Opinión

Sobre productos y consumidores electorales

Actualizado el 25 de abril de 2014 a las 12:00 am

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Sobre productos y consumidores electorales

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En esta última elección, seis meses antes de acudir a las urnas, apenas un 30% de los ciudadanos tenía claramente definido por cuál partido y candidato iba a votar. El otro 70% vivió una oscilación mental y emocional en busca de la mejor opción o se abstuvo de entregar su corazón político hasta los últimos días de la campaña.

Hoy sabemos que Luis Guillermo Solís fue la persona que, al final de esta larga y accidentada carrera, logró atraer a la mayoría de la gente que se había mantenido indecisa. Esos votos fueron los que le dieron la victoria en la primera ronda.

¿Qué hechos influyeron en los indecisos para dejar esa condición y terminar votando por alguno de los candidatos?

La encuesta que realizó el CIEP de la UCR después de la primera ronda electoral y que publicó el Semanario Universidad el 5 de marzo, arrojó datos contundentes y esclarecedores sobre estos temas: al preguntársele a los votantes qué factores habían incidido en su decisión de voto, virtualmente todos respondieron que habían sido los debates, los programas de opinión y de noticias, las conversaciones con parientes y amigos y las redes sociales. Es decir, la vida real.

En otras palabras, no fueron la propaganda, ni las plazas públicas, las vallas, los signos externos o las giras de la alegría (que no pudieron haber llegado más que a un puñado de ciudadanos) lo que influyó en el indeciso para dejar de serlo.

Indecisos. El indeciso es, por definición, una persona difícil de convencer. Es de elemental lógica deducir que las herramientas tradicionales de la vida electoral (propaganda, signos externos, etc.), cuyo poder persuasivo es virtualmente nulo en el elector que ya decidió por quién votar, son completamente ineficientes para variar la voluntad del indeciso. Sobran argumentos para demostrar esta evidente realidad, pero basta volver a recordar que, faltando aún pocos días para la elección, los indecisos continuaban siendo casi un tercio de los ciudadanos dispuestos a votar. En otras palabras, todas las manifestaciones electorales de todos los partidos habían sido incapaces de quebrar su indecisión.

Es importante repetirlo porque parece que algunos no quieren o no les interesa entenderlo: lo que logró modificar la mente y el corazón de los indecisos y de muchos que cambiaron su decisión original fueron las expresiones “no pagadas” del proceso electoral: los debates, las entrevistas, las noticias y reportajes, las conversaciones con la gente que lo rodea y las redes sociales.

La intensa exposición y confrontación de caracteres, historias, ideas y creencias entre los distintos candidatos, partidos y programas que se dio en este proceso electoral, finalmente se decantó a favor de Luis Guillermo Solís de manera abrumadora en la segunda vuelta por el deseo casi unánime de los costarricenses de sacar del poder al Partido Liberación Nacional, por el parricidio político del candidato Araya, por la atractiva personalidad de Solís, y la idea de cambio menos turbulento que él y su partido representaban.

Ni propaganda, ni dinero. No fueron la propaganda, ni el dinero, ni los signos externos, ni el transporte, ni la maquinaria de los partidos lo que elevó y desplomó a Rodolfo Hernández, ni lo que elevó y bajó a José María Villalta, ni lo que infló y empequeñeció a Otto Guevara, ni lo que mantuvo siempre cerca de un 30% a Johnny Araya, ni lo que hizo crecer a Rodolfo Piza, ni lo que hizo presidente a Luis Guillermo Solís. No fue la mano oculta de algunos genios capaces de escrutar el futuro, ni ninguna estrategia o propaganda prodigiosas las que fueron acomodando este ajedrez electoral. Fueron los hechos reales de la vida electoral que se divulgan boca a boca, por medio de la radio, la prensa y la televisión y de las redes sociales, los que definieron esta elección.

Afirmar que los candidatos son productos y que los electores somos consumidores es, más que una falacia, un insulto. Eso nunca ha sido cierto, y hoy menos que nunca. Quienes así opinan intentan hacer creer que poseen la llave secreta que abre el misterioso cofre que esconde la victoria electoral.

No me interesa restarle méritos reales o falsos a nadie. Pero es importante desnudar los mitos y timos porque producen consecuencias dañinas. Frente a la ciudadanía más madura y racional de nuestra historia, es una completa desfachatez afirmar que fueron convencidos por malabares y abalorios electorales.

Una parte importante de la legislación electoral y del sistema de financiamiento de partidos vigente está diseñada para fortalecer varios de esos mitos y timos. Con la lectura adecuada del extraordinario laboratorio político, sociológico y psicológico que fue esta última elección, los nuevos diputados están obligados a poner nuestra legislación electoral a la altura de la cultura cívica y democrática del pueblo costarricense.

Si alguna enseñanza debemos inferir de esta elección es que, con ciudadanos desligados mental y emocionalmente de los partidos –como lo son hoy la mayoría de los costarricenses–, ninguno de los espejitos electorales que se venden a precio de oro macizo funciona y, por lo tanto, no es cierto que un candidato pueda ser promovido como una Coca-Cola.

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