Opinión

Posmodernismo y desafío de valores

Actualizado el 13 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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Posmodernismo y desafío de valores

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¿Desafía el posmodernismo los valores resguardados por el constitucionalismo occidental? Para responderlo es necesario repasar las características generales del posmodernismo, pues no es posible resumir en una expresión lo que significa.

El posmodernismo es, ciertamente, una corriente crítica contra la razón, aunque, en términos generales, es una tendencia mucho mayor que eso, pues corroe peligrosamente las bases históricas de la cultura. Así como no puede resumirse en una frase lo que el posmodernismo es, tampoco es posible atribuir su existencia a una única causa. Si he de mencionar una razón principal para explicarlo, concluyo que es hijo del vacío existencial en que ha caído el hombre moderno. De ahí que en su ensayo introductorio, La posmodernidad y sus modernidades (Editorial UCR), el profesor George I. García concluye su análisis recordándonos la “faceta sombría de la posmodernidad”.

Hedonismo. Enunciemos las características principales del posmodernismo. La primera es su naturaleza “hedocéntrica”, o forma de vida social centrada en el hedonismo: el placer como fin de la existencia y valor dominante, y el goce de los sentidos como objetivo vital. La posmodernidad ha sustituido milenios de actividad humana, cuya característica ha sido la cultura del esfuerzo, por una vocación de vida centrada en el placer. Como se vive para el presente, desaparece la valoración social por el esfuerzo. Esa propulsión a vivir del presente arrastra una implicación económica perversa, pues el enfoque de inmediatez absoluta genera una idolatría del consumo, y este pasa a ser un fin en sí mismo.

Consumismo. Ante ese panorama, la economía ya no es guiada por la cultura, ni está en función de resolver las necesidades genuinas del ser humano, sino que está supeditada a un consumo sin propósito ni sentido real de elevación de la condición de vida. Esto hace que buena parte de la economía esté en función del gasto vicioso y superficial. La vocación centrada en el “consumo aquí y ahora” provoca una negación enfática de los beneficios de demorar la gratificación. Se trata de una incultura “presentista” que no valora la constancia perseverante ni la paciencia como virtud. Por eso, el segundo parámetro del posmodernismo tiene una peligrosa implicación económica, en la que la economía deja de ser sanamente productiva, dando un énfasis desmedido al consumo suntuario.

Futuro, valores y verdad. Un tercer elemento del posmodernismo –que es de carácter filosófico– es su sentido de renuncia al ideal de progreso. La naturaleza “presentista” del posmodernismo y su pesimismo vital estimulan la noción de que la historia no tiene sentido y, por tanto, tampoco el futuro. La participación cívica es la primera dañada con tal noción, pues la política es esencialmente una obra civilizadora. Para que una noción filosófica contra el progreso y el sentido de la historia tenga éxito, se debe atacar la noción judeocristiana de que la historia humana implica el plan moral de Dios para el hombre, y de ahí nace la cuarta caracterización posmoderna como una corriente en la que no existe escala de valores ni verdad. Nace la hora del relativismo de las conductas. Si las fronteras éticas o reglas de conducta amenazan el goce de los sentidos como objetivo vital, es necesario deshacerse de ellas. Lo que provoque gozo a mis sentidos está legitimado y, a la inversa, lo que no lo logre, no vale. Por eso, el hombre ingrávido solo asume una espiritualidad que no lo comprometa moralmente, y surgen movimientos “espirituales” que no demandan compromiso moral.

Sin principio de autoridad. A raíz de la relatividad de las conductas, surge un quinto parámetro que caracteriza el posmodernismo: la quiebra del principio de autoridad. Como el posmodernismo engaña con la falacia de que no hay verdad ni escala en los valores, entonces el principio de autoridad se torna nugatorio e innecesario. Por eso vivimos una era de quiebra de la solemnidad y transitamos por un peligroso período de la humanidad en el que se aplauden la desacralización y el laicismo, y se atacan las virtudes.

En su obra Modernidad líquida, Bauman nos recuerda que la sociedad posmoderna es hostil a las virtudes, al tiempo que apologiza lo vulgar. De ahí que, en esta era, se ha desnaturalizado el arte, lo cual representa otra característica de esta corriente. El sentido natural y original del arte fue la elevación espiritual. En palabras de T.S. Eliot, la voluntad que hizo posible el gran arte nace de la aspiración del hombre por trascender espiritualmente. Sin embargo, la arremetida materialista del posmodernismo degradó el arte a tal extremo, que el intelectual serio se indigna porque se le atribuye calidad artística a cosas que son verdadera basura. A la obra artística se le extrajo su contenido espiritual, y esto la desligó de su sentido originario, de su naturaleza y razón de ser.

Culto a la tecnología. En el posmodernismo hay un culto a la tecnología, pero no a la razón. ¿Por qué se abandonó la razón? Porque se estableció una peligrosa imposición del utilitarismo como pensamiento único. El discurso legítimo es el que es útil para conquistar el apetito material, en función del cual solo vale el pensamiento que se encuentre sustentado en una visión materialista de la existencia o, si no, en una liviana espiritualidad desprovista de requerimientos éticos. Como el enfoque de la vida está fundamentado en la satisfacción de los sentidos físicos, no hay espacio para metafísica alguna con imperativos morales categóricos. El resultado es un absolutismo bicéfalo: una cabeza del monstruo es un utilitarismo materialista, y la otra, un utilitarismo de falsa espiritualidad, pues toda espiritualidad desprovista de compromiso ético es mera superstición.

Prioridad de las emociones. Así, pues, la irracionalidad posmoderna deriva de su naturaleza puramente emocional. Como el posmodernismo prioriza la irracionalidad de las emociones, el hombre posmoderno es incoherente en su discurso.

Solo un ejemplo: he tenido la oportunidad de comprobar que muchos activistas que defienden con especial celo los derechos femeninos (lo cual aplaudo en la medida en que no se lleve a extremos sociales inconvenientes), defienden al mismo tiempo las acciones de movimientos que violan esos mismos derechos (apoyando al grupo Hamás en Palestina), lo cual es una supina contradicción. Esto es así porque se priorizan las formas frente a la sustancia o el fondo, provocándose una incapacidad de discriminar. Lo importante es adscribirse a la opinión pasajera que esté de moda.

A la pregunta inicial de este artículo, un sí es la respuesta. El posmodernismo es, en síntesis, la muerte del ideal.

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