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Los ideales de la República

Actualizado el 26 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Somos una nación cuyos traumas nos enseñaron a apegarnos al derecho, a la igualdad y a la verdad

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Un síntoma característico de descomposición cultural de una república es la pérdida del sentido de gratitud hacia sus próceres. Una actitud crítica de las sociedades enfermas es que devalúan el reconocimiento al mérito cívico. En sentido contrario, las naciones prósperas y cultas le dan importancia capital al ejercicio de incentivar las virtudes patrióticas.

De hecho, en esas naciones se hace un sano culto alrededor del civismo. Reconocen que la fuerza moral es el mayor capital de una nación, y así es necesario impregnar tal vocación al ejercicio del poder.

El civismo es una vocación que en una sociedad debe ejercitarse constantemente, de lo contrario, se entroniza su antónimo, el cinismo. Tanto así, que las naciones cultas destinan buena parte de sus recursos a exaltar las virtudes patrióticas, mediante visibles símbolos externos: monumentos, guardias de honor, santuarios cívicos.

Allí los ciudadanos, especialmente los jóvenes, disfrutan de espacios y símbolos visuales de recogimiento, en agradecida reflexión, meditando respecto de las jornadas heroicas y los sacrificios que sus ancestros hicieron para conquistar lo que disfrutan.

El expresidente Julio Acosta sostenía que donde hay gloria no hay paga, y donde hay paga no hay gloria. Pero la paga a la que se refería, aquella que mina la gloria, es la paga en dinero.

Por demás, eso no significa que el prócer no deba ser retribuido. En lo restante, la paga es precisamente la gloria, pues los pueblos agradecidos pagan con tributo de honor y reconocimiento.

Si no es el cultivo de la memoria agradecida de un pueblo, entonces, ¿cuál es la retribución que incentiva al idealista? La inscripción en la estatua a León Cortés refleja el propósito esencial de todo monumento cívico: “Al estadista, el pueblo agradecido”.

Paseo de los Estudiantes. Insisto, si la posteridad histórica no reconoce los méritos a sus héroes y próceres cívicos, ¿qué incentivo tiene la juventud para forjar los grandes ideales ciudadanos? Un triste ejemplo de la falta de memoria y cultura patriótica es lo sucedido con nuestro ya inexistente paseo de los Estudiantes. Si no logramos restituir ese paseo, lo que las futuras generaciones nunca sabrán es que se denominó así en memoria de la gesta que protagonizaron los estudiantes de principios del siglo XX para confrontar la dictadura de los hermanos Tinoco.

Lean nuestros jóvenes al historiador Eduardo Oconitrillo para comprender la importancia y el porqué de aquel paseo ( Los Tinoco. ECR, 1980) Y aquí no se trata de demeritar la encomiable iniciativa sobre el barrio chino que ejecutó la Municipalidad de San José. No quepa duda que exaltar el aporte de la colonia china a nuestra nación es una decisión acertada de nuestro alcalde, pero en resguardo a nuestra memoria patriótica, a corto plazo, la Municipalidad puede trasladar la ubicación del barrio chino y restaurar el paseo transformándolo en un espacio cívico en homenaje a los patriotas de esa gesta.

Restaurar. En momentos de crisis de la cultura, ¿por qué es esencial restaurar la vocación cívica nacional? Porque lo que fundamentalmente la crisis de la cultura amenaza son los ideales y valores de la república.

Extirpemos el mito de que los ideales republicanos costarricenses son producto de una suerte de graciosa concesión de la diosa fortuna y que Costa Rica fue un idílico Shangri-La, de donde derivamos todas nuestras libertades, derechos e instituciones democráticas.

Para el que supone esto, hago un breve recuento de lo que registra nuestra historia nacional. Desde abril de 1823 y hasta el año 1949, fecha en la que ocurre el “cardonazo” –la última intentona militar para derrocar a un gobernante costarricense–, Costa Rica había sufrido, para ser exactos, setenta y cuatro quebrantamientos, ya sea contra el orden constitucional o las autoridades instituidas.

El siglo XIX y la primera mitad del siglo XX fue un período pletórico en guerras fratricidas, derrocamientos militares, golpes de Estado, fusilamientos, caídas de constituciones y nuevas proclamas constitucionales. La sangre derramada en los campos se inaugura con la guerra de 1823. San José y Alajuela, republicanos, avanzan contra Cartago encontrándose de forma sangrienta y fratricida en Ochomogo. Fue el primer dolor de parto en favor de la República.

Por cierto, de forma ingrata, nuestra sociedad ha olvidado al primer héroe de esa gesta: Gregorio José Ramírez, líder republicano. Apenas doce años después de esos hechos, las fracturas localistas protagonizan un nuevo baño de sangre, cuando Cartago, Heredia y Alajuela se levantan en armas contra el gobierno de Braulio Carrillo.

Súmense a las constantes intentonas y derrocamientos varias invasiones a nuestro territorio por parte de fuerzas extranjeras. En 1836, el gobierno colombiano del general Santander invade Costa Rica y se apropia de Bocas del Toro. En ese mismo año, a Liberia se le otorga el rango de ciudad, por su lealtad y heroísmo al repeler fuerzas invasoras desde Nicaragua, que pretendían apropiarse de Guanacaste.

Como todos sabemos, veinte años después, la invasión vendría de fuerzas militares filibusteras del sur confederado de los Estados Unidos. Allí Juan Rafael Mora se hizo gigante. Aquí también nuestra sociedad fue, y sigue siendo, ingrata con su memoria, conducta que es peligrosa, pues las sociedades que olvidan a sus prohombres invocan para sí los demonios de un futuro sombrío.

Partos dolorosos. Así pues, es claro que ninguna de nuestras instituciones, ni libertades, han sido gratuitas. Estas han sido el resultado de partos dolorosos. Es con dolor que Costa Rica ha forjado sus grandes ideales republicanos. Tener siempre presente esos ideales es un ejercicio cívico indispensable.

Citemos solo algunos de ellos. Somos un país combativo por los valores de la dignidad humana. Tanto así que, históricamente, hemos afirmado una política exterior que ha optado por los débiles y vulnerables cuando son sojuzgados por las satrapías y dictaduras, y, con ello, una tradición de censura a los extremismos ideológicos.

Permanentemente, hemos optado por la libertad, y desde la segunda mitad del siglo pasado, asumimos una vocación antimilitarista; además, somos una nación cuyos traumas nos enseñaron a apegarnos al derecho, a la igualdad y a la verdad. Una nación con una firme identidad espiritual, aunque también respetuosa de otros credos.

En síntesis, una nación de colonos e inmigrantes, campesinos y educadores, que ante los embates del destino, una y otra vez, han decidido escoger el camino de la concordia.

El autor es abogado constitucionalista.

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