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¿Qué deben probar los incrédulos?

Actualizado el 17 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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¿Qué deben probar los incrédulos?

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En la Revista Dominical de La Nación , el pasado 19 de enero, Jacques Sagot publicó un artículo intitulado: “El falso ateo y el falso creyente”, dedicado a caracterizar y criticar a cierta clase de aquellos que creen o no en la existencia de una divinidad. No analizaré los puntos centrales de dicho artículo. Me concentraré en una idea ahí presentada: “Podrían [los incrédulos] ser más humildes, y decir ‘No he encontrado a Dios, pero de ello no infiero ni pretendo que no exista’. No universalizar su sentir [más adecuadamente, su opinión]”.

Con esta frase y algunas otras, el autor parece sugerir que el incrédulo asumiría una mejor posición (‘sería más humilde’) si, ante su imposibilidad de demostrar la existencia del ente divino (i.e. ‘no encontrar’ a Dios), no infiriera que no existe. Consiguientemente, que para aseverar la inexistencia del ente divino, hay que demostrarla; caso contrario, ‘lo humilde’ es no afirmarla.

Suponiendo que mi interpretación sea correcta, dicho razonamiento es falaz. Es un caso, más o menos solapado, de lo que en lógica se denomina desde antaño falacia ad ignorantiam o falacia por la ignorancia. Este error en el argumento consiste en sostener que una afirmación es verdadera porque no se ha demostrado su falsedad. Consecuentemente, quien cae en la falacia considera que se equivoca aquel que no demuestra la falsedad de una afirmación sobre la existencia de algo.

En el caso analizado, se supone que debe demostrarse la falsedad de la afirmación sobre la existencia de Dios o –más corto– que debe demostrarse que Dios no existe. Si no, es poco humilde afirmar que no existe el ente divino solo porque no se lo encontró.

Se considera a esta clase de argumentos falaces por principios lógicos fundamentales. Negar que sean falacias conlleva la consecuencia ridícula de que –debido a que no se puede demostrar su inexistencia– son correctas afirmar la existencia de toda suerte de entelequias. Así, la realidad de lestrigones, Cthulu, de fantasma e hipocampos se podría sustentar, pues probar (lógicamente) su inexistencia es imposible. Y serían más humildes los incrédulos si no los negaran. El razonamiento de Sagot tiene una estructura lógica semejante a la de estos argumentos sobre seres mitológicos y/o de fantasía.

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En cambio, lo correcto es que la responsabilidad de probar que algo existe cae sobre quien lo afirma. Así, refutar las pretendidas pruebas de la realidad del ente divino es suficiente para afirmar racionalmente su inexistencia. Precisamente, eso es a lo que se dedicaron pensadores no creyentes como Russell, Sartre y Dawkins. Consecuentemente, desde una moral intelectual racional, quien afirma la inexistencia del ente divino, tras refutar sus demostraciones, no se comporta poco humilde o inadecuadamente.

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