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Actualizado el 09 de mayo de 2004 a las 12:00 am

El Presidente tiene objetivos claros, pero le falta estrategia

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El presidente Abel Pacheco comienza hoy la segunda mitad de su gobierno. Deja atrás dos años de complejo aprendizaje, en los que la solidez de nuestras instituciones logró neutralizar muchos de sus yerros como gobernante.

En ese lapso, algunos de sus ministros, unos pocos diputados y una que otra figura política, fueron los protagonistas de las mayores iniciativas, logros y acuerdos.

Pacheco ha sido un Presidente observador, a veces juez e incluso agitador de su propio equipo, pero raramente líder y menos conductor. Aun así, ha logrado forjar una imagen del país que deberíamos ser, como lo atestigua su discurso del 1.° de mayo en la Asamblea Legislativa. Desgraciadamente, su inútil marasmo de datos, casos y giros retóricos, ahogó las grades líneas del mensaje.

Misión, visión y valores. Contrariamente a lo que algunos críticos han dicho, en su informe de labores Pacheco sí planteó una clara –y ambiciosa– misión: “Somos el gobierno que impulsa las grandes reformas comerciales, institucionales, financieras, tributarias y que ha ubicado a Costa Rica en las más importantes corrientes de la economía mundial”.

También definió una visión de futuro: “Poner a Costa Rica a producir, ubicarla –sin complejos– entre las grandes corrientes de la economía mundial y generar la prosperidad que necesitamos para superar la pobreza y alcanzar el desarrollo”.

Articuló los valores (“normas pétreas”) de su gestión: “Mas trabajo, más austeridad, absoluta transparencia, creciente eficiencia en la acción y plena rendición de cuentas”. Y, más importante aún, enunció sus prioridades en dos grandes áreas.

Una es esencialmente económica: saneamiento de la hacienda pública y reforma fiscal, ratificación de los tratados de libre comercio con Estados Unidos y el Caricom, leyes de fortalecimiento del ICE, de regulación en las telecomunicaciones y en los seguros, con vistas a la ruptura de esos monopolios, y reforma a la legislación del sistema financiero

La otra es de naturaleza político-administrativa: reforma procesal general para agilizar la administración de justicia, reforma en la legislación electoral para tener campañas más cortas y austeras, y reforma en el reglamento legislativo.

Insistió, además, en seguir trabajando hacia mayor cobertura educativa y en apoyar a las pequeñas y medianas empresas para desarrollar su capacidad competitiva.

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Estrategia y ejecución. Estamos, sin duda, ante una “hoja de ruta” sobre el futuro inmediato. Ello es bueno y merece destacarse. Pero también resultará insuficiente o, peor aún, inútil si no va acompañada de dos elementos esenciales para cualquier acción de gobierno: una estrategia coherente, que permita diseñar un claro plan de acción para impulsar con éxito ese conjunto de prioridades, y una conducción competente de cada una de las iniciativas seleccionadas.

Hasta ahora, sin embargo, el Ejecutivo muestra un alto déficit en esos aspectos; es decir, en su capacidad de acción política, con el agravante de un entorno legislativo de inusual complejidad, fluidez e incertidumbre.

Es a esa parte del proceso de decisiones a la que el Presidente debería prestar la mayor atención, impulsar con el mejor liderazgo y dotar con el mejor equipo en los dos años que siguen.

Por desgracia, el tipo de arreglo al que llegó el diputado oficialista Gerardo González para ocupar la presidencia legislativa es un preocupante ejemplo de contradicciones e incoherencia política; un mal augurio que despierta fundadas inquietudes

Para obtener cuatro de los seis votos del Bloque Patriótico, González accedió a que se convirtiera en vicepresidente un diputado (Juan J. Vargas) que se ha declarado “totalmente en contra” de una de las prioridades esenciales del Ejecutivo: el TLC con Estados Unidos. Y, para lograr los cinco votos libertarios, González y 14 diputados del PUSC virtualmente renunciaron a otra de las justificadas prioridades de Pacheco: la reforma del reglamento legislativo.

Esta exitosa imposición de una aspiración personal –ser presidente del Congreso– sobre dos objetivos centrales del Gobierno, es una pésima señal de descontrol entre el Ejecutivo, su partido Unidad Social Cristiana y su fracción legislativa.

Para avanzar durante el 2004 y el 2005 en la gran agenda nacional pendiente, es indispensable corregir estas y otras incoherencias. Si no hay orden político en casa, difícilmente se podrá conducir con éxito un conjunto de iniciativas tan importantes, diversas, complejas e interrelacionadas como las expuestas por el mandatario, que enfrentarán fuerte oposición de algunos sectores y que demandan laboriosas negociaciones y clara determinación.

Negociación y liderazgo. Buena parte del vacío de liderazgo político durante la primera mitad del gobierno ha sido llenado en los últimos meses por el expresidente liberacionista Óscar Arias. Con sus llamados a la ruptura de monopolios, con sus gestiones en pro de un acuerdo sobre la reforma fiscal, con la renovada organización del PLN y con una mejor coordinación de su fracción legislativa, se ha dado nuevo vigor al quehacer político.

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Gracias a su protagonismo, a la permeabilidad del presidente Pacheco y a una actitud más abierta del PUSC, se ha relanzado la negociación entre los dos principales partidos nacionales. Y ello –detalles y símbolos aparte– es bueno para la gobernabilidad y la democracia.

Pero ni Liberación es gobierno –o quiere parecerlo– ni Arias es el presidente, ni la relativa paz PLN-PUSC durará muchos meses ni los demás partidos presentes en la Asamblea se resignarán a ser complacientes espectadores.

Todo esto quiere decir que el Ejecutivo debe retomar la iniciativa política y hacerlo con la visión estratégica, la integralidad y la buena ejecución de que, hasta ahora, generalmente ha carecido.

Si, como parece cada vez más posible, se aprueba la reforma fiscal, la siguiente tarea impostergable de Pacheco debe ser construir las alianzas necesarias para la aprobación legislativa –ojalá con mayorías a prueba de cualquier duda– del TLC y de su agenda complementaria, incluida la ruptura de monopolios.

Habrá que trabajar intensamente con todas las fracciones legislativas, mientras se da aún más ímpetu al convencimiento público sobre la necesidad de las reformas y se articulan los grupos sociales y productivos dispuestos a apoyarlas activamente, como contrapeso a sus opositores de oficio.

Ventana de oportunidad. Si notamos las señales de renovada negociación política, nuestra fortaleza institucional y el apoyo mayoritario de la opinión pública al TLC y a la ruptura de monopolios, diríamos que el Ejecutivo tiene una buena ventana de oportunidad para impulsar las iniciativas más difíciles enunciadas por Pacheco el 1.° de mayo.

Pero las oportunidades desaprovechadas difícilmente retornan con facilidad. Por esto, la primera tarea presidencial, al comenzar la segunda mitad de su ruta constitucional, debe encaminarse a nutrir, conducir y alentar los acuerdos que sabe necesarios y a fortalecer los equipos encargados de conducirlos.

Al concluir su presentación ante los diputados, Pacheco los convocó a que “juntos aprovechemos los desafíos del presente para construir las fortalezas del futuro”. Es una bella frase, adecuada para la mitad del camino, cuando todavía queda horizonte y, por ende, esperanzas de buenos logros.

Corresponde ahora al Ejecutivo afinar los instrumentos para que esa construcción sea fructífera. Así, quizá, el 1.° de mayo del 2006, al repasar la ambiciosa –y necesaria– agenda enunciada en el 2004, Pacheco podrá decir, con razón y sin pudor: “¡Y lo hemos hecho!”.

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