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Verde, no te quiero verde

Actualizado el 14 de febrero de 2017 a las 12:00 am

Las ciudades, sobre todo San José, carecen de parques o frentes boscosos

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Al este de San José queda una esperanza. Todavía. ¿Cuál vecino de Montes de Oca o Guadalupe no conoce el bosquecillo que verdea al norte de la carretera a Sabanilla o, para más señas, el campo deportivo de la Universidad de Costa Rica (UCR)? También hay otros puntos boscosos entre Guayabos, Granadilla y Curridabat, inusitados en el hervidero de cemento, pero a punto de ser engullidos por la ciudad.

Aun así, en contraste con la urbanización descabellada en todo el país, en la UCR se han conservado las fincas 3 y 4 con vegetación y muy bien atendidas.

Tal como lo sufrimos a diario en nuestro país, el crecimiento de San José y otras ciudades, no menos que el diseño de rutas, la circulación y los transportes, se han regido por los intereses inmediatos, sin guardar un equilibrio razonable o que obedezca a estándares internacionales entre espacios verdes y construcciones.

Así, las calles no se ajustan al movimiento de vehículos, ni las soluciones de transportes son eficientes. Las ciudades, sobre todo San José, carecen de parques o frentes boscosos proporcionados a la cantidad de espacio construido; tampoco se atisba plan alguno por conservar los restos sin construir que aún subsisten quién sabe por qué azar benefactor.

Desprotección.Basta detenerse en el mapa del Valle Central en su conjunto y por sectores, para ver cómo ha ido triunfando el demonio. Uno soñaría aun con milagros si nuestra política fuera más activa en cuestiones de ambiente, sobre todo con posterioridad al gobierno de Oduber.

Este tuvo la lucidez de comprender la propuesta de los biólogos e instaurar los parques nacionales y las zonas protectoras. Desde entonces, si no estoy mal informado, pocas cosas de gran alcance se han hecho (no incluyo aquí la reforestación con fines comerciales, que es significativa, ni algunas iniciativas de protección privadas); más bien se destacan errores como el de Crucitas o la negligencia con respecto a los puentes biológicos. Solo un ejemplo: la carretera a Limón rompe en dos el Braulio Carrillo, sin pasos para que la fauna migre de una parte a otra. Y, por añadidura, según la información que he podido ver publicada en relación con los planes del canal seco, no se mencionan tampoco los puentes biológicos, a pesar de que la ruta atravesaría regiones de valor ambientalista.

La finca de deportes de la UCR, al norte de la imposible calle a Sabanilla –campo de batalla de monstruos y víctimas bien agarrados al volante– encarna una fracción del milagro conservacionista con el que soñamos muchos costarricenses.

En esta isla verde sobreviven aves y otros animales y una variedad notable de flora. La comunidad tiene acceso a ella para recrearse y hacer deportes. Sin embargo, este pulmón natural parece frustrarse con los planes de expandir el crecimiento físico de la Universidad hacia ahí.

Las construcciones acabarán con parte de la flora, inundarán el paisaje de cemento, aparte de que se reducirán superficies de absorción de aguas pluviales y se complicará la circulación ya de por sí delirante.

La escuela de Biología de la Universidad se ha pronunciado sobre los efectos irreversibles que pueden preverse. Los críticos del proyecto insisten en que podría haber otras soluciones constructivas en beneficio de este espacio natural y del este josefino por su valor de pulmón natural.

Poco ecológicos. Hace poco escribí que la Asamblea Legislativa, como primer poder, malogra la oportunidad de construir un edificio eficiente y más bien sienta con su diseño un pésimo modelo, tanto moral como urbanístico, con esa obra tan poco ecológica en un país que se representa a sí mismo mediante su imagen de vocación conservacionista.

Se puede esperar de la Universidad de Costa Rica, la alma mater –como le decimos empleando una metáfora biológica–, junto con las demás universidades públicas en las cuales se han gestado tantos elementos valiosos de la sociedad costarricense, que siga sentando antecedentes ambientalistas, para que nuestras urbes dejen de precipitarse literalmente hacia un callejón sin salida.

Soñemos con que es preferible cultivar el milagro de este jardín antes que exclamar: verde, no te quiero verde.

El autor es filósofo.

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