Opinión

‘El mismo soponcio, la misma modorra’

Actualizado el 03 de julio de 2015 a las 12:00 am

El resignado estado de letargo es grave, sobre todo, en tres pilares de la producción

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‘El mismo soponcio, la misma modorra’

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Gota a gota, las desilusiones van erosionando nuestras esperanzas. Nos vamos resignando a ser incapaces de hacer lo que es mejor. Nos quedamos esperando, nos alejamos, apenas y con dificultad, unos pasos del abismo.

Reflejando las sensaciones colectivas, Eduardo Lizano confiesa, descorazonado, su resignación a que no hagamos lo fiscalmente óptimo.

Se contentaría con que hiciéramos, al menos, lo necesario para no caer en una crisis. Está por verse.

El resignado estado de letargo es grave, sobre todo, en tres pilares de la producción: costos de energía, productividad industrial y educación técnica. El alto costo de la energía se ha convertido en una calamidad constante, como el dengue en tiempos de lluvia. Es cemento que nos arrastra al fondo, por “puritica” ideología.

En los últimos cinco años, el costo del kilovatio hora aumentó un 79% en Costa Rica. En México, en cambio, bajó un 34% en los últimos 12 meses. La electricidad de Costa Rica es un 162% más cara que en Estados Unidos, 80% más que en México y un 56% más que en Colombia.

El soponcio de políticas para apuntalar la productividad de las empresas es otra de las falencias que casi nos parecen naturales. No lo son. Los países latinoamericanos de punta tienen políticas industriales con resultados notables, desde hace años. En todos los campos de la actividad económica, tenemos una productividad mucho menor a la media latinoamericana. Pero nosotros no respaldamos nuestro aparato productivo con políticas que nos permitan asimilar las oportunidades de transferencia tecnológica que nos ofrece la presencia de multinacionales de punta. Intel vino y se fue, y no aprovechamos ni un 1% del intercambio del que, en este campo, pudimos habernos apropiado.

Educación técnica. Otro aspecto es la modorra de nuestra educación técnica. Un 64% de la fuerza laboral nacional ni siquiera tiene la secundaria completa, carece de capacidades laborales de la más elemental complejidad tecnológica y, por ello, no participa de la oferta laboral que sería estimulada por un potencial crecimiento productivo.

Una encuesta reciente de Manpower señala que el 46% de las empresas no encuentran en el mercado el personal idóneo. Pero todavía sistémicas cohortes de jóvenes abandonan o son socialmente expulsadas del sistema educativo y ponen un techo de hierro a la posibilidad de aprovechamiento de la generación de empleo de calidad.

Aquí el impacto vendría de un mejoramiento en la formación técnica. Pero nos hemos resignado a tener uno de los más bajos rendimientos educativos en secundaria del mundo, si contrastamos la baja oferta de mano de obra calificada que se le ofrece al parque empresarial con nuestra enorme inversión educativa, medida en relación con el PIB. Pero no hay manera de mejorar la educación secundaria sin personal docente debidamente evaluado. Pero esto ha sido tildado de “neoliberal”.

El sistema educativo técnico es el convidado de piedra en todo intento de progreso nacional sostenible. De piedra porque es de muy lenta evolución, de bajo rendimiento inmediato y de efectos solo a muy largo plazo. ¿Qué tal si, además, no hacemos nada para mejorarlo?

Por otra parte, y este es un factor realmente decisivo, a las carencias institucionales se les añade el desperdicio del capital instalado de conocimiento tecnológico atesorado en las empresas, que podríamos tenerlas como verdaderos centros de entrenamiento laboral, un recurso totalmente desaprovechado por no contar con un modelo de educación dual que nos provea el beneficio de este acervo internacional acumulado.

Quedó escondida de la prensa, entre mil afanes, la remisión de los proyectos de formación dual a una nueva comisión legislativa. La discusión comienza de cero. Otra esperanza erosionada.

Como cangrejos. Cinde reporta la existencia de una auténtica crisis en la oferta de recurso humano en sectores empresariales que se encuentran en la frontera tecnológica de manufactura; un faltante anual de 2.000 técnicos y 500 graduados universitarios. En servicios, faltan anualmente más de 400 graduados universitarios y 1.500 técnicos con dominio del inglés.

Todo lo contrario a un acuerdo para el cambio con visión progresista dirigida al futuro; lo que se gesta es una alianza para detenerlo todo como “pecado neoliberal”. En vez de unirse para bajar tarifas, incentivando la participación privada en la generación eléctrica, e introducir la educación dual y darle colmillos a la productividad industrial, lo que se hace es un pacto político para detener tales iniciativas y caminar hacia atrás, como cangrejos.

Hace honor al presidente Solís desmarcarse de semejante iniciativa de la dirección del Partido Acción Ciudadana, el Frente Amplio y los sindicatos de Patria Justa.

Y así, capítulo tras capítulo de la vida pública, nos vamos resignando a que empresas sigan escapando, a que las exportaciones disminuyan, a que los costos empresariales y las tarifas eléctricas crezcan, como un globo ideológico imposible de ponchar.

¿Podríamos hacer las cosas mejor? Optimista empedernida, como soy, pienso que sí. Así nos lo demuestra, por ejemplo, un país que no se resigna: México.

Este país hermano es muy cercano a nuestra historia y experimenta un fraccionamiento legislativo parecido al nuestro.

Su política ha estado corporativamente secuestrada por sindicatos poderosos. ¿Suena familiar? Que no se piense que sus sindicatos “charros” de maestros o de Pemex son menos fuertes que los nuestros.

Pero México logró un acuerdo político para exigir la evaluación obligatoria de los educadores. ¿Por qué nosotros no? México adoptó la educación dual y la está llevando a gran escala. ¿Y nosotros? México rompió 76 años de monopolio energético de Pemex y bajó las tarifas eléctricas. De política productiva, mejor no hablemos. Sospecho que en alguna parte del territorio mexicano alguien tiene los pantalones bien puestos.

A nosotros, ¿qué nos pasa? Ottón Solís tal vez respondería: “Es la misma cosa, la misma modorra y el mismo soponcio”.

Y yo le digo: ¡Así es!

Velia Govaere es catedrática de la Universidad Estatal a Distancia (UNED).

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