Opinión

La paradoja del cuidado y la protección de la niñez

Actualizado el 07 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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La paradoja del cuidado y la protección de la niñez

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En setiembre se celebra el día de la niñez y la sociedad se afana por comprar regalitos, organizar fiestas e inaugurar proyectos para mostrar a estas personas cuán importantes son en nuestra vida familiar y social.

Como ocurre con tantas otras vivencias y expresiones reales o simbólicas de nuestra sociedad, nunca nos preguntamos qué entendemos por niñez y si el concepto ha cambiado poco o nada.

Cuando se reúnen los padres a conversar sobre el asunto, no solo reconocen, con cierta melancolía, su dura y a veces violenta crianza, sino que aprovechan para quejarse de que sus hijos reclamen más autonomía y que les recuerden que tienen derechos, probablemente sin conocer la existencia de la Convención sobre los Derechos del Niño y el Código de la Niñez y de la Adolescencia, las cuales garantizan la igualdad de derechos entre adultos y ellos.

Estas conversaciones entre padres que uno escucha a diario en casi todos los círculos sociales muestran, más allá de tales discontinuidades jurídicas, que no ha habido muchos cambios en la forma como criamos y tratamos a nuestros hijos.

De hecho, La Nación y otros medios de comunicación no cesan de informarnos y opinar sobre las denuncias de agresión y violencia, muchas de las cuales han llegado al asesinato o a la muerte en virtud de la negligencia o el “exceso” de protección.

¿Qué ha pasado en nuestra sociedad para que ocurra tan terrible tragedia? Diríamos que no mucho.

El investigador francés Ariel, fue el primero en preguntarse acerca del concepto de niñez, y llegó a la conclusión de que es un concepto reciente y moderno. En las sociedades tradicionales no existía.

La diferenciación con las personas adultas era básicamente biológica, pues en la medida en que se alcanzaban ciertas destrezas motoras y cognitivas se incorporaban de manera natural al mundo del trabajo.

Paradójicamente, esto iba a permitirles alcanzar una mayor igualdad, que los sometió a todo tipo de riesgos y violencia, pero gozaban de libertad. La palabra protección no existía.

Hecho social. En la sociedad moderna occidental esta población comenzó a diferenciarse de las personas adultas a raíz de que fue concebido como un hecho social. Es decir, un grupo de personas distintas de las personas adultas, pero que requerían cuidado y protección.

El contexto en el que se desarrolla este proceso de diferenciación social es el de la constitución de la familia nuclear, el surgimiento del amor, tal como lo concebimos hoy, y la necesidad social de formar la fuerza de trabajo calificada para que se incorporara al proceso de modernización capitalista.

Este avance, desde una visión naturalista a una social, fue importante porque se reconoció una diferencia social que acabó con un concepto homogéneo de sociedad que atentaba contra su vida. Sin embargo, no cristalizó en la incorporación plena de la niñez a la modernidad, sino que esta se consideró un ser incompleto e inmaduro.

Ello condujo una doble pero compleja paradoja: su reconocimiento social llevó a perder esa relativa libertad que tenían cuando ingresaban a la sociedad de adultos tan pronto como desarrollaban capacidades biomotoras básicas y que les obligaba asumir responsabilidades productivas y sociales tan pronto como fuera posible, pero su diferenciación de las personas adultas los llevó a perder libertad.

Adultocentrismo. El cuidado y la protección sistemática fue, al mismo tiempo, la principal razón para que se comprendiera como “un no ser”, ya que el cuidado se basó en la idea de la vulnerabilidad e inmadurez intrínseca de la niñez y la protección adoptó el rostro de control.

La niñez fue adoptada como un ser inmaduro y transitivo, cuya protección de parte de las personas adultas, se convirtió en una herramienta para controlar y limitar su autonomía mediante la noción de posesión.

Los niños se transformaron en una posesión. Esto llevó a la subordinación de la niñez a las personas adultas, quienes se guardaron la última palabra para decidir sobre su vida, inaugurando la ingrata noción de adultocentrismo: el predominio absoluto de la persona adulta (hombres y mujeres).

La modernidad adoptó el concepto de niñez, pero no le reconoció sus avances políticos y sociales. Por esta razón, la gente se refiera a esta población como menores o personas pequeñas, para diferenciarlas no solo por su tamaño, sino, sobre todo, por su pequeñez social.

Esta concepción llevó a la valorización de la vida y de la protección de los niños pero solamente de manera subsumida. Estas personas nunca han sido parte constitutiva de la estructura de la sociedad, pues tan solo constituyen el futuro: nosotros.

Se implantó un concepto formativo, en el cual se subrayó el proceso de socialización y se desdibujó el ser.

Los afectos y el cuidado se visualizaron en función del futuro aunque dentro de un concepto de amor que fundamentaba la debilidad de la niñez y que es antinómico, ya que, al mismo tiempo, el castigo físico se legitimó: te pego porque te quiero.

Comprensión limitada. La crianza se transformó en el único espacio de relacionamiento de la niñez y perdió la temporalidad presente para proyectarla hacia los resultados sociales esperados.

Se cría para que alcance su madurez, de modo que, incluso, se valora el desempeño de los padres en función de este logro.

Transformar esta cultura implica entender a la niñez como un sujeto que es parte constitutiva de la estructura social y tiene el reconocimiento pleno de su ciudadanía y como un ser con libre albedrío, capaz de gozar y de ejercer esa autonomía.

La idea de la transitividad que conduce a privilegiar el futuro social nos limita esta comprensión tan básica y constitutiva de la realidad de cualquier persona, ya que nos hace difícil comprender la inclusión y plenitud como elementos sociales que van más allá de sus dimensiones psicoafectivas.

El reconocimiento de la autonomía conlleva varios aspectos importantes: 1) Fomentar una relación de crianza democrática fundada en una relación dialógica basada en el desarrollo de las capacidades. 2) Propiciar una convivencia familiar democrática y relacional en las que las instituciones de paternidad y maternidad se reconstituyan desde una perspectiva biosocial a un enfoque fundado en el reconocimiento recíproco. 3) Promover la participación plena y autónoma de la niñez en todos los espacios posibles.

No es una tarea fácil, pero como ocurre con el resto de los derechos humanos es una responsabilidad de todas las personas e instituciones.

Ludwig Guendel es sociólogo.

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