Lo logró cuando lo contrataron en la compañía Aseo Urbano.

De esa entrevista pasaron casi 10 años. Esta semana, la Revista Dominical logró contactarlo de nuevo con motivo de este reportaje especial y porque tras el repaso del caso, a la luz de tres décadas atrás, es imposible no concluir que Arnoldo Mora Portilla fue una víctima más de la masacre de Alajuelita.

La frente en alto

Educado y de verbo fluido y fácil, este hombre, hoy de 48 años, contestó el teléfono y tras el saludo inicial y la respectiva identificación dijo. “Si es periodista, ya me imagino para qué me está llamando”.

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Luego se produjo un diálogo extenso e intenso, en el que Arnoldo se refirió a todo su sufrimiento, a la forma en que lo persiguió la tremenda mancha de su nombre y luego, sin disimular su bien ganado orgullo, habló de todo lo que ha logrado a pesar de haber sido víctima de una pesadilla de la que por ratos parece no haber salido.

“Yo a veces no me explico ni cómo estoy aquí, no sé cómo no me volví loco, solo Dios vea, solo Dios. Aunque me separé hace años de la mamá de mis hijos yo paso pendiente, son estudiantes, son muchachos de bien, yo tengo mi casa, mi carrito, mi camión con el que me dedico a botar escombros y me va bien, yo me agarro de Dios pero vea, es que eso fue tan terrible, tan doloroso”. Acto seguido cuenta, como si fuera una película lejana pero que siempre está latente, algunas de las imágenes que aún le laceran el alma.

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Como cuando la gente le gritaba barbaridades, lo querían linchar durante sus traslados de la cárcel a los estrados judiciales o en las propias salas de juicio.

O lo que le decía la policía para “quebrarlo”. Arnoldo compartió con quien escribe muchos otros detalles de todo lo que ha vivido en estos 30 años, pero al final de la conversación solicitó que mejor no publicáramos la entrevista.

“Esto me ha perseguido toda la vida, ese maldito apodo, Arnoldillo, ese me lo puso la policía, me ha costado mucho que nunca me vuelvan a decir así, Arnoldillo fue el asesino que se inventaron ellos, Arnoldo Mora soy yo, y soy un hombre inocente, pero no quiero revivir nada de eso porque aunque Dios me prometió que yo iba a salir con la frente en alto y me lo cumplió, siempre vivo con ese fantasma y ese temor de esa tragedia que viví yo, usted sabe ¡con 17 años! Ahora lo pienso y me da no sé qué, imagínese, ¡era un mocoso!”.

Eso sí, fue tajante al preguntarle si creía que el crimen de Alajuelita iba a quedar en el misterio. “Solo le digo una cosa: entre cielo y tierra no hay nada oculto”.

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Yuri Lorena Jiménez

yjimenez@nacion.com

Editora de la Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical desde 1992. En setiembre del 2010 asumió como editora de Teleguía. Premio a la Mejor Crónica a nivel latinoamericano otorgado en el 2001 por la Sociedad Interamericana de Prensa.

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