Opinión

El testimonio de María Q.

Actualizado el 29 de agosto de 2016 a las 12:00 am

No es con la construcción de más murallas de encarcelamiento que resolveremos el problema

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El testimonio de María Q.

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Hace algunos años, un grupo de mujeres decidimos forjar un proyecto de ayuda a la mujer, que bautizamos con el nombre de Proyecto Manantial. La idea esencial ha sido darle de beber agua fresca a la mujer agredida, a la que se siente indigna y en soledad, a la que está pasando por duras pruebas emocionales y espirituales, y otras circunstancias igualmente conocidas y lamentables.

En un momento dado, volvimos la vista a la mujer en prisión que podría egresar antes del cumplimiento de la pena para reintegrarse a la sociedad. Así llegamos a tener contacto con María Q., nombre ficticio para proteger su identidad.

Fuimos llamadas al Buen Pastor, nombre que siempre nos ha tocado el corazón por cuanto representa el amor de Dios por la oveja perdida. Se nos indicó que esa joven de 26 años, extranjera, tenía la oportunidad del beneficio de un tercio de la pena. Ella se había acogido a un proceso abreviado en el que confesó el hecho y le impusieron poco más de cinco años de prisión por un delito relacionado con estupefacientes.

María Q. había sido contratada por una paupérrima suma dado el riesgo que iba a correr para venir a Costa Ria y trasladar una pequeña cantidad a un lugar en Europa.

Ella había asumido el encargo por una seria situación familiar que afectaba a su madre con cáncer y la necesidad de tratamientos para salvarle la vida. El ofrecimiento se lo pusieron en bandeja de plata en el lugar donde estudiaba y, posteriormente, cuando le entró temor y quiso salirse no lo pudo hacer ante amenazas recibidas.

La necesidad, la angustia por su madre y el temor que le fue infundado hicieron que ella realizara el fatídico viaje en el que iba a ser utilizada como gancho con la finalidad de una captura segura para permitir que la corrupción consumara un traslado de un buen cargamento por vía aérea.

Trabajo y casa. Así conocimos a esta muchacha morenita, de ojos oscurecidos por la vergüenza, temblorosa y de vocecita suave. Me mostró los tejidos de croché que había hecho y buena cantidad de manualidades, los títulos de cómputo con los que había aprovechado su tiempo en cautividad, las constancias de su buena conducta y las valoraciones positivas de las que había sido objeto en el centro.

La solicitud había que resolverla con premura porque para optar por el beneficio necesitaba un trabajo y un lugar donde dormir. Ofrecí mi casa y la oficina para brindarle un trabajo.

La verdad es que no era posible buscarle un trabajo bajo su situación penal, no había opciones, ni tampoco era fácil buscarle un hogar que la acogiera o que alquilara un dormitorio en una zona decente para evitarle riesgos. Además, ella salió del centro con un único medio de identificación: un carné que indicaba que estaba a la orden del Instituto Nacional de Criminología.

A pesar de que la aseguramos ante la CCSS, nunca pudo hacer uso de esos servicios salvo en un caso de emergencia, por no contar con un documento idóneo de identificación, que nunca se lo entregaron, ni en Migración ni en la Caja, ni en el Instituto a pesar de que se pagaron sus derechos.

Finalmente, con un poco de esfuerzo, mi familia la aceptó y la llegó a querer mucho. También en la oficina le ofrecieron mucho amor y comprensión, y con seguimiento y abrazos logramos que poco a poco se fuera afianzando y perdonándose a sí misma. Los jóvenes de la iglesia la recibieron y la apoyaron. Como trabajadora resultó ser sumamente puntual, eficiente y de gran ayuda. Luego se le otorgó la libertad condicional (media pena), la cumplió pero con gran dolor para todos debió salir del país y no podrá regresar en 10 años.

Su testimonio. Es necesario que regrese al país y que cuente a los jóvenes sobre las tentaciones, los sufrimientos y caro precio pagado, entre ellos, la noticia del fallecimiento de su madre el día de su egreso del encierro. Ella es real y su experiencia valiosa.

Podría mover a las instituciones públicas, a la empresa privada y a las organizaciones de bien, incluidas las iglesias, a colaborar en casos especiales para dar oportunidad a esos primarios que han incurrido en conductas sancionables pero que pueden ser rehabilitados si tan solo se les ofrece una oportunidad.

Es imperante instalar un pabellón intermedio con programas puntuales para estas personas antes de que egresen. Habrá que entrenar a voluntarios que deseen colaborar en esos programas.

¿Sabía usted que a veces salen de prisión sin contar con los pasajes de bus para regresar a sus hogares y que el mundo del que fueron apartados cambió de fisonomía con nuevas edificaciones y paradas de autobuses?

Ellos salen a una selva grotesca en la que son rechazados, no encuentran trabajo y se les obliga a terminar de nuevo en las calles. Esta es una realidad que está oculta pero sobre la cual es necesario sensibilizar si queremos en verdad entablar una verdadera lucha preventiva contra la delincuencia común y la organizada.

Jaulas humanas. Los valores no se absorben en las cárceles. Esa lucha está perdida con las “jaulas humanas” y los tratos crueles en este país desde hace mucho tiempo. Pero podemos recuperarnos con un cambio de paradigma y con personas de buena voluntad, además de políticas muy definidas y puntuales por parte del Ministerio de Justicia. No es con la construcción de más murallas de encarcelamiento que resolveremos el problema. La experiencia que vivimos es más que evidente.

Señora ministra de Justicia, le ruego me otorgue una cita. Señores jueces de la Corte Suprema de Justicia, el problema no es solo de ese Ministerio, sino de la racionalización de la prisión preventiva, de la fijación de penas y la utilización de los sustitutos penales.

La autora es abogada.

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