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En memoria de Alfredo ‘Pato’ Catania

Por motivos que no es del caso explicar aquí, no es sino hasta ahora que escribo sobre la desaparición terrenal de Alfredo Pato Catania. Muchos piensan que la muerte todo lo borra, pero hay seres que no desaparecen nunca, aunque la vida los haya abandonado. Para eso están los que los conocieron, los que apreciamos su talento y su gran amor por el teatro. Los que disfrutamos de su amistad y de su valioso trabajo.

Conocí a Alfredo cuando, por curiosidad, asistí a una función que, junto con su esposa de entonces, Gladys, y su hermano, Carlos, presentaba en un club social, sin escenografía, sin telón, entre las mesas donde los socios de club tomaban una copa y comían algo, sin, al principio, darle mucha importancia a estos extraños seres que traían “unas historias para ser contadas”.

Carrera teatral. Y, de pronto, las conversaciones se detuvieron, se olvidaron las copas y, casi mágicamente, la atención se centró en esos mágicos actores que hacían vivir la obra de Osvaldo Dragún. Ese fue el inicio de una carrera teatral que llevó a Alfredo a los más altos puestos del teatro costarricense. Fue actor, director y profesor de la Escuela de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica, director de la Compañía Nacional de Teatro, director y propietario del Teatro de la Carpa, y, en todos los campos que trabajó, dejó una huella imborrable. Me tocó ser miembro de la Junta Directiva de la Compañía Nacional de Teatro durante todos los años en que él fue su director, compartimos muchas actividades culturales y lo acompañé a todos los ensayos de las obras que se presentaron durante ese periodo, que muchos consideran como la época de oro del teatro costarricense.

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