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La fiebre por la novela

Actualizado el 15 de agosto de 2016 a las 12:00 am

Hacia el año 1820, el valor mínimo de una novela era igual o superior a un peso

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Mucho antes de los pokémones, estuvieron las novelas. En el siglo XVIII, especialmente en su segunda mitad, la fiebre por la lectura de novelas empezó a extenderse por Europa y América, proceso que se intensificó a inicios del siglo XIX.

En Costa Rica, que era un área marginal del imperio español, circularon pocas novelas durante la época colonial. Tal escasez se explica porque la población era pequeña, predominantemente campesina y rural, y una proporción muy alta de los habitantes no estaba alfabetizada.

A la estrechez del mercado cultural, agravada porque no existían círculos de intelectuales ni de profesionales, se sumaba el hecho de que buena parte de las novelas estaban prohibidas por la Iglesia católica y, además, eran caras.

Hacia 1820, el valor mínimo de una novela era igual o superior a un peso, en una época en que los salarios de los trabajadores agrícolas fluctuaban entre 3 y 5 pesos al mes, y un maestro podía ganar alrededor de diez pesos mensuales.

Despestañados. Después de la independencia (1821), la situación empezó a cambiar, primero por la expansión inicial de un sistema público de educación, la formación de los primeros círculos de intelectuales y profesionales y por las nuevas oportunidades posibilitadas por la libertad política y por el libre comercio.

La introducción de la primera imprenta al país en 1830 y la publicación de periódicos reforzaron los procesos anteriores, al propiciar la configuración de una incipiente esfera pública.

Fue precisamente en uno de esos periódicos, el Noticioso Universal, donde se publicó un artículo, en diciembre de 1833, que sugiere que por entonces la fiebre por la novela ya se había desatado en el país.

Según su autor, debido a “la tolerancia inmensurada” de las autoridades, Costa Rica estaba “llena de libros, no solo inutiles, sino perjudiciales”, entre los cuales destacaban, por supuesto las novelas. Tales obras atraían particularmente a “jobenes de uno y otro sexo”, quienes se despestañaban por leer “libros de novelas” (nota: en las citas textuales se conserva la ortografía original).

Brecha. Al enfatizar que la fiebre por la novela tenía un especial impacto entre los jóvenes, el artículo referido sugiere que, en torno a la lectura de esas obras, pudo haberse dado el primer conflicto generacional ocurrido en Costa Rica.

Fuentes periodísticas de la década de 1840 insisten en que se trataba de una práctica asociada principalmente con los jóvenes (se sospechaba que los aprendices que laboraban en las oficinas públicas leían novelas en vez de trabajar).

La composición de la biblioteca del célebre bachiller Rafael Francisco Osejo (que vino a Costa Rica contratado como rector de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás en 1814) permite aproximarse, desde otro ángulo, a esa ruptura generacional.

En 1828, cuando tenía casi 40 años, la biblioteca de Osejo estaba compuesta por 80 títulos y las dos únicas novelas presentes eran Historia de Carlos Grandison (1753), de Samuel Richardson, y El evangelio en triunfo (1797) de Pablo de Olavide.

Ciertamente es posible que por su formación universitaria Osejo compartiera algunos de los prejuicios de los hombres ilustrados de entonces con respecto a las obras de ficción, pero también es claro que su juventud transcurrió antes de que la lectura de novelas se expandiera en Centroamérica.

“Lecturamanía”. La presencia femenina entre quienes se despestañaban por leer novelas es un dato que coincide con lo que ahora se conoce acerca de la asistencia de niñas a la escuela desde antes de la independencia de Costa Rica y de mujeres que laboraban como maestras ya en la década de 1820.

Tampoco es una sorpresa que jóvenes mujeres, pertenecientes a familias acomodadas de las incipientes ciudades costarricenses de entonces, destacaran entre quienes leían novelas. Experiencias similares han sido documentadas para diversos países de Europa y América desde el siglo XVIII.

De hecho, la afición excesiva por la leer –la “lecturamanía” de la segunda mitad del siglo XVIII– se asoció claramente con la lectura femenina de novelas (una proporción considerable de esas obras también fueron escritas por mujeres).

Tal fenómeno condujo a que la lectura en exceso, en particular de novelas, fuera considerada una patología. Dicha tendencia fue reforzada por el extraordinario impacto mediático que tuvieron Las penas del joven Werther (1774) de Johann Wolfgang von Goethe y los suicidios cometidos en conexión con la lectura de esa novela.

Mujeres. Las preocupaciones masculinas por la lectura femenina de novelas también se manifestaron en Costa Rica. En un artículo igualmente publicado en el Noticioso Universal en enero de 1834, se recomendaba a las jóvenes leer, en vez de novelas, libros históricos como el Discurso sobre la historia universal (1681) de Jacques Bénigne Bossuet.

De esta obra se afirmaba que, “además de interesar tanto como la novela más bien imaginada, ofrece la ventaja de presentarnos á cada paso la divinidad como el gran motor de los sucesos humanos. Es imposible leerla sin… fortificarse en los sentimientos religiosos”.

Inicialmente, a los hombres les preocupó la lectura excesiva de novelas porque distraía a las mujeres de sus responsabilidades domésticas, pero esa inquietud pronto adquirió nuevas dimensiones, como se evidenció en un artículo titulado “La mejor de las mujeres”.

Publicado en España en 1837 y reproducido por el Mentor Costarricense en marzo de 1845, ese artículo indicaba: “la que hace felices á su esposo i á sus hijos apartando al uno del vicio i guiando los otros á la virtud es infinitamente mas estimable que la heroina de una novela cuya única ocupacion se reduce á esparcir la muerte en torno de ella con los dardos de su aljaba ó de sus ojos”.

Así, además de distraerlas de sus deberes domésticos, las novelas podían distanciar a las mujeres de los valores tradicionales, al ofrecerles modelos femeninos que les permitían afirmar su propia subjetividad y las invitaban a transgredir las convenciones dominantes.

Masculinización. Hacia la década de 1840, la fiebre por la novela experimentaba dos cambios fundamentales. El primero consistió en el desplazamiento paulatino de la novela epistolar, característica del siglo XVIII, por la novela moderna del siglo XIX.

La segunda transformación fue que la lectura de novelas se masculinizó de manera decisiva. Todavía en un artículo publicado por el Mentor Costarricense en junio de 1845, se indicaba que el que quisiera “divertirse” podía leer a novelistas como Walter Scott y Paul de Kock. La explícita referencia a un lector masculino no era casual: por entonces hombres de sectores medios y acomodados urbanos se habían convertido en entusiastas lectores de novelas.

En tales circunstancias, no sorprende que, desde finales de la década de 1840, algunos periódicos costarricenses empezaran a publicar por entregas novelas de autores como Víctor Hugo y Alejandro Dumas.

Tal proceso culminó hacia 1857, cuando en San José fue abierta la primera librería: la de la “Imprenta del Álbum”. Dicho establecimiento disponía de una amplia colección de novelas y, en el futuro cercano, inauguró un sistema de alquiler de libros de cobertura nacional.

El autor es historiador.

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