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Cuando no se quiere reconocer la verdad

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Hace casi un año, asumí la presidencia de la República con el voto de más de un 1.320.000 costarricenses. Lo hice elevando la bandera del cambio y de la lucha contra la corrupción. Cansado de desigualdad, ilegalidad e ineficiencia, el pueblo de Costa Rica demandó una nueva forma de gobernar: más cercana, más transparente, más dispuesta a rendir cuentas. Y todo eso, sin desatender las realidades de un sistema político atrofiado, opaco y dominado por la cultura burocrática del “no se puede”.

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