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Una deuda con las mujeres

Actualizado el 27 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

Existe un estrecho vínculo entre la inclusión económica de las mujeres y sus derechos sexuales

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La desigualdad entre hombres y mujeres tiene crudas manifestaciones en el plano económico. Los datos de la Encuesta Nacional de Hogares revelan la existencia de una enorme brecha salarial: en cargos iguales con los mismos niveles de calificación, las mujeres ganan en promedio un 27% menos.

De los hogares en condición de pobreza, un 35,7% tienen jefatura femenina. Por otro lado, los datos de la tenencia de la tierra señalan que de las fincas registradas a nombre de una persona física solo el 15,6% son propiedad de mujeres, es decir, el 84,4% son propiedad de hombres.

Además, la distribución desigual de las labores del hogar es evidente. De las personas fuera de la fuerza de trabajo por obligaciones domésticas, un 98% son mujeres.

Esto se relaciona con una realidad desafiante para el país: mientras que el 71% de los hombres en edad de trabajar se encuentran en el mercado laboral, la tasa de participación laboral de las mujeres es del 43%. Estos niveles de participación son particularmente bajos si se les compara con países como Brasil, Chile o Colombia, cercanos al 60%.

Exclusión. Es evidente que Costa Rica tiene una deuda con las mujeres. Más de la mitad de la población femenina en edad productiva se encuentra excluida del mercado de trabajo. Así se desaprovecha su aporte potencial y se le condena a la dependencia. El fenómeno es aún más delicado si consideramos que en el quintil de menor ingreso la tasa de participación femenina es cercana al 30%. La exclusión golpea doble a las mujeres más pobres.

Atender esta realidad representa una obligación moral derivada del compromiso con la equidad, también es una oportunidad que permitiría al país incidir en la pobreza generando crecimiento económico e inclusión. Para lograrlo, es necesaria una agenda clara y concreta.

La distribución desigual de las obligaciones domésticas excluye del mercado laboral a miles de mujeres. En este sentido, la ampliación de los servicios de cuidado para adultos mayores, personas con discapacidad y niñez debe ser una prioridad.

En este último punto, el país ha dado grandes pasos con la Red de Cuido. Sin embargo, los esfuerzos están muy lejos de ser suficientes, la cobertura de la red no llega ni siquiera al 10% de la población entre 0 y 6 años. Es indispensable una inversión vigorosa para avanzar hacia la universalización.

Vínculo. Pese a la negativa de algunos sectores por reconocerlo, existe un estrecho vínculo entre la inclusión económica de las mujeres y sus derechos sexuales. Esto responde a un fenómeno evidente: los hombres no quedan embarazados, las mujeres sí. De modo que es absurdo hablar de la inclusión laboral sin abordar el tema.

En nuestro país, el 47% de los embarazos entre los 15 y 49 años son no deseados, lo que implica para miles de mujeres cambios en sus planes de vida que las obligan a abandonar el mercado laboral. Por esto es clave reforzar los programas de educación sexual del MEP y ampliarlos a primaria, décimo y undécimo, de modo que las jóvenes cuenten con más herramientas para decidir sobre sus vidas.

Es fundamental robustecer los servicios de salud sexual y reproductiva de la CCSS, pues existen aún importantes brechas de acceso. Más aún, es necesaria una política activa que permita a la institución salir a brindar los servicios de salud reproductiva a las mujeres en lugar de esperar a que se acerquen a los centros de salud.

En esta línea es clave ampliar las opciones anticonceptivas disponibles. Se debe habilitar la distribución de la anticoncepción oral de emergencia, una medida que tendría un impacto importante y positivo.

Educación. Estas acciones permitirían generar las condiciones necesarias para la inclusión de miles de mujeres en el mercado laboral, pero faltaría aún un elemento fundamental: políticas educativas que les permitan obtener formación para vincularse a un mercado laboral que demanda mayores niveles de calificación, pero que ofrece una amplia gama de oportunidades en áreas técnicas o ligadas al manejo del inglés.

Y es en este campo donde las instituciones costarricenses parecieran tener la mayor dificultad pese a la enorme inversión que hacemos.

Está claro que Costa Rica tiene una gran deuda con las mujeres. Esta deuda es hoy una oportunidad de oro que no podemos desaprovechar.

Con la inclusión laboral de las mujeres gana todo el país, pero para alcanzarla es necesaria una agenda clara que nos permita construir una Costa Rica con oportunidades para todos.

El autor es economista.

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