Opinión

Los despistes de Montaner

Actualizado el 14 de octubre de 2015 a las 12:00 am

La doctrina social de la Iglesia ofrece criterios de acción, y nosoluciones técnicas

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Los despistes de Montaner

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Es un poco provocador de hilaridad mirar cómo la gente es osada, sobre todo, cuando se deciden a referirse a temas que no manejan, sobre la premisa de que nadie va a desnudar sus errores.

Es el triste caso de un texto de Carlos Alberto Montaner, publicado en La Nación el pasado domingo 11 de octubre, en la sección de Opinión y titulado “Los cinco errores del Papa”.

Desde 1891, la Iglesia ha ido dando forma a la doctrina social de la Iglesia (DSI), un cuerpo conformado por algunos principios permanentes y otras muchas afirmaciones que, con el tiempo, han ido cambiando.

Nadie, por tanto, ha pretendido que se trate de un cuerpo totalmente lineal y progresivo en todos los temas, pues nunca ha estado esa intención en la mente de los pontífices romanos ni en las intenciones de las otras fuentes de esta doctrina social, entiéndase por ellas concilios, sínodos universales o locales, asambleas regionales o episcopados nacionales.

Sobre los cinco puntos que toca el Sr. Montaner, esto es, noción de propiedad, de bien común, salario justo, distribución universal y equitativa de los bienes y austeridad con un nuevo estilo de vida más sustentable, me parece que los únicos disparates que encuentro son los del autor cubano que no soporta la cercanía de tres papas a un régimen al que odia visceralmente.

Respuesta eclesial. Cuando la DSI comienza a formularse, en medio de la realidad europea marcada por los extremos liberales y marxista, los esfuerzos de los primeros escritos iban dirigidos justamente hacia esa realidad y a ser respuesta a la masa obrera que necesitaba una palabra eclesial de frente a un extremo que los oprimía o a otro que los utilizaba como “carne de cañón”.

Los pontífices León XIII, Benedicto XV y Pío XI emprendieron la ruta inicial plantando cara a dos modos de ver la realidad desde una perspectiva profundamente anticatólica.

Los choques fueron constantes e intensos. Igualmente dura sería la experiencia contextual marcada por las guerras mundiales, algunas revoluciones y la difícil prueba pasada por algunas iglesias locales como, por ejemplo, la española entre 1936 y 1939.

Pío XII tuvo que enfrentar otros contextos, y el ambiente de guerra fría obligó a enfoques diversos sobre temas antiguos y nuevos a Juan XXIII, Pablo VI y, luego, a Juan Pablo II.

Punto por punto. El tema de la propiedad, por ejemplo, fue evolucionando con el tiempo. No es, en definitiva, lo mismo leer sobre esta materia a León XIII en Rerum novarum que a Juan Pablo II en Sollicitudo rei socialis.

Cada uno miró el asunto en el marco de realidades diferentes. Para uno, una cuestión intocable; para otro, en cambio, un tema relacionado con la función social de la propiedad. Esta condición evolutiva de algunos aspectos abordados por la DSI, en cuanto reflexión acerca de la dimensión más social del evangelio, puede que alguien se la pueda explicar algún día a Alberto Montaner.

Con respecto al bien común hay que hacer ver que este se lee como el conjunto de condiciones internas y externas que permiten ir al ser humano de una situación menos humana a otra más humana. Está más que claro que Montaner no ha leído nunca el corpus de la DSI.

Lástima que sea así porque ello le hubiera permitido hasta evitar describir el bien común del modo tan triste como lo hace en el artículo de marras.

El salario justo ha sido un tema de siempre. Y siempre se ha visto como una realidad que dice tener relación con la situación global del obrero. Se ha de considerar su situación familiar, su desempeño y lo que el obrero y la parte contratante puedan acordar en el marco de la realidad de cada ámbito nacional o regional.

Se desprende la justicia del equilibrio que ha de darse entre la realidad objetiva y el interés subjetivo. De nuevo Montaner muestra su despiste.

En cuanto al destino universal de los bienes se nos pone ante un principio de siempre y con profundas raíces escriturísticas y patrísticas. No se puede transigir: lo que falta a algunos es porque otros lo acumulan injustamente. Leer a Ambrosio de Milán le vendría bien al escritor cubano al que nos referimos.

Finalmente, la cuestión de la austeridad y un estilo de vida más sustentable. Lo dicho por Francisco en Laudato si, recientemente, y la realidad que nos rodea nos dice que no podemos ponernos románticos ni defender lo indefendible.

O dejamos la presente cultura del descarte o no hundimos. Y si para ello hay que afectar algún PIB nacional, pues parece que se debe hacer en justicia.

La DSI ofrece criterios de acción y no soluciones técnicas. En un dato básico de teología moral social. Aunque no es magisterio extraordinario sí obligan los textos pontificios sobre temas sociales a la atención respetuosa e inteligente de los fieles.

Solo nos queda una cosa: procurar conocer mejor, más que los cinco errores del Papa, los despistes dramáticos de Montaner sobre lo esencial de la DSI.

El autor es presbítero, director del Centro Cultural Encuentro.

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