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Ucrania: un error garrafal de Europa

Actualizado el 15 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Ucrania: un error garrafal de Europa

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BERLÍN – Debe de ser la primera vez que a la Unión Europea le pasa algo así: el gobierno del presidente de Ucrania, Víktor Yanukóvich, fingió negociar un acuerdo de asociación y después se echó atrás en el último minuto. Los líderes de la Unión Europea se sintieron engañados, pero en Moscú hubo ánimo de fiesta.

Ahora sabemos que para Yanukóvich, el verdadero motivo de la negociación era subirle a Rusia el precio de mantener a Ucrania en su órbita estratégica. Pocos días después, Yanukóvich y el presidente ruso, Vladímir Putin, anunciaron la concesión de un préstamo de Rusia a Ucrania por $15.000 millones, además de una rebaja del precio del gas natural y diversos acuerdos comerciales.

Desde el punto de vista de Yanukóvich, el acuerdo con Rusia tiene sentido a corto plazo: el gas barato ayudará a Ucrania a pasar el invierno, el préstamo le servirá para no caer en cesación de pagos de su deuda y se mantiene abierto el mercado ruso (del que depende su economía). Pero a medio plazo, al rechazar a la Unión Europea y elegir a Rusia, Ucrania corre el riesgo de perder su independencia, de la cual depende el orden postsoviético de Europa.

En lo que atañe a su orientación estratégica, Ucrania es un país dividido. Las regiones al este y al sur del país (especialmente, Crimea) quieren volver con Rusia, mientras que las del oeste y el norte insisten en acercarse a Europa. La única salida previsible a este conflicto interno (si cabe hablar de una salida) implica un alto grado de violencia, como sugieren las protestas masivas que se desarrollan en Kiev. Pero nadie en su sano juicio desearía algo así. Ucrania necesita una solución pacífica y democrática, y solo la hallará dentro del statu quo.

Lo que hizo la Unión Europea necesita explicación. Yanukóvich siempre fue aliado del Kremlin; de hecho, su triunfo electoral en el 2010 señaló el fin de la Revolución Naranja ucraniana, un movimiento proeuropeo que había impedido a Yanukóvich robarse la elección presidencial del 2004 y mantener a Ucrania en el campo ruso. Entonces, ¿por qué la Unión Europea insistió con el acuerdo de asociación, si no podía prometer nada comparable a la oferta rusa?

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La respuesta está en la relación entre Europa y Rusia. Con el derrumbe de la Unión Soviética, Rusia no solo perdió la condición de potencia mundial, sino que dentro de Europa se vio obligada a retirar hacia el este una frontera que venía extendiendo hacia el oeste desde los tiempos de Pedro el Grande, y que en algún momento llegó al Elba y a Turingia. Desde que asumió como presidente de la Federación Rusa en reemplazo de Boris Yeltsin, Putin se puso tres objetivos estratégicos, en cuya búsqueda ha sido perseverante: poner fin a la sumisión estratégica en la que está Rusia respecto de Occidente desde la caída de la Unión Soviética, restablecer su soberanía sobre la mayor parte de las repúblicas exsoviéticas (o, al menos, un grado de control suficiente para detener la expansión de la OTAN hacia el este) y recuperar en forma gradual un estatus de potencia mundial para Rusia.

El plan de Rusia para cumplir estos objetivos no era apelar al Ejército Rojo, sino a su potencial económico; sobre todo, a una política estratégica de energía, sostenida por sus enormes reservas de petróleo y gas natural. Esto la obligaba a asegurar el control de esos recursos, además de establecer nuevas rutas de exportación a Europa que eludieran a Ucrania y, de ese modo, la hicieran vulnerable al chantaje, ya que se le podría cortar el suministro de gas sin afectar a Europa. El objetivo final era recuperar el control ruso sobre la red ucraniana de gasoductos. Una vez logrado, sería posible convencer a Ucrania de que se uniera a la “Unión Euroasiática” patrocinada por Putin, alternativa rusa a la Unión Europea cuyo objetivo es mantener a las repúblicas exsoviéticas dentro de la esfera de influencia de Rusia.

Además de usar los gasoductos Nord Stream y South Stream para desconectar a Ucrania de las exportaciones de energía de Rusia a Europa, el Kremlin logró impedir el acceso de Europa a las regiones ricas en hidrocarburos del mar Caspio y Asia Central. Esto hace que países como Azerbaiyán, Turkmenistán y Kazajistán estén prácticamente obligados a recurrir a las redes de transporte rusas para exportar su producción a Occidente. La única excepción es el oleoducto Bakú–Tiflis–Ceyhan (BTC) entre Azerbaiyán y Turquía, una iniciativa impulsada por Estados Unidos; Europa no hizo nada parecido.

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Nada de esto es un secreto en las capitales occidentales. Por el contrario, el objetivo final de Putin (lograr una revisión amplia del orden estratégico de Europa tras la Guerra Fría) se hace cada vez más evidente a medida que Rusia se acerca a alcanzarlo. Pero, hasta el momento, la Unión Europea y Estados Unidos no han querido, o no han podido, formular una respuesta eficaz.

Supuestamente, la iniciativa de la Unión Europea referida a Ucrania era un intento de dar esa respuesta. En esta jugada había mucho en juego para Europa, porque, si Ucrania perdiera su independencia (del modo que fuese), la seguridad europea estaría en riesgo (un riesgo que se siente, sobre todo, en Polonia y los Estados bálticos). El rechazo de Yanukóvich al acuerdo de asociación significa que la Unión Europea perdió la apuesta.

No se le puede reprochar a Putin su habilidad para defender su interpretación de los intereses de Rusia. Lo sucedido con Ucrania es culpa solamente de los líderes de la Unión Europea, que no supieron representar adecuadamente los intereses europeos. Este descuido de los intereses estratégicos de Europa por parte de Europa (que no mejorará sus relaciones con Rusia) no puede esconderse detrás de gestos pomposos y declaraciones vanas. Si los europeos quieren cambiar esta situación, tendrán que invertir en sus intereses y pensar una estrategia eficaz que garantice que esa inversión dé frutos.

Y esto no solo se aplica a Ucrania. Recapitulando el 2013 que termina, los diplomáticos rusos pueden jactarse de una serie de logros espectaculares: Siria, el acuerdo provisorio sobre el programa nuclear de Irán y, ahora, la negativa de Ucrania a Europa. Que los líderes europeos vean las conexiones y comprendan las consecuencias todavía no está nada claro, y esto por sí solo es motivo para preocuparse.

Joschka Fischer, exministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y el 2005, fue durante casi 20 años uno de los líderes del Partido Verde Alemán. © Project Syndicate.

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