Opinión

El temor es el paisaje que mejor sobrevuelan los halcones

Actualizado el 13 de diciembre de 2015 a las 12:01 am

El arte de la política es, en buena medida, el arte de lo que en inglés se llama compromise

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El temor es el paisaje que mejor sobrevuelan los halcones

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Este es un momento difícil para quienes queremos vivir en un mundo más pacífico. El surgimiento del Estado Islámico en Irak y en Siria, junto con la persistencia y recrudecimiento de los ataques terroristas por parte de Al Shabaab y Boko Haram, han desatado alrededor del mundo una “tormenta perfecta” para una dramática intervención militar.

La humanidad está, con razón, atemorizada, y el temor es el paisaje que mejor sobrevuelan los halcones. No podemos permitir que el temor se apodere también de nosotros y se transforme en violencia, como lo advirtió Martín Luther King cuando nos dijo que “la debilidad más grande que tiene la violencia es ser una espiral descendente, que engendra precisamente lo que busca destruir. En vez de disminuir el mal, lo multiplica. Por medio de la violencia se puede matar al mentiroso, pero no se puede matar la mentira, ni establecer la verdad. Por medio de la violencia se mata al que odia, pero no se mata al odio. De hecho, la violencia solo aumenta el odio... Devolver odio por odio multiplica el odio, profundizando la oscuridad de una noche que ya carece de estrellas…”.

Precisamente porque los ataques terroristas de los que hemos sido testigo en los últimos meses, semanas y días son abominables, precisamente porque sabemos lo que está en juego, es que debemos valorar los efectos que una mayor intervención militar puede tener sobre una región terriblemente inestable, sedienta de orden y cansada de décadas de enfrentamientos armados.

Como bien dijo Mahatma Gandhi, “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”. ¿Es que es tan corta nuestra memoria? ¿Acaso se nos olvida que hace poco más de una década estábamos justo en donde estamos ahora, indignados contra un grupo extremista y discutiendo la pertinencia de una decidida reacción militar?

Quien venga a decirnos que esta situación tiene una solución sencilla, que se resuelve con unos bombardeos precisos en zonas estratégicas con mínimas pérdidas civiles, nos está vendiendo pastillas de azúcar.

Si bien es cierto que nadie más que los terroristas son los responsable por los ataques perpetrados en Francia, en Egipto, en Líbano y en otras partes del Medio Oriente, el surgimiento del Estado Islámico es inentendible sin la invasión de los Estados Unidos a Irak, invasión ilegal y sustentada sobre premisas falsas.

Yo me opuse a la invasión en Irak en un momento en que eso era terriblemente impopular. En aquel momento fui abucheado en una actividad en Florida y públicamente criticado por mis opiniones, porque se creía que era antipatriótico y anti-Occidente estar en contra de la guerra.

Yo me opuse porque el sistema internacional, con todas sus imperfecciones, es el mecanismo mínimo que hemos ideado para contener la barbarie y evitar que la ceguera de la fuerza obstruya el progreso de la civilización humana.

La invasión en Irak creó las condiciones para el surgimiento de los odios que hoy alimentan las campañas de reclutamiento del Estado Islámico. Nuevamente queda demostrado que un grupo de jóvenes fanáticos, ignorantes, marginados y ansiosos de sentido de identidad son como pólvora a punto de estallar.

Es responsabilidad de las naciones del mundo, del sistema internacional, encontrar maneras de tratar esa pólvora sin proveerle una chispa, sin dar señas que alienten la retórica alucinante sobre la que se sustentan los extremistas.

Evidentemente, los bombardeos en Siria e Irak debilitan a los terroristas, aunque más pérdidas civiles, más pueblos destruidos, más antagonismo entre los suníes y los chiitas, no nos llevará a más paz. Nos llevará a una mayor inestabilidad y al surgimiento de grupos cada vez más brutales, como lo estamos viendo en la transición de Al Qaeda hacia el Estado Islámico.

