El 30 de setiembre se conmemora uno de los episodios más tristes y vergonzosos de la historia costarricense: el fusilamiento del expresidente Juan Rafael Mora Porras. Sin embargo, mucho más triste y vergonzoso es el olvido al que tanto el infausto acontecimiento como la egregia figura de Mora han sido condenados por una nación de flaca memoria histórica, a propósito de lo que nos recordaba el ministro Garnier este 15 de setiembre.
Juan Rafael Mora Porras fue presidente de Costa Rica durante casi diez años (1849-1959). A lo largo de su gestión se consolidó el Estado y se crearon instituciones políticas que garantizaron la estabilidad y el progreso del país. No obstante, su principal gesta, y la que merece el reconocimiento de todos los centroamericanos, fue el liderazgo que asumió al encabezar la Campaña de 1856, cuando un grupo estadounidense pretendió invadir y someter, en aquel entonces, a los noveles estados centroamericanos. Gracias al arrojo, valentía y determinación de don Juanito Mora, Costa Rica dirigió un ejército que no paró hasta expulsar a los invasores del área, restableciendo el orden y la soberanía.
Ilegítimo arrebato. La historia política del gran estadista termina con la traición de dos cercanos colaboradores, quienes se aliaron con algunos miembros de las oligarquías cafetaleras que adversaron a Mora por algunas de sus decisiones, en particular las relacionadas con la guerra que afectaron de modo frontal sus intereses económicos, y fraguaron un golpe de Estado con el que ilegítimamente le arrebataron el poder. Después, alentado por algunos partidarios, don Juanito intenta volver; sin embargo, sus planes se frustran cuando el gobierno de José María Montealegre lo detiene en Puntarenas y, sin realizarle siquiera un juicio previo, ordena su fusilamiento, con lo que se violentan en grado sumo las más elementales garantías judiciales, el 30 de setiembre de 1859.
Costa Rica y Centroamérica definieron su porvenir en la mente y liderazgo del gran caudillo Juan Rafael Mora Porras, a quien los grupos que lo derrocaron no solo le quitaron el poder, sino también el merecimiento de ser la principal figura de la Campaña de 1856. Pero lo más grave es que la mezquindad, cálculo y sordidez de sus enemigos políticos se han reproducido a lo largo de casi siglo y medio, y hoy Juanito Mora sigue siendo un jefe de Estado más, cuyo aporte y estatura política los costarricenses aún no hemos sabido aquilatar y dimensionar.
Parafraseando, con ironía, a Manuel González –Magón– los años han hecho que de Juan Rafael Mora Porras se pueda decir con perturbadora exactitud: para injusticias el tiempo.