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Roberto Sasso: Máquinas pensantes

Actualizado el 29 de junio de 2015 a las 12:00 am

Yo no creo que la inteligencia artificial sea algo futurista: ya existe y seguirá desarrollándose

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En octubre de 1950, Alan Turing publicó el artículo que define una prueba (llamada después “la prueba de Turing”) para determinar si una máquina había alcanzado “inteligencia”.

Hace 36 años se fundó la Asociación Americana de Inteligencia Artificial y durante los años 80 se le asignaron muchos recursos a la investigación para desarrollar inteligencia artificial. Desde entonces, cada cierto tiempo aparece alguien que dice haber hecho un software capaz de pasar la prueba de Turing.

Todos sabemos que las máquinas no pueden pensar ni podrán hacerlo en los próximos 10 o 20 años, ¿verdad? Tal vez debamos recordar que hace 18 años una máquina derrotó al campeón mundial de ajedrez. Todos sabemos que para jugar ajedrez no hay que pensar.

Se acusa a Deep Blue de utilizar la fuerza bruta, pues analizaba todas las posibles jugadas hacia delante. Así quién no. Hace cuatro años otra máquina (Watson) venció a los dos mejores jugadores de jeopardy de todos los tiempos. Aquí la cosa empieza a complicarse: para jugar jeopardy no basta analizar y calcular, hay que procesar lenguaje natural.

Esto es relevante porque el procesamiento de lenguaje natural siempre se mencionó como un obstáculo insalvable para la inteligencia artificial.

Supercomputadora. Watson procesa lenguaje natural, ya sea hablado o en texto libre. Watson puede leer y procesar cientos de millones de páginas en pocos minutos y extraer conclusiones muy valiosas, aunque no puede todavía entender el argumento y resumirlo.

Watson está ayudando en la actualidad a recomendar tratamientos de cáncer en el Memorial Sloan Kettering Hospital, y lo hace con enorme precisión. Para emitir una recomendación, toma en cuenta todo el expediente médico del paciente, el expediente de todos los pacientes en condiciones similares y todos los artículos de investigación publicados a la fecha (literalmente a ayer).

Watson procesa esta enorme cantidad de información (lo que ningún oncólogo podría hacer), calcula probabilidades de éxito de los diferentes tratamientos posibles y recomienda. El oncólogo es quien toma la decisión final.

Las recomendaciones de Watson siempre están acompañadas de una explicación sobre cómo fue que llegó a determinada conclusión.

Más recientes son las máquinas –bueno, en realidad es un software– que analizan imágenes; lo hacen un píxel a la vez, a gran velocidad y precisión. Jeremy Howard, de Enlitic, posee un software capaz de analizar imágenes médicas (rayos X, TAC, MRI, etc.) con una precisión mejor que la de los expertos (menos de un 5% de error), y lo hace 24/7 en cualquier lugar del mundo.

Automatización. Un estudio del Oxford Martin School, hecho en el 2013, concluye que un 47% de la fuerza laboral de cuello blanco, en los Estados Unidos, es automatizable hoy.

El estudio de McKinsey, del 2013, sobre el impacto de las tecnologías disruptivas al 2025, calcula el impacto de la automatización del trabajo intelectual (inteligencia artificial) en entre $3.400 millones y $4.400 millones anuales en Costa Rica, si el PIB mantiene la misma proporción al PIB global. Para mí, es bastante obvio que esto es algo importante, que está sucediendo muy rápido.

Ray Kurzweil descubrió que la ley de Moore se ha mantenido cierta desde mucho antes que Gordon Moore dijera que cada dos años se duplica el poder de cómputo por dólar. Desde que la humanidad empezó a procesar información por medios mecánicos, a inicios del siglo pasado, la capacidad de procesamiento por dólar ha aumentado exponencialmente.

Los teléfonos inteligentes son decenas de miles de millones de veces más poderosos (por dólar) que los equipos de hace 40 años. Esto nos lleva a concluir que en menos de diez años tendremos computadoras personales (a menos de $1.000) con la capacidad de procesamiento del cerebro humano, y en menos de 25 años tendremos equipos personales con la capacidad de procesamiento de todos los cerebros de todos los seres humanos.

Lo anterior puede ser suficiente –Kurzweil asegura que lo es– para que los cientos de millones de programadores, que habrá entonces, desarrollen el software necesario para que las máquinas adquieran conciencia.

Aquí y ahora. Esto es complicado porque es muy probable que si las máquinas adquieren conciencia, entre las primeras cosas que digan estará “yo quiero votar”.

Yo no creo que la inteligencia artificial sea algo futurista: ya existe y seguirá desarrollándose a una velocidad cada vez mayor.

Pretender que nada va a suceder y que todo está bajo control es iluso en el mejor de los casos e irresponsable, en el resto. Es indiscutible que la inteligencia artificial es mucho mejor que la estupidez natural; esto no debería ser motivo de risa, sino de reflexión.

(*) El autor es ingeniero

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