Cada ataque terrorista es una invitación para que los gobiernos democráticos y liberales acudan a la guerra santa que los extremistas quieren librar en su territorio. ¡Tenemos que estar por encima de eso! ¡Tenemos que ser capaces de demostrar que los valores universales prevalecen sobre los instintos homicidas, y que el gobierno de la razón es más poderoso que el de las armas!

Por principio, pero también como única estrategia sostenible a largo plazo, considero que el curso a seguir debería ser encontrar una solución a la guerra civil de Siria en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El apoyo o el rechazo al régimen de Bashar al Asad ha dividido a los cinco miembros permanentes del Consejo (en particular a los Estados Unidos y Rusia).

La red de alianzas y rivalidades en Siria se ha convertido en una absoluta madeja, en cuyo centro ha prosperado el Estado Islámico. Está claro que los líderes de las principales potencias tienen que ser capaces de poner a un lado sus diferencias y encontrar una solución concertada, que permita detener la sangría que durante los últimos años ha ocasionado la devastación de los pueblos y ciudades sirios, la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial y el campo de entrenamiento más fértil de los yihadistas.

El arte de la política. Quien haya trabajado en política, o quien la haya estudiado, sabe bien que la vida de un líder está asediada de presiones en todos los frentes.

El arte de la política es, en buena medida, el arte de lo que en inglés se llama compromise, saber cuándo ceder y por qué.

Un buen político cede en sus posturas, pero no en sus principios. Sin importar cuán atemorizante sea el EI, cuán preocupantes sean sus ataques o sus estrategias, seguiré apoyando el multilateralismo, la diplomacia, la solución en el marco del derecho internacional y el respeto a los derechos humanos.

Y esto no lo creo por ingenuo o testarudo. Lo creo porque, una y otra vez, la historia nos demuestra que la violencia, aunque pueda parecer una solución temporal a nuestros problemas, acaba por incitar los odios que nos empujan nuevamente a la guerra, como si viviéramos perpetuamente al borde del precipicio.

Por ello, debemos aplaudir el hecho de que 17 países se han reunido en Viena para tratar de encontrar una salida a la guerra en Siria.

Es evidente que las diferencias entre los gobiernos para lograr silenciar las armas en esa región del mundo siguen siendo muchas y muy profundas, pero debemos alegrarnos de que se use, una vez más, la diplomacia como el instrumento ideal para ponerle fin a un conflicto.

Esto no es otra cosa más que lo que dijimos incansablemente en Centroamérica: hay que darle una oportunidad a la paz. No podemos pretender que esta vez la violencia nos traerá la calma. No podemos pretender que esta vez la muerte nos traerá la vida. A quienes luchamos por la paz nos dicen ilusos, pero ¿qué es más iluso que pretender que las armas traigan paz y estabilidad? ¿Qué es más iluso que el espejismo de que una guerra nos traiga orden y armonía?

Es célebre la frase de Claus von Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Yo no estoy de acuerdo. Muchas veces he dicho que la guerra es la negación de la política, la guerra es la negación de todo principio por el cual se organiza nuestra vida en sociedad. No, la guerra es una derrota anticipada. Es la ceguera de quien no comprende que la seguridad del poderío militar será siempre precaria y que la única garantía de paz es la construcción de Estados fuertes, sociedades inclusivas, avenidas para el diálogo y condiciones para un mayor desarrollo humano.

Paz, no guerra. Si nos conmueve la imagen de un inocente niño ahogado en las aguas del Mediterráneo, honrémosle con la paz y no con la guerra. Si nos impresionan las columnas kilométricas de refugiados cruzando a palmos la longitud de Europa, ayudémosles con la paz y no con la guerra. Si nos preocupan cuántos jóvenes marginados pueden acabar por radicalizarse y sumarse a las filas de los yihadistas, hablémosles con la paz y no con la guerra.

Las grandes potencias están nuevamente jugando a la ruleta rusa. Debemos exigirles la facultad de dialogar. El camino de la paz puede ser más largo, más tortuoso, más incierto, pero es el único camino posible lejos del borde del precipicio.

El autor fue presidente de la República de 1986 a 1990 y del 2006 al 2010.

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