Opinión

La ideología como amenaza

Actualizado el 22 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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La ideología como amenaza

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Después de muchos lustros, ha renacido en Costa Rica un partido de filosofía democratacristiana. Lo logró un solitario quijote cartaginés, de apellidos Redondo Poveda, quien fue electo único congresista en representación de la nueva Alianza Demócrata Cristiana (ADC). Reflexionando sobre ello, recordé los escritos de Luis Barahona Jiménez, filósofo y padre intelectual de la democracia cristiana costarricense. Don Luis sostenía que no es posible un estadista, si antes este no domina el conocimiento de los principios filosóficos sobre los que se basa la actividad política, la organización del Estado y la sociedad.

Filosofías políticas abiertas. Como buen filósofo, don Luis había optado por la democracia cristiana, pues prefería las filosofías políticas abiertas antes que las ideologías. Sabía que solo las sanas corrientes filosóficas ofrecían el saber práctico que se requiere para resolver los problemas impuestos por el devenir histórico, y que la política no debe sujetarse a un recetario supersticioso de fórmulas, como sucede con las ideologías. Una filosofía política sensata no ofrece recetas. Solo es guía para discernir el camino y escoger entre el conjunto de arbitrios que, para cada caso concreto, se ponen en práctica intentando el bien común. Se limita, pues, a ofrecer un marco dentro del cual se desata la inspiración de un buen estadista, que es el poder extraordinario con el que el gobernante intuye el destino de los pueblos y atisba las sendas para transitarlo. Al final del camino, solo el tiempo lo puede juzgar.

Sin embargo, esa inspiración es imposible en una mente obnubilada por los prejuicios y las supersticiones ideológicas Y es que la ideología es un condicionamiento, una programación mental. Independientemente de que sus enunciados se ajusten, o no, a la realidad, lo esencial es que cumplan una función directiva del comportamiento. Sean o no justificados sus predicados, al final resultan un conjunto prescriptivo y sistemático de conductas condicionadas por una fuerte carga emotiva.

Como bien lo reclamó el pensador mexicano Luis Villoro, la ideología es un conjunto de creencias que responden al interés particular de grupos afanados en obtener poder. Aunque estas no siempre son irracionales, no pueden invocar una justificación suficiente para que su supuesta verdad se acepte con razonable seguridad. Sabemos que hay creencias falsas, incluso algunas que, por injustas, son evidentemente falsas y, por eso, no tienen fuerza social. Pero, en el caso de la generalidad de las falacias ideológicas, estas sí se aceptan como verdades incuestionables solo por el objetivo político que arrebatan.

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Las ideologías dan por sentadas convicciones que, en la gran mayoría de los casos, no tienen fundamento en la realidad. A pesar de ello, los activistas de las ideologías logran que sus razones venzan a otras mejores, como son, por ejemplo, las razones estadísticas. La falacia ideológica no necesariamente se levanta intencionalmente. No siempre es un engaño consciente. Por eso es difícil confrontarla. Quien está sometido a las supersticiones ideológicas, las abraza con sincera ingenuidad. Por eso son un yugo difícil de vencer. La única forma de desenmascarar la falacia ideológica es descubriendo los intereses propios de quienes las promueven.

Un espejismo. La ideología es un espejismo que satisface las necesidades de identidad colectiva, de reconocimiento y cobijo. Por eso, los jóvenes son los que fácilmente caen en las redes que lanzan los ideólogos. Ahora bien, para que la superstición ideológica alcance éxito social y justifique su intención de acceder al poder político, es necesario que quienes la prohíjan estén convencidos de que aquello en lo que creen será en beneficio de todos. Y, por promover quimeras que al final del camino solo son intereses, la ideología es un engaño. Dichos intereses político-ideológicos llegan al extremo de presentar como verdades creencias que la misma realidad contradice, o que son, incluso, irracionales.

Surgidas a partir del marxismo del siglo XIX, las doctrinas ideológicas más peligrosas tienen su matriz en las teorías del materialismo determinista y de la lucha de clases. El denominador común de todas sus variantes está en dos elementos: conciben mal el desarrollo humano a partir de la progresiva acumulación de poder en el Estado y, por otra parte, son doctrinas omnicomprensivas de la historia y de la sociedad, lo cual las hace necesariamente falaces. Para sus adeptos, esos dogmas materialistas son un recetario indispensable para ejercer el poder, tanto para alcanzarlo como para mantenerlo. Para los políticos dominados por esas supersticiones, las políticas públicas son eficaces en tanto apliquen al pie de la letra tal recetario. Antes que surgieran los materialismos de la época moderna, la humanidad no conocía tal culto por una razón totalizadora. No existían las complejas y omniabarcadoras teorías que imponen los materialismos de hoy.

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Equilibrio. Las naciones gobernadas por corrientes de pensamiento sustentadas en sanas filosofías políticas abiertas, como la democracia cristiana, la moderna socialdemocracia de raíz europea o el socialcristianismo, han aspirado siempre a establecer el equilibrio que mantenga a raya esa voraz propensión totalizadora del Estado. Sin perder de vista la perspectiva de su responsabilidad rectora, una sana filosofía política abraza firmemente la idea de un Estado de dimensiones y gasto controlados. De tal forma que se estimule el emprendedurismo empresarial y la iniciativa de los ciudadanos fuera del Estado.

Sin embargo, en un 40% de la conformación de nuestro nuevo Parlamento, detecto con profunda preocupación un discurso contaminado de ideología. Tengo la percepción de que muchos pretenden ir contravía del camino sensato hacia una mayor acumulación de poder público. Todo ello, en detrimento del ciudadano que lucha desde fuera del Estado y que, al final, se ve obligado a sostener dicha incontenible entelequia devoradora en crecimiento.

Por esa preocupación, y en relación con la definición presidencial aún pendiente, me parece importante que don Luis Guillermo Solís –a quien, en lo personal, le guardo un especial aprecio– explicite de alguna forma, con mayor precisión, las declaraciones que dio a este periódico el pasado 13 de diciembre. En ellas alude a las supuestas bondades de un Estado grande. Conocedor de la sensatez de don Luis Guillermo, y de la potencial influencia que sus declaraciones tienen en la educación del pueblo, es importante que deje claro a qué se refiere con ello.

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