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El regreso de los sonámbulos

Actualizado el 08 de julio de 2014 a las 12:00 am

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El regreso de los sonámbulos

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PARÍS - El 28 de junio del año 1914, el archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austro-húngaro, y su esposa, Sofía, duquesa de Hohenberg, fueron asesinados en Sarajevo, desencadenando una serie de malas decisiones que culminaron en la Primera Guerra Mundial. Un siglo más tarde, el mundo se encuentra, una vez más, agitado por el conflicto y la incertidumbre. Esto se ejemplifica a través de lo que ocurre en el Oriente Medio, Ucrania, y en los mares Oriental y Meridional de China. ¿Puede una comprensión de los errores cometidos en 1914 ayudar a que el mundo evite otra catástrofe?

Sin duda, el orden mundial ha cambiado dramáticamente en los últimos cien años. Sin embargo, la creciente sensación de que hemos perdido el control de la historia, junto con las serias dudas que se ciernen con relación a las capacidades y principios de nuestros líderes, brindan cierta relevancia a los acontecimientos ocurridos en Sarajevo en el año 1914.

Hace apenas un año, cualquier comparación entre el verano de 1914 y la actualidad habría parecido artificial. El único paralelo que podría haberse hecho se limitaba a Asia: los expertos se preguntaban si China se estaba convirtiendo de manera gradual en el equivalente moderno de Alemania durante los tiempos del káiser Guillermo II; además, las tensiones regionales que se acumulaban con respecto a los reclamos territoriales de China se asemejaban, en cierta medida, a la situación en los Balcanes en las vísperas de la Primera Guerra Mundial.

En los últimos meses, sin embargo, el contexto global ha cambiado considerablemente. Habida cuenta de los recientes acontecimientos en el Medio Oriente y Europa Oriental, uno podría razonablemente decir que el mundo entero ha llegado a parecerse a Europa en el año 1914.

A decir verdad, la situación actual podría considerarse aún más peligrosa. Después de todo, hace un siglo, el mundo no estaba acechado por el fantasma de un apocalipsis nuclear. Considerando que los instrumentos para un suicidio colectivo de la humanidad todavía no se han inventado, la guerra aún se podría ver en la forma en que el estratega prusiano Carl von Clausewitz célebremente lo expresó, como “la continuación de la política por otros medios”.

Las armas nucleares cambiaron todo, como también lo hizo el resultante equilibrio de terror que previno la escalada de la Guerra Fría (a pesar de varios cuasi inicios de dicha escalada, en especial en el año 1962 durante la crisis de los misiles en Cuba). Pero, con el tiempo, la llamada “destrucción mutua asegurada” se convirtió en un concepto cada vez más abstracto.

Irán está tratando de convencer a los Estados Unidos de que un califato fundamentalista que se extiende desde Alepo hasta Bagdad plantea una amenaza mucho mayor que las armas nucleares. Ucrania, que se encuentra dentro de su conflicto creciente con Rusia, parece estar más preocupada por un embargo energético que por el arsenal nuclear de Rusia. Incluso, Japón –el único país que ha sufrido un ataque nuclear en carne propia– parece estar indiferente ante la posesión de armas nucleares por parte de China, pues asume una postura firme frente a su cada vez más poderoso vecino.

En pocas palabras, parece que la “bomba” ya no ofrece el máximo nivel de protección. Este desplazamiento ha sido impulsado, al menos en parte, por la expansión a nivel mundial de las armas nucleares. Era mucho más fácil convencer a los países para que ellos acepten un conjunto común de reglas cuando, a pesar de sus ideologías irreconciliables, en última instancia compartían una gran parte de la cultura occidental.

Aquí es donde radica la segunda diferencia fundamental entre el año 2014 y 1914: Europa ya no es el centro del mundo. Kiev, hoy en día, no se puede comparar a Sarajevo hace un siglo. Un conflicto que comienza en Europa ya no podría convertirse en una guerra mundial, sobre todo porque gran parte de Europa está conectada a través de la Unión Europea, la cual, a pesar de su impopularidad actual, hace que la guerra entre sus miembros sea un hecho impensable.

Frente a este panorama, los riesgos reales se encuentran radicados fuera de Europa, donde no existe tal marco para la paz y las reglas del juego varían ampliamente. En este contexto, la creciente angustia del mundo –intensificada por el recuerdo del asesinato del archiduque Fernando– es absolutamente congruente.

Un Estado yihadista ha surgido en el Medio Oriente. Los países asiáticos, siguiendo el ejemplo de China, han comenzado a crear islas artificiales en el mar Meridional de China para fortalecer sus reclamos territoriales en dicho lugar. Y el presidente ruso, Vladimir Putin, está persiguiendo abiertamente sus anacrónicas ambiciones imperiales. El desarrollo de estos eventos debería servir como una advertencia sobre que el mundo no puede, al mismo tiempo, evitar la verdad e impedir el desastre.

En 1914, los líderes europeos, al no encontrar concesiones satisfactorias que zanjaran sus diferencias, se resignaron a la inevitabilidad de la guerra (algunos con más entusiasmo que otros). Como el historiador Christopher Clark dijo, ellos “caminaron cual si fueran sonámbulos” hacia la guerra. Si bien el año 2014 aparentemente tiene poco en común con el año 1914, comparte una característica fundamental: el riesgo de que un entorno político y de seguridad, que cada vez se complejiza más, vaya a abrumar a líderes que no son nada excepcionales. Antes de que dichos líderes despierten y vean los riesgos, la situación podría salirse de control.

Dominique Moisi es profesor en el Institut d’Études Politiques de París (Sciences Po) y asesor sénior en el Instituto Francés de Asuntos Internacionales (IFRI). Actualmente es profesor visitante en el King’s College de Londres. © Project Syndicate.

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