Por motivos que no es del caso explicar aquí, no es sino hasta ahora que escribo sobre la desaparición terrenal de Alfredo Pato Catania. Muchos piensan que la muerte todo lo borra, pero hay seres que no desaparecen nunca, aunque la vida los haya abandonado. Para eso están los que los conocieron, los que apreciamos su talento y su gran amor por el teatro. Los que disfrutamos de su amistad y de su valioso trabajo.
Conocí a Alfredo cuando, por curiosidad, asistí a una función que, junto con su esposa de entonces, Gladys, y su hermano, Carlos, presentaba en un club social, sin escenografía, sin telón, entre las mesas donde los socios de club tomaban una copa y comían algo, sin, al principio, darle mucha importancia a estos extraños seres que traían “unas historias para ser contadas”.
Carrera teatral. Y, de pronto, las conversaciones se detuvieron, se olvidaron las copas y, casi mágicamente, la atención se centró en esos mágicos actores que hacían vivir la obra de Osvaldo Dragún. Ese fue el inicio de una carrera teatral que llevó a Alfredo a los más altos puestos del teatro costarricense. Fue actor, director y profesor de la Escuela de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica, director de la Compañía Nacional de Teatro, director y propietario del Teatro de la Carpa, y, en todos los campos que trabajó, dejó una huella imborrable. Me tocó ser miembro de la Junta Directiva de la Compañía Nacional de Teatro durante todos los años en que él fue su director, compartimos muchas actividades culturales y lo acompañé a todos los ensayos de las obras que se presentaron durante ese periodo, que muchos consideran como la época de oro del teatro costarricense.
En una ocasión me pidió lo que, según me dijo, era una favor: que no lo llamara Alfredo. “Todos mis amigos me dicen Pato y vos sos mi amigo. Por favor, decime Pato”. Y así lo llamé desde entonces. Fuimos compañeros, también, en varias ocasiones, en el jurado que otorga los premios a las obras que luego se escogen para su montaje, y siempre encontré que sus razones para escoger una obra eran valederas y justas. Durante su periodo como director de la Compañía Nacional de Teatro, se montaron muchas obras muy valiosas, como Puerto Limón , de Joaquín Gutiérrez, y Esperando a Godot , de Samuel Beckett, que, increíblemente, atrajo mucho público, pues se considera una obra muy cerrada y de difícil comprensión. Dirigió también El martirio del pastor , de Samuel Rovinski, con Luis Fernando Gómez en el papel protagónico.
El teatro de Costa Rica ha tenido, desde su nacimiento, que se pierde en la bruma del pasado, diferentes periodos, como si fuera un ser humano que va desde la infancia hasta la vejez madura, pasando por la adolescencia y la juventud. Su crecimiento ha consistido en olas en las que han llegado personas sumamente valiosas, algunas de las cuales se quedaron para siempre, como Pato Catania.
Personas valiosas. Recuerdo la fugaz visita de Pedro López Lagar, quien, con su magnífica voz y su misteriosa presencia,iluminó las noches de nuestro Teatro Nacional. De España llegó la Compañía López de Vega,que deslumbró el medio cultural nuestro. Fue una admiración mutua, ya que a tres de sus integrantes –Pilar Bienert, Conchita Montijano y José Rivera– les gustó tanto el país que se quedaron cuando la compañía regresó a España. Poco tiempo después, apareció, como un ángel exterminador o como el personaje principal de Teorema, de Pasolini, Luccio Ranucci, un pintor italiano, gran amante del teatro, quien sacó el teatro universitario de las aulas y lo llevó a las grandes salas: primero, al Teatro Nacional y, luego, al Teatro Arlequín, que creó y dirigió durante dos años. De Europa también llegó Jean Moulart: trajo un aire nuevo al teatro costarricense, se casó con Pilar Quirós y llevó a cabo todos los trabajos correspondientes al teatro, dirigiendo, actuando y, sobre todo, enriqueciendo la escena costarricense. Cuando se retiró, se dedicó a cultivar la tierra, como un campesino más, en la Garita.
Huyendo de la tiranía y la opresión política, llegó una inmigración sumamente valiosa, sobre todo de Chile y, también, de Uruguay y Argentina. Casi todos se nacionalizaron y se quedaron aquí para siempre. Recuerdo especialmente a Marcelo Gaete y Sara Astica, los miembros del Teatro del Ángel, sobre todo a Lucho Barahona y, naturalmente, a los Catania.
Alfredo Pato Catania ha partido en un viaje sin regreso, pero su recuerdo vivirá siempre, mientras exista el amor por el teatro en Costa Rica.