Opinión

¡Shalom e Ilustración!

Actualizado el 17 de abril de 2016 a las 12:00 am

No somos ciudadanos de un país, sino ciudadanos de una Constitución ilustrada

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Respondo a los artículos que los señores Eli Feinzaig (30/3/2016) y Marcelo Burman (4/4/2016) publicaron en Opinión sobre el conflicto palestino-israelí. Comparto algunas de sus opiniones, pero creo que aún les falta la audacia para reconocer que tal conflicto solo tiene esta salida: la integración de la Cisjordania al territorio de Israel y la conversión de los palestinos de la Cisjordania en ciudadanos israelíes de pleno derecho. Nunca habrá un Estado palestino. El “Estado palestino” será Israel.

Como expliqué en mi artículo La solución es un Israel laico ( Opinión, 27/3/2016), el territorio de la Cisjordania (bajo la Autoridad Palestina) está siendo invadido por colonias israelíes militarizadas para que el hipotético “Estado palestino” carezca de un territorio continuo: estaría tachonado de “cantones” (colonias) sometidos a una potencia extranjera: Israel.

Según la Oficina Central de Estadísticas de Israel, en el año 2015 se construyeron 2.033 viviendas en las colonias: un incremento del 26%, pues en el 2014 se erigieron 1.615. Todas estas viviendas son ilegales según el derecho internacional. En resumen, la Cisjordania y el este de Jerusalén están ya invadidos por más de 120 asentamientos militarizados que albergan a más de medio millón de israelíes. En este año se levantarán más colonias. Esta invasión seguirá y nadie podrá impedirla, como ha demostrado la historia.

Paradójicamente, cada invasión ilegal acerca más el día en que se arregle el conflicto palestino-israelí, pues, en cierto momento, los gobernantes de Israel no sabrán qué hacer con los cientos de miles de palestinos encerrados en la Cisjordania y rodeados por las colonias (las colonias están ahora rodeadas por los palestinos). Como no podrán matarlos ni deportarlos, los gobernantes aceptarán que los palestinos sean ciudadanos de Israel, al igual que otros millares de personas llegadas de muchos lugares del mundo, y al igual que los llamados árabes-israelíes, ciudadanos ya de pleno derecho.

Esa será la solución pacífica y lógica; generará resistencia dentro y fuera de Israel, sí, pero se cumplirá. En contra permanecerán los enemigos de Israel y los antisemitas de siempre –toda, chusma incorregible, por lo demás–. Así pues, coincido con el señor Burman: “Israel no es el problema”: Israel es la solución. Territorio por ciudadanía.

Hermanados por la ley. De paso sea dicho, es increíble un “argumento” del señor Feinzaig: la Cisjordania se asienta sobre las antiguas Judea y Samaria; por tanto, las colonias invasoras no invaden, sino recuperan “el lugar de origen del pueblo judío”. Empero, el origen del pueblo judío es Arabia, y las tribus trashumantes de religión yahvista se asentaron en Judea mucho después de que la habitasen otros pueblos; entonces, los judíos no son los dueños por antigüedad ni por tiempo continuo de permanencia.

Sin duda, su “escasa religiosidad” induce al señor Feinzaig a descreer de este cuento oriental: el dios Yahvé regaló Israel y Palestina a Abraham, lo que creó derecho. En realidad, no importa “quién llegó primero” –lo que nos pondría en apuros a los criollos ante los chorotegas–; importa que todos seamos personas con los mismos derechos.

Con los palestinos-israelíes ocurrirá algo similar a lo que pasó con los mexicanos residentes en Tejas, Nuevo México y California después de la conquistas estadounidenses del siglo XIX: se asimilarán al sistema político jeffersoniano, que les reconoce el derecho a mantener su identidad cultural en idioma, religión, arte, etc. Otro tanto puede decirse de los pueblos indígenas de Costa Rica, protegidos –con fallas– por las leyes de nuestro país. Israel es la única democracia en los orientes Cercano y el Medio, y sabrá aceptar a los palestinos-israelíes de igual a igual.

Por todo ello es importante que Israel se convierta en un Estado laico e inclusivo. Ya lo es en gran parte, pero debe eliminar toda referencia a la religión judía –y a todas las religiones– en sus leyes. Así, debe extirpar los tribunales religiosos (judíos, cristianos y árabes) que, por ejemplo, manejan los matrimonios y los divorcios según sus primitivos y machistas criterios.

Asimismo, debe eliminarse la Ley del Retorno, que establece: “Judía es aquella persona que nace de madre judía o que se ha convertido al judaísmo y no pertenece a otra religión”. ¿Cómo es posible que una religión conceda una ciudadanía? ¿Acaso establece Alemania que son alemanes los hijos de madre luterana? Aquello es pensamiento mágico, Edad Media confesional.

Los verdaderos enemigos. Los señores Feinzaig y Burman, y muchos israelíes, se asustan ante la futura inclusión de los palestinos como ciudadanos, pero ese temor solo revela su pensamiento preilustrado. En el Occidente, la idea de que todas las personas somos esencialmente iguales nació con la filosofía helenística (cínica, estoica y epicúrea), se hundió durante la Edad Media cristiana, emergió en el Renacimiento con el derecho de gentes y culminó su hermoso viaje en la Ilustración filosófica del siglo XVIII, que nos dio la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1789.

El Iluminismo nos enseña que todos los seres humanos compartimos los mismos derechos y deberes, aunque sigamos diversas expresiones culturales en idioma, artes, religión, costumbres no reñidas con los derechos humanos, etcétera. La Ilustración nos inculcó la idea del “ciudadano”, superior a la del “nacional” y a la del “correligionario”; por esto es preilustrado resaltar las diferencias religiosas y culturales cuando se debaten asuntos políticos.

Yo conozco el Museo de la Comunidad Judía de Costa Rica, y me conmovió ver allí fotos de los pobres judíos polacos aterrados por el nazismo que llegaron a Costa Rica para salvarse. En los años 30, excepto algunos idiotas pronazis (valga la redundancia) y ciertos obispos católicos, nadie preguntó cuántos judíos podía “soportar” nuestro país antes de “perder su identidad costarricense” –pero sí se pregunta cuántos palestinos “soportaría” Israel antes de perder su identidad judía–. Aquello es democracia, aquello es Ilustración.

Un país ilustrado no teme perder su identidad por la inmigración de quienes llegan dispuestos a trabajar honradamente y a respetar su Constitución. Así se hicieron los Estados Unidos y Costa Rica; así también se hizo Israel.

Yo no propongo un Israel “binacional”, sino un Israel laico e inclusivo, sin “nacionalidades”. Los ilustrados no comprendemos estas ideas: “nacional”, “binacional” –¿qué será eso?–. Los sistemas democráticos no preguntan por “nacionalidad” ni por “religión” a la gente. La democracia ilustrada no entiende de esas cosas tan raras. No somos ciudadanos de un país, sino ciudadanos de una Constitución ilustrada: por esto –aparte de las costumbres– es lo mismo ser costarricense o japonés.

No teman los señores Feinzaig y Burman la inclusión de palestinos en la ciudadanía israelí: teman a quienes se oponen a esta porque ellos son los amigos de la sangre y del odio, y los verdaderos enemigos de Israel. ¡ Shalom e Ilustración!

El autor es ensayista.

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