Opinión

La medida de nuestros deseos

Actualizado el 13 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Los tiempos cambian, estamos apenas en los inicios del movimiento de retorno del péndulo

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Una sorpresa se define como la reacción a lo imprevisto o incomprensible. Lo que no esperamos revela casi siempre lo que no vemos. Son los puntos ciegos del alma. Aquel lugar que nos sacude de la comodidad de lo evidente y nos debería empujar a abrir los ojos. Pero si lo mismo nos sigue sorprendiendo, eso habla más de nuestras resistencias que de la realidad que nos asombra.

La renuencia que tenemos a salir de la comodidad de nuestros marcos habituales de referencia nos deja incapaces de entender. Muchas veces hacemos pronósticos con el poco crítico instrumento de nuestros deseos.

Obstinados e inclementes, los hechos nos echan en cara nuestra propia inercia mental. Cuando una sorpresa se repite y se repite, debemos aceptar que tenemos interiorizada una resistencia a aceptar la realidad, incrustada en la construcción de nuestros supuestos de base.

Para entender, debemos comenzar por hacer una deconstrucción de aquello que, por creerlo evidente, nos dejó vulnerables a la sorpresa.

Globalización. Si el brexit, primero, y la victoria de Trump, después, fueron inesperados, es precisamente porque en las profundidades subterráneas de la realidad aparente se movían corrientes poderosas que escapaban a nuestra debida comprensión. Sería el colmo, frente al contraste que existe entre lo que ocurre y lo que esperábamos, que le echemos la culpa a la terca e insensible realidad.

La globalización, con todo lo positiva y, a la larga, definitiva que es, alimentaba y alimenta aspectos contradictorios que, al no ser debidamente atendidos, se han acumulado hasta crear una marejada que arriesga descarrilar los vagones de progreso en los que viajamos.

Si el presidente Trump fuera un fenómeno solamente local, a contrapelo de las tendencias internacionales, sus intenciones estarían condenadas al fracaso. Eso es lo que deseamos quienes defendemos un mundo abierto y colaborativo.

Por tener esos deseos, se da más peso a las encuestas que hablan de su impopularidad que a las que muestran un 40% de norteamericanos que creen que su país va en la dirección correcta. Wall Street también galopa sobre ese optimismo, mostrando que el fenómeno Trump no es pasajero.

Reacción popular. Si el triunfo de Donald Trump es un fenómeno típicamente norteamericano, también es expresión de una oleada de contragolpe internacional, como reacción a impactos negativos no suficientemente enfrentados de la globalización.

Entre ellos están la pérdida de empleos en zonas manufactureras, por movimientos de empresas en busca de menores costos. También, el universal crecimiento de la desigualdad, alimentado por la ausencia de regulación financiera. Afecta, además, el escape de las ganancias de multinacionales a paraísos fiscales.

La misma crisis del 2008 fue causada por una amalgama de estos factores y desencadenó esa oleada que hoy llega a todas las costas.

Transformación. Parte de las tendencias corresponden también a una transformación de las condiciones de eficiencia de costos asociados a la automatización en los países desarrollados. Eso refuerza una tendencia al retorno de capitales, que Trump ha prometido promover con políticas de atracción de inversiones, repatriación de capitales, alta inversión pública y privada en infraestructura, disminución de impuestos y eliminación de regulaciones.

No olvidemos que desde antes de Trump los republicanos ya habían sometido un proyecto de ley, el Border adjustment tax (ajuste de impuesto en frontera) que fomenta las cadenas nacionales en detrimento de las cadenas internacionales de valor.

Todo eso nos permite comprender el relativo optimismo de las encuestas reflejado en los mercados de valores, más bien estimulados que amenazados por las perspectivas económicas de la nueva administración.

Dentro de esas tendencias generales, cuyo peso no hemos podido o querido aceptar, la gestión de Trump juega un papel contradictorio.

En la medida en que sus políticas refuerzan tendencias preexistentes, su presidencia puede verse fortalecida. Pero la forma controversial y atípica con la que asume todos los temas crea un entorno de división y oposición, nacional e internacional, frente a su mandato.

Asuntos polémicos. Ahí entra el muro con México, el abandono de los acuerdos de París, la eliminación de regulaciones contra la contaminación de acuíferos por la explotación de carbón, el fomento de oleoductos en zonas protegidas, la prohibición de ingreso de nacionales de varios países de mayoría musulmana, el debilitamiento de la estructura tradicional de alianzas estratégicas de los Estados Unidos y el entorno de nacionalismos enfrentados que propone.

Todos esos factores forman un entorno de tensiones que están congregando, como nunca antes, una de las oposiciones sociales y políticas internas más compactas que haya tenido presidente alguno, desde la guerra de Vietnam. Esto se agrava con el enfrentamiento constante con la prensa, el desarrollo de “verdades alternativas” y la espada de Damocles de sus posibles relaciones preelectorales con Rusia.

En el campo internacional se vive el mismo panorama de alarma. El presidente del Consejo Europeo calificó la administración Trump como una “amenaza para la UE”, al nivel de China, Rusia o el islam radical.

En todas partes, interna y externamente, se incuban nuevas coaliciones de fuerzas que prefiguran un escenario inestable, totalmente diferente al que estamos acostumbrados.

Trump es el peor representante de lo mismo que propugna. Si llega a tener un final tempranero, eso no significa que termine su populismo nacionalista, sino que podría ser conducido por manos más prudentes.

Están cambiando los signos de los tiempos y estamos apenas en los inicios del movimiento de retorno de este péndulo. Eso no detendrá por siempre a la globalización, pero tendrá que renacer tomando en cuenta las falencias que nos llevaron a este impasse. Pero eso ocurrirá solamente cuando nos quitemos los lentes color de rosa que llevamos a la medida de nuestros deseos.

La autora es catedrática de la UNED.

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