Opinión

EDITORIAL

Contra el “matonismo” en las aulas

Actualizado el 13 de octubre de 2012 a las 12:00 am

El Ministerio de Educación Pública promueve la adopción de un protocolo contra el “matonismo” en las aulas

El fenómeno se ha estudiado poco en Costa Rica y es difícil saber cuántas tragedias le pueden ser atribuidas, pero la urgencia de la prevención es indudable

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El Ministerio de Educación Pública se lanzó a la lucha contra el “matonismo” en escuelas y colegios. Es una iniciativa encomiable y pretende poner fin a un largo historial de indiferencia. El fenómeno produce víctimas desde tiempos remotos, pero se le ignoraba o asumía como normal.

Las cicatrices permanecen, indelebles, en generaciones de personas sometidas a abuso a lo largo de la niñez y adolescencia. Nadie ha dejado de escuchar el relato de un niño que rehúsa ir a la escuela o finge estar enfermo con tal de escapar a sus torturadores.

El efecto del temor permanente, la humillación cotidiana y la agresión inmotivada tarda en sanar –cuando sana– y conlleva serias consecuencias, como la depresión, el mal rendimiento académico y, en casos extremos, el suicidio. Sin embargo, el reconocimiento de una relación de causa y efecto exigió estudios relativamente recientes.

Durante décadas, la agresión fue vista como un comportamiento esperable entre los jóvenes (“cosas de muchachos”) y hasta como una oportunidad para que las víctimas aprendieran a defenderse. La indiferencia de los adultos y autoridades educativas restaba al agredido oportunidades de defensa y lo dejaba a expensas de la intimidación del agresor.

La víctima pronto llegaba a entender que la denuncia solo empeoraría su situación. Los adultos a cargo omitirían la respuesta necesaria, y el agresor, sabiéndose delatado, incrementaría el ensañamiento. Así ocurrió en el caso de Ryan Halligan, un adolescente estadounidense que se suicidó en el 2003, a los 13 años. El niño pidió a su padre entrenamiento en artes marciales para enfrentar las agresiones en el colegio. El padre ofreció acompañarlo a visitar al director de la institución, pero él se negó, convencido de la inutilidad de ese recurso.

El MEP, con el programa de reciente lanzamiento, pretende establecer un grado suficiente de confianza en la reacción de las autoridades educativas para animar a las víctimas y a sus compañeros a denunciar la agresión. En las guías entregadas a los maestros, el Ministerio insiste en la necesidad de romper el acostumbrado silencio y enfrentar la violencia desde el primer indicio.

El “matonismo” intenta, mediante la agresión física o sicológica, establecer una relación de poder del agresor sobre su víctima. Es un comportamiento repetitivo; un proceso que debe ser interrumpido en sus albores por la intervención decidida de las figuras de autoridad correspondientes.

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En el mundo de las redes sociales, el fenómeno tiene su manifestación cibernética y el MEP también la toma en cuenta. Las llamadas, mensajes de texto y manifestaciones en redes sociales, muchas veces recibidas o enviadas fuera del horario de estudio, también deben ser atendidas.

El fenómeno se ha estudiado poco en Costa Rica y es difícil saber cuántas tragedias le pueden ser atribuidas, pero la urgencia de la prevención les consta a los educadores y autoridades del ramo. También a los estudiantes y padres de familia. María Paula Alfaro, una colegiala de 15 años, celebró la entrega de las guías porque “la gente sabrá como atacar estos comportamientos que sí pasan”.

El protocolo implantado por el MEP exige notificar toda situación de acoso al profesor guía o a la persona designada al efecto. La dirección del centro educativo, los padres y encargados también deben ser puestos sobre aviso.

Es obligatoria la redacción de un informe que identifique a los involucrados, describa los hechos y valore su gravedad. A partir de ahí, se diseña un plan de intervención y se les da seguimiento a las medidas acordadas.

Bien aplicado, el instructivo contribuirá a proveer a miles de niños del ambiente apacible a que tienen derecho para desarrollar confianza en sí mismos y desempeñarse en el aprendizaje. Es una tarea que los educadores deben emprender con entusiasmo.

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